Una reliquia europea de la contracultura hippy y anarquista sobrevive en Copenhague, en continua pugna por mantener su identidad ante retos de diverso tenor. Christiania, comuna fundada en 1971 con la ocupación de unos edificios militares abandonados en el barrio de Christianshavn, funciona aún con el espíritu inicial, si bien sus residentes han tenido que adaptarse a muchas reglas del Estado que rechazan, e incluso buscar su auxilio para luchar contra una amenaza existencial: el narcotráfico de bandas criminales.
Aunque la posesión y venta de marihuana y hachís no son legales en Dinamarca –salvo para uso médico desde el 2018 en estrictas condiciones–, se han vendido en Christiania durante décadas, en un comercio callejero tolerado a regañadientes por las autoridades hasta inicios de los años 2000. Entonces, el asunto se complicó.
Paradojas
Los residentes de Christiania han aceptado un plan del Ayuntamiento de Copenhague para construir vivienda social en las cercanías
Los vendedores locales que despachaban pequeñas cantidades en toscos puestos de madera en Pusherstreet (así lo escriben los christianitas ), calle legendaria para los fumadores de cannabis, se vieron desplazados por bandas de narcotraficantes que se hicieron con el control del lugar, mientras las redadas policiales intentaban atajar la deriva. La lucha por el negocio ilegal derivó en apuñalamientos y tiroteos mortales.
Los residentes, que ya en los años setenta habían peleado para evitar que la heroína penetrara en su hábitat, decidieron nuevamente decir basta. De común acuerdo con el Ayuntamiento de Copenhague, la policía y el Ministerio de Justicia, el 6 de abril del 2024 arrancaron adoquines de la famosa calle en una acción simbólica de desmantelamiento antinarcos.
Se colocó un gran letrero que, en danés e inglés, explica: “Durante años, grupos violentos organizados dominaron Pusherstreet. Esto era incompatible con los valores de Christiania, y por eso la Reunión Común de Christiania decidió cerrar Pusherstreet. Estamos en el proceso de transformar el área: nuevas tiendas y talleres, música, cultura, minijardines, comida, café, comodidad, y juego para todas las edades”.

El cambio ya se nota. Pasear por Pusherstreet en un día primaveral es una experiencia repleta de cafés y artesanía. “Para nosotros, el problema no es el hachís, sino el dinero que genera, pero con toda la violencia y los enfrentamientos de los últimos años, no podemos permitirlo en nuestra sociedad; por eso, este capítulo debía terminar”, afirma Mette Prag, una de los portavoces de la Fundación Ciudad Libre de Christiania. En la actualidad, unas mil personas, entre ellas 250 niños, viven en estas cabañas recubiertas de grafitis y murales de vivos colores.
Christiania es un destino turístico habitual para quienes ponen pie en Copenhague. Atrae a cientos de miles de visitantes al año, interesados por este heterodoxo pedazo de la ciudad de extraña historia. Cuando se fundó, el entonces Gobierno danés izquierdista decidió hacer la vista gorda tildándolo de “experimento social”. En el 2012, la Fundación Ciudad Libre de Christiania compró los terrenos gracias a una campaña de financiación colectiva con aval bancario.

Aquí hay locales de música, talleres de artistas, cafés vegetarianos y tiendas de recuerdos, desde gorros tejidos a mano hasta imanes. Sigue teniendo su bandera y sus normas –no hay líderes y todo se decide por consenso en reuniones–, y hace años que al salir del recinto un cartel atravesado sobre dos palos de aire totémico avisa a quien se va: “Está usted entrando en la Unión Europea”.
En un paso más hacia la normalización, el pasado febrero los christianitas aprobaron un plan municipal para construir 10.000 metros cuadrados de vivienda social pública cerca de Pusherstreet, lo que supondrá la llegada de cientos de nuevos vecinos a la zona.
“Christiania siempre se ha desarrollado desde la base, y ahora tenemos que adaptarnos a un sistema y elaborar planes a largo plazo, así que hay que combinar las dos cosas y será emocionante –sostiene Mette Prag–. Para nosotros es importante que se conviertan en comunidades vivas; los nuevos residentes deben desear formar parte de Christiania e integrarse en nuestra forma de vida, en todas las cosas extrañas y descabelladas que han sucedido aquí en los últimos 55 años”. La licitación de la obra se hará a lo largo de los próximos tres años. Con todo, algunos residentes no son tan entusiastas, pues temen que la identidad de Christiania se diluya.
Deambular por este recinto, con sus edificios destartalados, su estética callejera y su atmósfera bohemia, equivale a sumergirse en el mundo de ayer, a alejarse de la posmodernidad global del siglo XXI. Por eso esta cronista se permite la osadía de tomar prestado el título de la obra de 1942 de Stefan Zweig El mundo de ayer. Memorias de un europeo , con la que el autor austriaco describió el fin de la Europa de entreguerras. Hay algo de un mundo que ya no existe en estos lugares de Christiania, en los que la utopía hippy buscó una sociedad libertaria, alejada de los corsés del Estado, un Estado al que ahora ha tenido que recurrir para su propia salvación.

