Dos empresas se plantean invertir un millón de euros. Una necesita maquinaria que podrá revender si el negocio no funciona. La otra requiere equipos especializados, detener la producción para instalarlos y formar a su plantilla. Ante un escenario incierto, la segunda tiene más motivos para esperar. “No porque sea menos emprendedora, sino porque equivocarse le resulta mucho más costoso”, explica Isaac Baley.
En esa diferencia se centra la investigación de este profesor de Economía de la Universitat Pompeu Fabra, ganador del Premio Fundación Banco Sabadell a la Investigación Económica. Sus trabajos conectan las decisiones de empresas y trabajadores con la inversión, la inflación, el desempleo o el crecimiento. Detrás de esas cifras hay obstáculos concretos: inversiones difíciles de recuperar, precios que cuesta ajustar o conocimientos que pierden valor. “No todas las empresas ni todos los trabajadores enfrentan las mismas dificultades, y esas diferencias importan para el conjunto de la economía”, señala. Ayudan a explicar por qué una crisis temporal puede dejar consecuencias duraderas.
Empleo y adaptación
Muchas de sus preguntas surgieron durante la crisis financiera de 2008, cuando trabajaba en los ministerios de Hacienda y de Economía de México. La caída de la demanda estadounidense provocaba despidos en las maquiladoras del norte del país, fábricas orientadas a la exportación. “Diseñamos un programa para preservar empleos y evitar la pérdida de conocimientos construidos a lo largo de los años”, recuerda. Los ERTE españoles, explica, responden a una lógica similar: ante una crisis temporal, reducir las horas trabajadas puede preservar relaciones laborales difíciles de reconstruir.
Aquella experiencia le enseñó a identificar los problemas de empresas y trabajadores antes de diseñar una respuesta. Ahora desarrolla con otros investigadores indicadores basados en datos empresariales para anticipar cómo responderá la inversión a una crisis o a una medida económica. Una bajada de impuestos no tendrá el mismo efecto en la industria del automóvil que en el turismo: sus costes de inversión y las posibilidades de revender sus activos son distintos. Su objetivo es “convertir millones de decisiones individuales en indicadores que nos permitan predecir mejor las fluctuaciones económicas y diseñar políticas adaptadas a las características de cada sector y país”.

El cambio tecnológico también exige atender a las diferencias entre trabajadores. “Las nuevas tecnologías no solo crean y destruyen tareas, sino que también modifican el valor de las habilidades que hemos adquirido a lo largo de nuestra vida”, explica. Formarse o cambiar de ocupación requiere tiempo y recursos. Por eso, la protección económica debe acompañarse de medidas que faciliten aprender y acceder a otros empleos. “El desafío de la inteligencia artificial no es solamente tecnológico, sino también económico y social”, subraya. Importa cuántos empleos transformará, pero también qué facilidades tendrán los trabajadores para aprovechar las oportunidades que genere.
Aprender también forma parte de las decisiones empresariales. Ante una pandemia, una guerra o unas elecciones, aplazar una inversión puede parecer prudente. Pero lanzar un producto, contratar a alguien o entrar en un mercado desconocido genera información útil para el futuro. “La incertidumbre puede paralizarnos, pero también puede ser una oportunidad para experimentar, aprender y crecer”, señala Baley. “La diferencia está, en buena medida, en cuánto nos cuesta actuar y corregir nuestras decisiones”.
Las nuevas tecnologías no solo crean y destruyen tareas, sino que también modifican el valor de las habilidades que hemos adquirido a lo largo de nuestra vida
El valor de los datos
Esa necesidad de información enlaza con otra de sus investigaciones: cómo los datos transforman la competencia. Un hotel puede utilizarlos para anticipar reservas y ajustar precios, pero una plataforma dispone de información de miles de establecimientos y viajeros. Puede aprovecharla en más mercados y reforzar su ventaja, dificultando la entrada de competidores. Para extender sus beneficios, Baley defiende facilitar la circulación de los datos y proteger la privacidad. Permitir que un pequeño comercio traslade su información de ventas y clientes entre servicios reduciría su dependencia de una plataforma. “Contar con más datos no implica necesariamente saber más”, advierte. “Su valor depende de lo que podemos aprender de ellos y de cómo ese conocimiento nos ayuda a tomar mejores decisiones”.
Nacido en México y doctorado en la Universidad de Nueva York, Baley ha encontrado una comunidad académica esencial para su trayectoria en la UPF, el CREI y la Barcelona School of Economics. El premio llega cuando la incertidumbre y el cambio tecnológico dan nueva relevancia a sus investigaciones. Su madre viajó desde México para acompañarlo en la ceremonia de Oviedo. La alegría personal se suma al reconocimiento que quiere compartir con maestros, colegas y estudiantes. “Detrás de cada momento importante de mi carrera hay alguien que me dio una oportunidad, me enseñó algo o confió en mí”, afirma. “Las mejores ideas casi nunca se construyen en solitario”.
Un impulso al talento investigador
Creado en 2001, el Premio Fundación Banco Sabadell a la Investigación Económica distingue anualmente a investigadores de hasta 42 años cuya labor científica haya contribuido de forma destacada al análisis económico. Su finalidad es reconocer la excelencia y dar visibilidad al talento investigador joven. El premio de esta vigesimoquinta edición se entregó el 5 de octubre en Oviedo. El jurado, presidido por Teresa García-Milà, presidenta del Cercle d’Economia, reconoció la aportación de Baley al estudio de las diferencias entre empresas y trabajadores y su utilidad para anticipar los efectos de las políticas económicas. El galardón forma parte del compromiso de la Fundación Banco Sabadell con la investigación, la educación, la cultura y las artes, con especial atención al impulso del talento joven.
