
Sergiy y Olexánder se apresuran entre los fogones. Dos instructoras siguen sus movimientos y los guían para que reconozcan los alimentos solo con el tacto y encuentren el utensilio adecuado, y los alertan cuando una cazuela todavía quema. Sergiy y Olexánder, veteranos de guerra, perdieron la visión en el frente.
En un valle de los Cárpatos, en el oeste de Ucrania, cinco veteranos de guerra ciegos participan en un campus de formación y rehabilitación para recuperar la autonomía que les ha arrebatado una guerra que golpea Ucrania desde la invasión rusa. Al frente de este programa está Olena Perepechenko, presidenta de la organización Visión Contemporánea. Tratan de acompañarlos desde el primer momento, desde que llegan al hospital. “Si esperamos que vuelvan a casa”, dice Perepechenko, “muchos acaban rechazando cualquier tipo de ayuda. Hay que ir tan pronto como empiezan a entender que su vida ha cambiado para siempre”.
“Lo más difícil no es aprender a caminar con bastón, es saber que no volveré a ver nunca más a mi mujer”
“Entrevistamos a cerca de doscientos veteranos ciegos, y casi el 90% respondió lo mismo: que perder la vista es como morir”, dice Perepechenko. En la camiseta lleva estampado el lema de la organización: “La vida continúa después de la guerra”.
Poco más tarde, Sergiy levanta pesas en el gimnasio del centro. Como muchos de los veteranos que participan en el campus, arrastra otras secuelas graves de la guerra. “Quedamos atrapados bajo el fuego. Nos refugiamos en una casa, pero empezaron a golpear con mortero. Allí me hirieron», dice Sergiy mientras señala la parte izquierda de su cráneo, deformada por las heridas. “Una placa sustituye una parte de mi cráneo, pero todavía hay un agujero”, sigue explicando. “Los médicos creen que podría recuperar parte de la visión si hicieran una reconstrucción craneal, pero el hospital de Járkiv donde se hacía esta intervención fue bombardeado”, añade.
En su primera estancia en el centro, en marzo, aprendió a caminar con el bastón. Fue un alivio para él, que había pasado a depender completamente de su mujer y de su hijo. “En pocos días ya podía ir solo al comedor y a la piscina y en el gimnasio”, dice Sergiy.
Durante toda la sesión, Yana, fisioterapeuta del centro, está pendiente de todos sus movimientos. Madre y esposa de veterano, Yana conoce de primera mano las heridas invisibles que deja la guerra. Para ella, acompañar a estos soldados es una manera de servir el país. “Yo también quiero contribuir a la victoria de Ucrania. Si hoy todavía estamos aquí y nuestros hijos pueden tener un futuro, es gracias a ellos”.
Ciego desde que nació, Vladislav enseña a los veteranos a utilizar el ordenador y el móvil con la ayuda de programas de lectura de pantalla acompañados de una voz sintética. “Algunos vienen y me dicen: ‘Por fin he conseguido llamar a mi madre a solas’. Incluso hay los que encuentran trabajo. Cada pequeño avance es una victoria”.
Entre sus alumnos está Olexánder, el compañero de Sergiy en la clase de cocina. En abril del 2025, en el Donbass, Olexánder comandaba un vehículo blindado cuando un dron estalló ante él: “Todo se volvió negro enseguida”. Herido en las piernas, en un brazo y en los ojos, fue evacuado a un hospital. Los médicos tuvieron que extirparle un ojo demasiado estropeado para poder salvarlo. El otro se lo dejaron, pero tampoco ve.
“Cuando vas al frente, te imaginas que puedes perder una pierna o un brazo. Nunca piensas que puedes quedar ciego –dice–. Una prótesis puede sustituir una extremidad, pero no hay nada que te devuelva la vista”.
Olexánder está casado y tiene dos hijos. Todos ellos son de Volnovaja, en el Donbass; su pueblo está ahora bajo ocupación rusa. Durante su estancia en el centro, lo acompaña su mujer, Irina. “Está reaprendiendo todo como un niño”, dice ella. “Si yo lo hiciera todo, nunca aprendería a espabilarse a solas”.
Para Perepechenko, el acompañamiento de las familias es clave: “Muy a menudo, la primera petición de los veteranos es la misma: ‘Enseñad a mi mujer cómo me tiene que ayudar correctamente’. Por eso enseñamos a las familias cómo ayudar sin sobreproteger. Mover una silla o cambiar un objeto de lugar sin avisarlos puede ser suficiente para generar tensiones”.
Olexánder se sienta al lado de Irina, lleva gafas oscuras y tiene el bastón en una mano: “Al fin y al cabo, lo más difícil de todo esto no es aprender a andar con un bastón. Lo más duro es saber que no volveré a ver nunca más a mi mujer. Que no veré a mis hijos cómo crecen”.
