Largo y pesado el verano de este 2026. En España ha seguido subiendo la cota de la crispación política, hasta el paroxismo gracias al episodio ceutí. Un escenario inesperado y adverso para Pedro Sánchez y su última gran apuesta de regularización masiva de inmigrantes. Las claves de lo sucedido en la ciudad norteafricana aún están por desvelar. Pero la tensión al alza no ha sido un fenómeno exclusivamente español.
En el ámbito internacional, lo más relevante ha sido que Donald Trump no ha conseguido –van ya seis meses– avanzar ni un milímetro en el pantano de la guerra de Irán, alargando y agrandando escenarios negativos para la economía mundial. Restricciones de suministro de productos vitales, en cabeza el petróleo, sobre el que se amontonan vaticinios tremendistas de escasez y precios desorbitados. Inflación, que encarece el coste de la vida para la mayoría de los ciudadanos del mundo y que es su primera preocupación en todas las encuestas y causa de desesperación, por mucho que algunos se empeñen en poner el foco en la inmigración tal vez para desviar la atención de los votantes. Malhumor en aumento entre las grandes potencias y por lo tanto más estruendo de tambores de guerra. Y de momento, EE.UU. no ha anunciado un plan creíble para devolver la normalidad al comercio mundial. Antes al contrario, ha agravado conflictos comerciales, como el que ha creado con Canadá.
La acumulación de problemas ha acabado teniendo su correlato en los mercados financieros. Incluso el peón que Trump colocó en la Reserva Federal –el banco central de EE.UU.– para bajar los tipos de interés a toda velocidad, el gobernador Kevin Warsh, acercó el pasado viernes la probabilidad de subirlos tan pronto como en la próxima reunión de septiembre. El presidente Trump ha acabado pues en la posición contraria de la pretendida. Segunda vez este verano, pues su secretario del Tesoro, Scott Bessent, tuvo que tirar por la borda sus ideas liberales para intervenir en el mercado de divisas y en el de la deuda. EE.UU., que en la práctica ha impuesto un corralito a Japón para que no venda sus títulos del Tesoro, está a un paso de imponer la llamada represión financiera , castigar a los inversores para evitar subidas de intereses.
El resultado está siendo que los estados tienen que pagar más intereses por su deuda, muy alta ya tras la crisis financiera y la pandemia. Un encarecimiento que implica otra vuelta de tuerca adicional para los presupuestos públicos, muy dislocados siempre, pero aún más tras el desbocado crecimiento de los gastos armamentísticos. Para los ciudadanos implicará más dificultades para llegar a final de mes, precios más altos, intereses adicionales para pagar deudas. Para las empresas, costes incrementados e inversiones más costosas.

Ese es el contexto en el que se reemprende la actividad. Ya se puede ir preparando el mundo para el bombardeo de avisos sobre la insostenibilidad de las cuentas públicas y la obligatoriedad de aplicar ajustes; dejando siempre a cubierto el gasto militar. Esa va a ser la música económica del otoño y el invierno.
Este otoño la presión sobre las pensiones será un eje del debate político y económico
Y el primer expediente serán las pensiones de jubilación. Su volumen se convertirá en el centro de la disputa sobre el gasto público. La mayoría de los países europeos tienen diferentes modelos para su actualización, desde el IPC del año a la evolución de los salarios. Y romper ese vínculo entre coste de la vida y subida de las pensiones será el primer episodio.
Primer epicentro sísmico, Francia, el país entre los cuatro grandes de la UE más afectado por la dimensión de su endeudamiento. El gobierno de Sébastien Lecornu ha lanzado un globo sonda abriendo la puerta a congelar la revalorización de las pensiones de más de 3.000 euros mensuales, sin descartar las que estén por encima de los 2.000.
Planteamiento suicida teniendo en cuenta que en la próxima primavera Francia tiene elecciones presidenciales y que solo se explica porque el primer ministro no aspira a ser candidato. Pero que no ayudará en nada a sus colegas de centroderecha que sí aspiran a sustituir a Emmanuel Macron en el Elíseo.
El Gobierno de Alemania, encabezado por Friedrich Merz, en el que participan los socialistas del SPD, también tiene en marcha su reforma de las pensiones. Aunque su versión final está pendiente, uno de los puntos más controvertidos es la supresión de la jubilación a los 63 años para quienes han cotizado 35 o más años. Su sistema indexa las pensiones con los salarios, en julio pasado subieron un 4,4%.
Políticamente, esa plomiza sombra de ajuste presupuestario, centrada sobre las pensiones, el alto coste de la vida y el insondable problema del precio de la vivienda, alimenta aún más a las fuerzas de ultraderecha, que no dejan de ganar posiciones en las encuestas.
El encarecimiento del dinero ya está en marcha; una pesada carga adicional para los estados
Comienza también un inflamado circuito electoral. Arranca en el estado alemán de Sajonia-Anhalt, septiembre, con la ultra AfD aspirando a la mayoría absoluta. Y culminaría en las presidenciales francesas de abril, en las que Reagrupamiento Nacional, de Marine Le Pen, parte como claro favorito. Aunque también existe la posibilidad de que Giorgia Meloni, acosada por fuerzas aún más ultras que ella, adelante los comicios. En España, el ciclo culminaría en julio próximo, si Sánchez consigue alcanzar su objetivo de agotar la legislatura. Algo que ahora se antoja difícil.
Consolación. Sorpresa en Alemania no solo por que ha vuelto a crecer; también por hacerlo más de lo previsto en el segundo trimestre, aunque el balance del año seguirá siendo triste, apenas un 0,6% para la primera economía de la UE. Y gracias a las exportaciones, lo que significa que la demanda interna, los ciudadanos alemanes, siguen con dificultades. España y, en mucha menor medida, Italia seguirán siendo los líderes en crecimiento entre los grandes de la UE. Un comienzo de curso complicado que puede endurecerse todavía más.

