Al octavo día de juicio y con Mark Zuckerberg a punto de declarar, Meta cerró un acuerdo con los fiscales generales de 52 jurisdicciones de EE.UU. Pagará unos 17.000 millones de dólares en diez años y cambiará el funcionamiento de Instagram y Facebook para los menores.
La cifra de la eventual multa —hasta 1,4 billones de dólares, casi lo que vale la empresa en bolsa— la había calculado la propia defensa multiplicando cada infracción por su sanción para intentar influir en la sala (¿nos vais a llevar a la bancarrota?). Nunca fue una posibilidad real. El meollo eran las restricciones que la juez podía imponerle de cara al futuro.
Meta no ha pagado una multa. Ha comprado el nuevo estándar del sector
No ha tenido que dictarlas. Meta se compromete a limitar a dos horas diarias el uso de Facebook e Instagram para los menores de dieciocho años, a bloquear el feed y los reels de medianoche a las seis y a silenciar las notificaciones en horario escolar. Además, el número de me gusta oculto, los filtros de cirugía estética prohibidos y el feed cronológico por defecto. Poco para mi gusto, pero es un principio.

Pero Meta ha dejado una cláusula envenenada. De esos 17.000 millones, paga de entrada 12.000; los otros 5.000, solo si TikTok y YouTube adoptan medidas equivalentes y ponen la misma cantidad. Si lo hacen, ¡incluso está dispuesta a bajar el límite a una hora al día! En una oda al cinismo, el viernes publicó una carta abierta en los principales diarios de EE.UU. donde bautiza sus restricciones como “el nuevo estándar del sector”.
No es filantropía, es supervivencia. Después de dos décadas copiándose los mecanismos de captura, retención y explotación, las redes son clones unas de otras: quien ponga el toque de queda primero regala sus adolescentes insomnes a la competencia. Meta se abandera como protectora y obliga a mover ficha a sus rivales. Los 17.000 millones son, en realidad, el precio de regular la competencia.
TikTok y YouTube no han dicho nada. Pueden dejar a Instagram embarrado en abogados y acoger a los jóvenes que a las dos de la madrugada buscarán su dosis de vídeos cortos. O pueden adelantarse a los juicios e implantar ellos también las restricciones. Harían bien en recordar a Microsoft: la ley antimonopolio de 1998 no la hizo cerrar, pero la vigilancia judicial constante y pensar más en abogados que en usuarios contribuyeron a que llegara tarde a las revoluciones de la música móvil, la búsqueda y el smartphone.
Don McLean empezaba la primera estrofa de American Pie con: “Hace mucho, mucho tiempo / Todavía recuerdo cómo aquella música / Me hacía sonreír». La estrofa acababa con: “ The day the music died ”, ‘el día en que la música murió’. Todos la hemos cantado y todos recordamos cómo nos hacían sonreír aquellas redes.
