Keir Starmer era como esos viejos curas apocalípticos de pueblo que reunían a sus feligreses los domingos a misa de doce para advertirles de la proximidad del juicio final y asustarlos con el llanto y el crujir de dientes. Lo primero que hizo al llegar a Downing Street con una aplastante (y artificial) mayoría absoluta fue informar a los británicos de que la economía estaba mucho peor de lo que había soñado en sus peores pesadillas y tenían que prepararse para tiempos difíciles (y lo segundo, aceptar entradas gratis para partidos del Arsenal y conciertos de Taylor Swift, el equivalente del párroco que se va a tomar un carajillo al bar después de pronosticar el fuego eterno). Y así le fue.
No es extraño que Andy Burnham haya optado por una táctica contraria, aunque los problemas del país sean exactamente los mismos (o peores, porque los intereses de la deuda pública han subido) que hace tres meses. Él prefiere ser una versión política del doctor Dulcamara de la ópera de Donizetti, pero que en vez de recorrer los pueblos vendiendo unas botellitas con el elixir del amor, lo que ofrece es esperanza.
El primer ministro es un político nato que disfruta con el poder, y el mejor comunicador desde Tony Blair
Hope again (esperanza de nuevo), decía por todas partes en el reciente congreso laborista de Liverpool, el primero de Burnham como líder del partido. En pósters y banderitas, en cartelones y pantallas gigantes de televisión, en las tazas y camisetas que se vendían. Esperanza de poder pagar un alquiler o comprar un piso, de disponer de asistencia si se trata de una persona mayor o incapacitada, de llegar a fin de mes sin el agua al cuello, de que la cesta de la compra no seguirá subiendo y las facturas de la electricidad bajarán, de que acabará la inmigración ilegal, de que la crisis climática será controlada, de que el sistema electoral mayoritario pueda ser sustituido por uno proporcional, de que tal vez el Reino Unido regrese a la Unión Europea…
Del pesimismo existencial de Starmer estilo Schopenhauer al optimista vital de Burnham, que no sólo es un magnífico orador (o vendedor de elixires mágicos) al estilo del Blair de la primera época, sino que es un político nato que da la impresión de disfrutar genuinamente en su cargo. De entrada, ha insuflado moral a su equipo (el centroizquierda), y el Labour vuelve a liderar las encuestas de opinión por delante de la ultraderecha y los tories .
Burnham ha anunciado planes para construir vivienda social, descentralizar el país y otorgar más poderes a las regiones, ha bajado los impuestos a los pubs y negocios del sector hospitalario, se ha comprometido a acabar con el sinhogarismo, ha ofrecido programas de formación industrial para los jóvenes que ni estudian ni trabajan, ha ordenado un estudio para ver cómo aliviar la dependencia nociva del Estado de bienestar, quiere reindustrializar el país e insuflar nueva vida a las calles comerciales de los centros de las ciudades, propone el control público de compañías de agua y electricidad privatizadas por los conservadores, crear rutas seguras de inmigración para las niñas y mujeres afganas… Ha endurecido la política hacia Israel con sanciones a los colonos de Cisjordania.
Si la estrategia electoral de Starmer era recuperar como fuera el voto de los antiguos laboristas socialmente conservadores del norte de Inglaterra (y Gales) que se pasaron primero a Johnson y luego a Farage, la de Starmer es neutralizar la fuga de progresistas a los Verdes y los liberales demócratas, con la vista puesta en un futuro bloque de izquierdas que sume mayoría. La elección parcial del jueves en el barrio londinense de Holborn-Saint Pancras será una prueba de fuego, pero por el momento le está saliendo bien.
Burnham se ha propuesto acabar con la confrontación en la política, y en su discurso de clausura del congreso laborista no mencionó ni una sola vez a los partidos de oposición, como si no existieran. Con su camaradería, aire campechano de colega, videos constantes en TikTok, polos negros en vez de chaqueta y corbata y propuestas como acabar con la prohibición de consumir alcohol en los asientos de los estadios, los datos sugieren que tiene más atractivo para los hombres que para las mujeres. Ahora no obtendría una mayoría absoluta, pero en cualquier caso es un salto cualitativo muy importante respecto a Starmer.
En la ópera de Donizetti, el doctor Dulcamara garantiza a Nemorino que, si compra su elixir (en la botella hay en realidad vino de Burdeos, podría ser peor), la bella Adina se enamorará perdidamente de él. No todo el mundo cree en los poderes mágicos de sus botellas, lo mismo que los conservadores ven en Starmer un farsante que quiere llevar al país a la izquierda, y de regreso a la UE, y va a subir los impuestos a los ricos y a las clases medias para financiar a quienes viven sin pegar sello. Pero de momento ha instaurado el Ministerio de la Esperanza.
