Cargaba dos maletas. Ropa, vitaminas, proteínas en polvo, frutos secos. Un juego de ajedrez de tela. Varios tomos de una enciclopedia, manuales de anatomía. Alimento físico y mental.
La madre había preparado todo lo que creía que necesitaría un hijo al que hacía once años que no veía. Después de tanto tiempo, por fin iba a visitarlo en la cárcel de Al Karj, en Bagdad.
No sabía si podrían tocarse o si les separaría un cristal. Tampoco si le dejarían entregarle las maletas. “Me siento como anestesiada”, dijo antes de salir hacia el penitenciario. “No me permito emocionarme”.
Cinco familias de presuntos combatientes extranjeros del Estado Islámico (EI) viajaron la semana pasada a la capital de Irak y pudieron visitar a sus hijos en prisión, en una discreta expedición organizada por el abogado de derechos humanos anglo-estadounidense Clive Stafford Smith, que intenta lograr su repatriación. La Vanguardia ha sido el único medio de comunicación que ha podido viajar con la comitiva.
Es otra cara, oculta, de la devastación que el EI dejó: padres que intentan rescatar a unos hijos que en su día tomaron la decisión de viajar al califato y que desde ese momento fueron considerados terroristas por la comunidad internacional.
El momento es clave. Irak está iniciando los juicios a más de 5.700 supuestos yihadistas que llevaban años detenidos en Siria desde la caída del califato. Un Nuremberg para Irak, en palabras de uno de los jueces que dirige el macroproceso.
EE.UU. ha llevado a Irak a 5.704 hombres que llevaban años presos en las prisiones kurdas de Siria
En el grupo viajaban los padres de Jack Letts, un británico-canadiense convertido al islam que marchó a Siria en el 2014, a los 18 años, diciéndoles que se iba de vacaciones a Jordania. A pesar de que Jack nació y vivió toda su vida en el Reino Unido, su país le ha retirado la nacionalidad y ahora es sólo canadiense, el país natal de su padre. Canadá ha repatriado a mujeres y niños, pero se ha negado a hacer lo mismo con los hombres detenidos, como Jack Letts.
También viajaba la madre de las maletas, que llegó sola desde un país occidental, y tres familias de un país del nordeste de África, cuyos hijos partieron en grupo a Siria en el 2015, cuando estudiaban Medicina. No quieren revelar sus nombres ni nacionalidad, por miedo a represalias contra sus hijos y al estigma de ser señalados públicamente como familiares de un terrorista.
La madre de las maletas tenía claro qué quería transmitir a su hijo. “Mi prioridad será decirle que le quiero, que su familia le quiere, que estamos esperando que vuelva y que haremos todo lo posible para conseguirlo”.
No pensaba empezar preguntándole a su hijo qué había hecho en Siria.
–¿Ha dudado alguna vez de él?
–No. Conozco a mi hijo. Es una gran persona, el ser humano más dulce. No es el monstruo que han dibujado. Claro que hay muchas cosas que tendrá que explicar. Estoy esperando escucharle. Pero no ahora.
Esta madre fue la primera del grupo que pudo abrazar a su hijo, gracias a la intervención de la embajada estadounidense. Lo hizo sintiéndose culpable, porque las otras familias no habían recibido aún respuesta de sus diplomáticos y había nervios. Temían haber viajado tan lejos para nada.
Por la mañana, desayunando en el hotel de Bagdad, se echó a llorar. “Me siento fatal”, dijo. “Todos nos alegramos por ti. No llores”, la abrazó otra madre. “Tú nos abrirás el camino al resto”.
Así fue. Después de su visita llegaron los permisos para el resto de familias. El rostro de Sally Lane, la madre de Jack Letts, irradiaba luz. “Me siento como si no hubiera sonreído en un año”, dijo. La última vez que había visto a su hijo, tenía 18 años. Ahora está a punto de cumplir 31.
Durante los encuentros en la cárcel, los reclusos repitieron una pregunta. La más simple y también la que ninguno de los padres podía responder: “¿Cuándo voy a salir de aquí?”.
“¿Cuándo voy a salir de aquí?”, preguntan los presos a sus padres
Sus hijos son cinco de los 5.704 hombres que EE.UU. trasladó a Irak, entre enero y febrero, desde las cárceles kurdas del noreste de Siria, donde han pasado años sin juicio ni acceso a abogados y sin apenas contacto con sus familias. Están acusados de pertenencia o vinculación con el EI y ahora se enfrentan a la justicia iraquí.
Son 5.704 hombres de 67 nacionalidades. Con distintas historias y distintas responsabilidades, reivindican sus familias. “No todos los que viajaron a Siria iban a luchar por el EI”, sostiene Stafford Smith, que ejerce la defensa de esos detenidos de forma altruista. “Ahí están los médicos. No fueron a combatir. Fueron porque odiaban a El Asad y querían ayudar a la gente que luchaba contra él”.
Un español
En el Al karj hay un preso llamado Omar Mohamed Abderrahman el Harchi, ha podido saber La Vanguardia. Está con los europeos y es posible que sea un español de origen marroquí del mismo nombre, el marido de Yolanda Martínez, repatriada en el 2023 con sus hijos. En el listado oficial, solo hay un español entre los presos.
El 29 de junio de 2014, Abu Bakr al Bagdadi proclamó el llamado califato. Fue un régimen sanguinario que en su punto álgido controló, entre Irak y Siria, un territorio del tamaño del Reino Unido, con millones de personas bajo su dominio. Recaudó impuestos, gestionó refinerías y atrajo a miles de hombres y mujeres de todo el planeta.
En marzo del 2019, con la caída de Baguz, el último reducto territorial del califato desapareció del mapa. Sus prisioneros, no.
Hombres y adolescentes fueron encerrados en cárceles del noreste de Siria gestionadas por los kurdos, mientras mujeres y niños eran hacinados en campos. Los gobiernos occidentales repatriaron a algunas madres y menores, pero no a los hombres.
“Durante muchos años no supimos dónde estaba, ni siquiera si seguía vivo”, explica John Letts, el padre de Jack. “Cuando vivía en el Estado Islámico, temía que lo matara el propio EI o que muriera en un bombardeo –añade Sally–. Después lo encarcelaron los kurdos y el miedo era que muriera torturado o de tuberculosis, que estaba descontrolada en las cárceles. Sabíamos que los kurdos no nos informarían; algunas familias no supieron que sus hijos habían muerto hasta dos años después”.
“Durante muchos años no supimos dónde estaba ni si seguía vivo”, explica el padre del británico Jack Letts
La caída del régimen de Bashar el Asad, a finales del 2024, cambió el equilibrio de fuerzas en Siria. La ofensiva del nuevo Gobierno en Damasco sobre territorio kurdo precipitó el traslado de los detenidos a Irak a principios del 2026. Washington se comprometió a cubrir el coste del encarcelamiento y los juicios.
La víspera de la primera visita en la cárcel de Al Karj, las tres familias del país norteafricano recorrieron tiendas de Bagdad buscando ropa y productos básicos para sus hijos. Compraron también cuatro kilos de frutos secos para cada uno. Con las bolsas ya cargadas, decidieron regresar. Querían comprar lo mismo para los nueve detenidos de su país.
Uno de los padres del grupo, reputado doctor en un país europeo, se vistió con traje y corbata para ir a la cárcel. “Antes de entrar, nos pidió a las mujeres que no llorásemos, que fuéramos fuertes delante de nuestros hijos. Pero cuando vio al suyo, se echó a llorar, como todos”, explica una madre.
Al hijo del doctor no le habían avisado de la visita. Nació en un país europeo que le ha retirado la nacionalidad, pero está en el módulo de los europeos y no con el resto de presos africanos. Cuando entró en la sala, no esperaba ver a sus padres. “Cuando lo vi, fue como si un globo estallara dentro de mí”, dice la madre. “Empecé a sollozar. Muy fuerte. Nos abrazamos. Estuvimos abrazados llorando un buen rato”.
Su hijo les confirmó lo que llevaban años temiendo: su hermano pequeño, del que no sabían nada desde el 2017, está muerto. Falleció en un bombardeo en el hospital donde trabajaba. “Siempre tienes la esperanza de que esté vivo, pero no saber era muy doloroso”, dice la madre. “Ahora siento un descanso. Se fue. Era su momento”.
En estos largos años de encierro, su hijo ha aprendido francés y algo de alemán. Cuando su madre sacó el móvil para hacerle una foto, él lo cogió y lo estuvo examinando. No sabía cómo usarlo.
Tiene tuberculosis. También sarna, y lesiones en la piel de tanto rascarse. En la segunda visita, sus padres le llevaron antibióticos y crema.
El hijo les pidió perdón. “Siento todo el dolor que os he causado. Nunca debí haberme ido sin deciros nada. Fui muy estúpido”. Su madre está de acuerdo. “Cometió un error. Era muy joven, 19 años, y le convencieron de que iba a ayudar a gente indefensa. Le engañaron y cuando se dio cuenta ya no podía escapar de aquel infierno”, dice. “Ha pagado un precio muy alto. Ha perdido once años. Los mejores. Solo espero que pueda salir y aprovechar lo que le queda de vida”.
Hacía once años que unos padres no veían a su hijo; les confirmó lo que temían: su hermano está muerto desde 2017
Las huellas de tanto tiempo de encierro son visibles. Uno de los presos africanos ha perdido casi toda su cabellera, antes abundante. “Qué te ha pasado en el pelo”, le dijo su madre al verle. “Tengo suerte”, respondió él. “Algunos han perdido los dientes. Muchos, la vida”. Vio morir a su mejor amigo de tuberculosis.
Hubo relatos dolorosos: las torturas que sus hijos aseguran haber sufrido a manos de los kurdos, quienes perdieron a miles de milicianos luchando contra los yihadistas. El preso sin pelo explicó a su madre que comían en días alternos y que muchos murieron de hambre, de enfermedades o de heridas no tratadas. Contó que, en celdas abarrotadas, a veces se interrumpía la ventilación durante días y los más débiles no lo resistían. Las celdas estaban tan llenas que tenían que turnarse para dormir. “Doy gracias a Dios por estar vivo. Muchas veces pensé que había llegado mi turno, que sería el siguiente”.
Jack Letts contó que a menudo la única comida del día eran seis aceitunas o una corteza de pan a la que habían sacado la miga. Describió palizas y torturas. En Irak les tratan mucho mejor, aseguraron todos.
Son familias poco acostumbradas a recibir compasión cuando cuentan su historia. El dolor que causó el Estado Islámico fue inmenso. Aseguran que no buscan la impunidad, sino un juicio justo: que se investigue qué hizo cada uno y que, si existe responsabilidad penal, responda por ella.
“No les pueden meter a todos en la misma categoría. No todos tienen la misma situación ni la misma responsabilidad. Mi hijo era médico y nunca empuñó un arma”, sostiene una de las madres. “Y sin pruebas, ¿cómo pueden juzgarte? Aunque estés en el mismo territorio que un grupo terrorista, eso no significa que estés de acuerdo. Había mucha gente viviendo en el Estado Islámico que estaba atrapada”.
“No les pueden meter a todos en la misma categoría; mi hijo era médico y no empuñó un arma”, dice una madre
No saben de qué cargos acusan a sus hijos. Irak juzga a los acusados de terrorismo bajo una ley del 2005 que contempla la pena de muerte para autores o cómplices de actos terroristas, así como quien los instiguen, planifiquen, financien o faciliten.
Los precedentes no son tranquilizadores para las familias. Un informe de la ONU sobre los juicios contra yihadistas celebrados en Irak entre 2018 y 2019 documenta confesiones obtenidas bajo tortura y condenas a muerte tras vistas de apenas unos minutos, con abogados designados el mismo día.
Ahora hay unos cien abogados iraquíes designados para defender a 5.700 detenidos: 57 casos por letrado.
Irak juzga el terrorismo con una ley del 2005 que contempla la pena
de muerte
Stafford Smith, de 66 años, dedicó buena parte de su carrera a defender a condenados a muerte en Estados Unidos y, después del 11-S, representó a más de 80 detenidos de Guantánamo. Sus archivos de este nuevo caso llevan las iniciales GOTE: Guantánamo on the Euphrates.
Su argumento es que Irak no debería convertirse en el vertedero donde Occidente deposita un problema que no ha querido resolver. “Es una carga enorme la que le estamos infligiendo a este país. Les hemos traspasado este problema descomunal. Y es muy injusto. Tenemos que ayudarles”.

En pedir la repatriación coincide con el Gobierno de Estados Unidos: “Sólo hay una cosa en la que yo y Donald Trump estamos de acuerdo. Él también quiere que todos los presos vuelvan a sus países”, ironiza el abogado.
Algunos jueces iraquíes ven el proceso como su propio Nuremberg. Stafford Smith interpreta esa comparación no como una operación de castigo, sino lo contrario: “Cuando alguien comete crímenes horribles, como hizo el Estado Islámico, no puedes simplemente ejecutar a 5.000 personas, como pretendía hacer Churchill en Alemania y los estadounidenses le disuadieron. Lo que debes hacer es un proceso justo. Y si Irak lo hace, muchos detenidos van a acabar absueltos, como en Nuremberg”.
El abogado Stafford Smith: “Si Irak hace un proceso justo, muchos serán absueltos, como en Nuremberg”
Stafford Smith ha viajado a Bagdad con el abogado holandés André Seebregts, que representa a los nacionales de su país detenidos en Irak. Ambos deben caminar sobre una delgada línea: exigir un proceso justo sin transmitir una actitud de superioridad occidental. Abogados franceses que criticaron públicamente la justicia iraquí consiguieron el efecto contrario: los jueces, enfadados, aceleraron los juicios de sus clientes. Los franceses han sido los primeros en comparecer ante el juez, el 20 de septiembre.
Entre los 5.704 detenidos hay jóvenes que fueron detenidos siendo menores y se han hecho adultos tras las rejas. Stafford Smith calcula que son unos 1.500. El Comité Internacional de la Cruz Roja defiende que deben ser tratados primordialmente como víctimas y repatriados siempre que sea posible.
Entre los detenidos hay unos 1.500 jóvenes que fueron detenidos siendo menores y se han hecho adultos tras las rejas
“No puedes simplemente deshacerte de tus ciudadanos cuando no hacen lo que te gustaría”, señala una trabajadora humanitaria que prefiere el anonimato. “La privación de nacionalidad no es una forma de resolver problemas. No puede ser una solución depositar a personas en algún lugar porque están lejos de casa y lejos de tu vista”.
La madre que entró primero a Al Karj volvió a la cárcel unos días después. La segunda visita fue mucho más difícil. Era la última antes de regresar a su país, al otro lado del planeta, sin saber cuándo volverá a verlo.
Su hijo le preguntó de nuevo cuándo podría salir. Ella no le pudo contestar.
La madre salió destrozada.
“Es muy duro. Siento que lo estoy dejando atrás”.

