El supuesto freno de Vox

Con la perspectiva que da el tiempo, podría apuntarse que el ascenso de la derecha extrema en Europa se incubó durante la Gran Recesión desatada en 2008 y alcanzó un claro auge hacia 2015 y 2016. La crisis de los refugiados derivada de los conflictos en Siria, Irak y Afganistán, fue un elemento catalizador que alimentó los discursos contra la inmigración en Alemania, Hungría y Polonia. Son los años también del Brexit, es decir, del auge nacionalista contra la globalización. Y, finalmente, del triunfo de Donald Trump. Después de un decenio en el que esas opciones se han ido extendiendo, algunos han querido ver en los acontecimientos de las últimas semanas síntomas de agotamiento. El caso más evidente es la salida del poder de Viktor Orbán, pese al apoyo recibido por el presidente de EE.UU. ¿La veleta política sigue apuntando a la derecha y más allá? ¿o empieza a virar ligeramente? ¿se pueden extraer conclusiones en España?

Para empezar, Orbán ha perdido la presidencia en favor de Péter Magyar, un político inequívocamente conservador. El modelo de Hungría, por tanto, no revela un giro de los vientos que soplan desde hace unos cuantos años. De hecho, Magyar ha ejercido como “caballo de Troya”, buen conocedor de Fidesz, el partido de Orbán, quien no pudo retratarlo como un izquierdista títere de Bruselas. Magyar ha empleado las mismas armas que su antecesor en el poder: el populismo, que le permitió hablar con los votantes de Orbán con su lenguaje y los mismos códigos, así como la exhibición de un acentuado nacionalismo. El desgaste de los 16 años de gobierno de Fidesz, con casos de corrupción y otros escándalos incluidos (Magyar ha insistido en la campaña en “el dinero que te roban para comprar yates”, en referencia a personajes cercanos al presidente), ha acabado por facilitar el relevo. El voto, además, ha podido concentrarse en la opción de Magyar, puesto que la izquierda sigue prácticamente borrada del mapa desde principios de la Gran Recesión.

Por tanto, mirar al caso húngaro como supuesto síntoma de un declinar de las opciones de extrema derecha es quizá demasiado aventurado. Sin embargo, ese resultado fue utilizado ayer por Pedro Sánchez para abonar su tesis de que el imperio de la ultraderecha es combatible. La reciente derrota de Giorgia Meloni en el referéndum constitucional ha alimentado también esa percepción. Si a ello se unen algunas encuestas y los resultados electorales de Castilla y León han servido para lanzar la idea de que el crecimiento de la extrema derecha en España se ha frenado. Sin embargo, algunos expertos como Paco Camas, responsable de estudios de opinión pública de Ipsos, empresa que realiza las encuestas para La Vanguardia, consultado para este boletín, reconoce que no ha advertido aún ninguna señal evidente de un punto de inflexión en la curva creciente de Vox que empezó allá por 2018, aunque sí es cierto que han confluido varios factores que no están beneficiando a esas siglas y que pueden estar influyendo en que se encuentren “en una meseta”, por así decirlo.

Los tres factores que han alimentado a Vox en los últimos años siguen vigentes para su potencial electorado

De hecho, no es que en Castilla y León lograran un mal resultado (Vox rozó el 19% de los votos), aunque a veces la gestión de las expectativas juega malas pasadas de imagen. Y eso sin contar los votos que se fueron a la candidatura de Se Acabó la Fiesta, de Alvise, que compite por el mismo espacio sociológico. Vox se ha beneficiado sin duda de un viento internacional hacia el populismo de extrema derecha, pero es un partido que surgió como una escisión del PP de la época de Mariano Rajoy por parte de un sector que consideraba aquel gobierno demasiado blando en una cuestión crucial en el debate político español como es el independentismo en Catalunya. Aquel fue su principal combustible y, en cierta forma, lo sigue siendo, ya que el Gobierno está presidido por un Pedro Sánchez que llegó a la Moncloa gracias al apoyo de ERC y Junts. Después llegaría más leña para avivar el fuego, como el fulgor del movimiento feminista, que en España tuvo un gran eco a partir del caso de “la manada” y de las discusiones en la izquierda gobernante sobre la ley del sí es sí. Por último, la inmigración en un momento en el que la marcha de la economía ha atraído a más población extranjera y los servicios públicos dan muestras de saturación ha servido también como acicate a los discursos que benefician a Vox.

Quizá el elemento en común con otros partidos de extrema derecha de diferentes países sea el nacionalismo y, en el caso de Vox, éste se alimenta del discurso independentista catalán y vasco. El procés fue un acicate indudable en el crecimiento de la formación de Santiago Abascal. Con el tiempo, además, Vox se ha ido reconvirtiendo en un partido menos folclórico y clasista. Se ha ido pasando página (con excepciones) de aquel fervor por la figura de los toreros, por ejemplo. Y se han ido descolgando aquellos primeros ultraliberales que aparecían en su cúpula para pasar a la búsqueda del voto de los barrios de trabajadores manuales, en los que se vive con más dificultades la convivencia con la inmigración, y en los que las expectativas del ascensor social hace tiempo que se desvanecieron. Se pretende seducir al votante de las zonas rurales, sí, pero también se persigue el descontento de las periferias urbanas contra el bipartidismo que abrazan cada vez más (animadas también por las redes sociales) la antipolítica. Abascal ha seguido en ese camino los pasos de Marine Le Pen.

Con todo, hay factores que están perjudicando a Vox. Uno de ellos son las disensiones internas, que airean prácticas autoritarias y acusaciones de irregularidades económicas por parte de algunos críticos. Eso daña al partido, puesto que se presenta precisamente como alternativa a ese tipo de prácticas que se han atribuido siempre a los partidos tradicionales (los juicios de Ábalos y del caso Kitchen no hacen más que recordarlo). También es cierto que ser amigo de Trump ya no cotiza al alza. El ejemplo más evidente es el de Giorgia Meloni, que ha ido marcando distancia con el líder norteamericano en algunos asuntos como Israel o el Papa. Abascal ha hecho alarde de sus conexiones internacionales, no solo por afinidad ideológica, sino también económica. También ha podido producir desencanto en algunos votantes el hecho de que Vox se resista a entrar en los gobiernos autonómicos (aunque es posible que lo haga más pronto que tarde). Pero son elementos accesorios de la ecuación. Ni el factor catalán, ni el discurso feminista del Gobierno ni el temor a la inmigración, y mucho menos el malestar con el funcionamiento de la política y las instituciones, han desaparecido del mapa político como para desmontar el sostén de Vox. La figura de Pedro Sánchez representa el compendio de esos tres elementos y ahora mismo es Vox el partido que mejor rentabiliza las ganas de echar al presidente de la Moncloa por parte de muchos votantes que siguen sin fiarse del PP, pese a haber endurecido Feijóo sus posiciones en esos asuntos.

María Dolores García García

Licenciada en Periodismo y Políticas. Directora adjunta de La Vanguardia. Autora de la newsletter ‘Política’, que se publica cada jueves, y de los libros ‘El naufragio’ y ‘El muro’, sobre el conflicto catalán

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