La competencia China-Estados Unidos se decidirá en el frente interno

Estados Unidos es un imperio que se autoinmola, afirman hoy muchos. Los imperios siempre “mueren por suicidio, no por asesinato”, escribió Arnold Toynbee. Ahora bien, la descomposición interna del imperio estadounidense, que ha terminado por incapacitarlo para sostener su expansión imperial, no es el resultado de una única presidencia. Ya en 1961, el presidente Eisenhower advirtió del “desastroso ascenso” del “complejo militar-industrial”, que estuvo detrás de las conquistas coloniales estadounidenses a principios del siglo XX y que también lo estaría de las posteriores guerras por elección libradas en Indochina y en Oriente Medio.

En esencia, como ocurre con todos los imperios a lo largo de la historia, el declive de Estados Unidos se refiere a su posición relativa ante el auge de unos competidores poderosos; lo cual es consecuencia, a su vez, del impulso al desarrollo que el propio imperio proporciona a su periferia. El auge de China y de los demás tigres   asiáticos es, en cierto modo, el resultado de su americanización . La característica más llamativa de la tesis “declivista” es su naturaleza cíclica. En las décadas de 1950 y 1960, se produjo el “shock del Sputnik”, cuando pareció que Estados Unidos perdía la carrera tecnológica frente a la Unión Soviética, y, en la década de 1980, Japón pareció destinado a superar económicamente a Estados Unidos. Al final, la Unión Soviética se derrumbó, y Japón entró en un prolongado periodo de estancamiento.

EE.UU. perderá frente a China la competencia por la supremacía estratégica si no pone su casa en orden

Sin embargo, con el auge de China, Estados Unidos se enfrenta hoy a un competidor que lo trata de igual a igual, al tiempo que su presidente se dedica a erosionar la posición global del país. Trump ha socavado de modo sistemático las instituciones científicas del país y su democracia, librado una guerra desastrosamente infructuosa contra Irán, introducido unos recortes fiscales enormes acompañados de un vertiginoso aumen­to de los presupuestos militares y los niveles de deuda, debilitado la posición del dólar estadounidense como principal moneda de reserva y disuelto casi por completo las alianzas occidentales de Estados Unidos.

Con todo, el auge de China no es obra de Trump. Desde la crisis financiera del 2008, ha ido creciendo la sensación de que China se impondría a los fracasos del capitalismo estadounidense gracias a un modelo propio de economía planificada y a la eficacia de un régimen autoritario. Pese a ello, Estados Unidos mantiene una posición de ventaja en el ámbito militar. Las capacidades nucleares y la proyección militar global estadounidenses superan con mucho las chinas, por más que en el 2026 el descomunal presupuesto militar del país solo represente alrededor del 3,5% del PIB (durante la guerra de Vietnam, fue del 9%), muy por debajo del peligroso nivel histórico que lastró a imperios anteriores, como la Unión Soviética (15%-17%) y el imperio británico en tiempos de guerra (40%). La mala noticia es que el presupuesto militar estadounidense, que supera el billón de dólares, viene ahora acompañado de unos niveles de deuda pública sin precedentes.

Niños chinos antes de la ceremonia de recibimiento al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín el pasado 14 de mayo
Niños chinos antes de la ceremonia de recibimiento al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín el pasado 14 de mayoMaxim Shemetov / Reuters

La inversión privada en inteligencia artificial fue 23 veces superior a la de China en el año 2025

Estados Unidos perderá frente a China la competencia por la supremacía estratégica si no pone su casa en orden, como muy bien explicaron dos funcionarios del Pentágono en un artículo del 2011 titulado “A national strategic narrative” y firmado con el seudónimo Mr. Y . El compromiso global efectivo de Estados Unidos no solo depende del dominio militar y la contención, como ocurrió durante la primera guerra fría, sino también de un programa de inversión en competitividad económica, educación e innovación, infraestructuras, ciencia y sostenibilidad medioambiental. La democracia estadounidense, gravemente dañada y comprometida, pero todavía no perdida, sigue siendo su arma secreta. En este sentido, la inversión privada en el ámbito de la inteligencia artificial, por ejemplo, fue 23 veces superior a la de China en el 2025. Las prácticas autoritarias de Trump no podrían frenar el péndulo democrático y su promesa de cambio.

Por otra parte, resulta también llamativa la extraordinaria resiliencia estadounidenses ante los reveses militares. Estados Unidos ha perdido todas sus guerras desde Corea, incluida la actual guerra con Irán; en cambio, la derrota de la Unión Soviética en Afganistán fue decisiva para el colapso de su imperio en decadencia. La resiliencia de la parte más débil en las guerras asimétricas de nuestro tiempo (el caso de la guerra de Rusia en Ucrania y la aventura entre Estados Unidos e Irán) transmite una lección que Xi Jinping se toma muy en serio. La ambición de incorporar Taiwán a su visión de “una sola China” está condicionada por el temor al posible impacto de un revés militar en la estabilidad del régimen y por la desconfianza hacia un ejército corrupto hasta la médula al que somete a purgas periódicas de corte estalinista.

El “shock del Sputnik”, Vietnam o la pujanza nipona en los ochenta ya parecían el fin de la hegemonía de EE.UU.

China compartió con la URSS y comparte con la actual Rusia la delicada situación de los imperios continentales a lo largo de la historia: siempre son tiranías paranoicas enfrascadas en tensiones interétnicas, temerosas de las in­vasiones extranjeras y de un enemigo ­interior. EE.UU. es una isla democrática protegida por los dos océanos más formidables del planeta y no se enfrenta a ningún desafío militar cerca de sus fronteras; China, en cambio, es un gigante inseguro que limita con catorce estados y se encuentra rodeado por una red de alianzas militares encabezadas por Estados Unidos y donde participa también un Japón que vive un resurgir militar.

Una lección extraída por China de la caída de la Unión Soviética es la necesidad de evitar el alejamiento de la periferia del imperio. En el caso de China, eso incluye una tensión permanente con Taiwán, Hong Kong, Xinjiang y Tíbet. Otro problema que comparte con la Unión Soviética: cómo garantizar una transición de poder fluida cuando dimite o fallece un máximo dirigente.

Existe tensión entre una clase media en ascenso y la rígida autocracia del Partido Comunista

Los dirigentes europeos que, ante el acoso de Trump, buscan consuelo en la imagen de Pekín como socio firme y estable deberían tomar nota. En China, como ocurre con todas las grandes potencias de la historia, los cálculos de poder prevalecen sobre principios como el derecho internacional y las prácticas comerciales justas. La autocomplaciente imagen que tiene China de su historia en tanto que búsqueda de la armonía a través de la paz y la moral confuciana es un relato oficial que embellece un pasado complejo en el cual el país no ha dejado de luchar por someter a sus vecinos más débiles, desde las invasiones navales durante la dinastía Ming en el siglo XV hasta la guerra de Corea en la década de 1950, la guerra con India en la década de 1960, la guerra de Vietnam en la década de 1970 y el actual conflicto con Japón por las islas Senkaku.

En el plano interno, la economía china se enfrenta a grandes dificultades: es una economía deflacionaria basada en una sobreproducción que se combina con una débil demanda interna, unos niveles de deuda disparados, un mercado inmobiliario deprimido, un elevado desempleo juvenil y una población activa que envejece y disminuye, una mala gestión crónica de las epidemias y un programa Cinturón y Ruta que podría convertirla en una aborrecida potencia colonial a ojos de unos países receptores atrapados en la deuda.

Los europeos deberían tomar nota de la historia antes de ver en Pekín a un socio firme y estable

Su ejército, el Ejército Popular de Liberación (EPL), es corrupto y no ha sido puesto a prueba; y el régimen depende cada vez más de la represión, la vigilancia digital y la propaganda para mantener el control social.

En el exterior, la República Popular China se encuentra enzarzada en disputas de soberanía con casi todos los vecinos, presenta a Corea del Norte como su único aliado con un tratado formal y sigue siendo muy dependiente de Estados Unidos y sus socios en materia de energía, capital, insumos industriales, tecnología avanzada, mercados de exportación y el propio dólar. Otra fuente potencial de conflicto explosivo es la tensión que existe entre una clase media en ascenso y la rígida autocracia del Partido Comunista comprometida con una economía planificada. No en vano, el presupuesto de seguridad interior de China es superior al de defensa, y sus dirigentes no dejan de estudiar obsesivamente la experiencia de la caída de la Unión Soviética.

Un país comercial con alcance global como China depende de la seguridad de las rutas marítimas, y ello lo hace muy vulnerable a los intentos de sus enemigos de cortarlas y asfixiar así gravemente su economía. Ahora que Estados Unidos se está retirando de su papel de “gendarme mundial” (un papel que convino a los intereses de China, que amplió su alcance global mientras Estados Unidos asumía la carga de la seguridad mundial), China se verá obligada a llenar ese vacío con unos despliegues imperiales que garanticen sus intereses en el extranjero.

Ya en el 2018, Xi Jinping advirtió a su ejército contra “la enfermedad de la paz”, que obstaculizaba la modernización militar. El apoyo de China a la guerra de Putin en Ucrania y las bases militares que ha construido en Yibuti, Camboya y Tayikistán, así como su agresiva estrategia en el mar de China Meridional cerca de sus fronteras (una estrategia que no difiere mucho del comportamiento imperialista de Estados Unidos en Sudamérica y Groenlandia), podrían ser el comienzo de una versión china de la trampa de la expansión imperialista desmesurada que ha comprometido la hegemonía estadounidense.

Shlomo Ben Ami

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