¿Le conviene Trump al capitalismo americano?

¿Le conviene a la hegemonía mundial del capitalismo americano la política internacional de Donald Trump? ¿Cómo anda la promesa que hizo a sus votantes de hacer grande de nuevo a EE.UU., “ Make America great again” (MAGA)? ¿Cuál es el balance de este segundo periodo ahora que se encamina a su ecuador, cerca de las elecciones de mitad de mandato? Las respuestas no son unívocas. Depende de quién responda.

Primero, el soft power, el que refuerza su hegemonía gracias al atractivo del modelo sociocultural, la persuasión y el prestigio. Con Europa, la más firme y tradicional aliada, las relaciones han evolucionado desde la contemporización, con servilismo extremo en algunos casos, como el de la presidenta de la Comisión Euro­pea, Ursula von der Leyen, hasta un creciente distanciamiento, cuando no crítica abierta. Los desmarques de Pedro Sánchez han sido paulatinamente secundados por bastantes socios europeos.

Estos últimos días, Trump ha sumado a la lista de críticos una de sus más fervientes admiradoras, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. También al muy influyente jefe del Estado vaticano, León XIV. A la Europa del Este tampoco le gustan sus devaneos con Vladímir Putin. La alianza que ha garantizado la estabilidad de la hegemonía estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial está en avanzado estado de descomposición.

Trump es tóxico para sus aliados, con los que contaba para desmantelar la UE. El húngaro Viktor Orbán ya ha pagado en las urnas su cercanía con él (además de sus largos años de política prorrusa y corrupción). En la extrema derecha francesa, el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen, nacionalista radical, criticó la aventura venezolana y considera un error la guerra en Irán. Ciertamente, los lepenistas nunca han tenido problemas en simultanear reproches al imperio con elogios a sus políticas económicas. El fundador del partido, Jean Marie, se convirtió al neoliberalismo de Reagan mientras criticaba su política exterior y defendía la independencia estratégica europea, en la línea gaullista. Pero eso era en los ochenta, y el viejo Le Pen ni soñaba con gobernar. Ahora, para su hija, que encabeza las encuestas, la proximidad a Trump es radiactiva. Igual pasa con la AfD alemana o Nigel Farage en el Reino Unido.

Donald Trump y su secretario de Guerra, Pete Hegseth
Donald Trump y su secretario de Guerra, Pete HegsethEvelyn Hockstein / Reuters

El silencio sepulcral de Santiago Abascal, el español más introducido en la Casa Blanca trumpista, podría empezar a pasarle factura. Andalucía dará pronto una primera referencia.

El trumpismo resiste en Latinoamérica, con Javier Milei en Argentina, el recién elegido José Antonio Kast en Chile y el salvadoreño Nayib Bukele.

Las grandes empresas darán resultados récord gracias a menos impuestos e inversión pública

Asia nunca ha sido territorio propicio, y sus aliados preferentes, Japón y Corea del Sur, andan bastante desconcertados tras la retirada de sistemas militares clave para reubicarlos en Oriente Medio, a fin de sostener su guerra contra Irán. En fin, su gran aliado es Israel, que camina a pasos de gigante hacia el estatus de paria ge­nocida de la comunidad internacional.

¿Y qué pasa con el hard power, el de la coerción y la fuerza, al que los imperios recurren cuando falla todo lo demás? En especial, las sanciones económicas aplicadas a Irán durante décadas. Esa guerra es una prueba de alcance mayor.

De momento, Trump ha llevado al mundo lo más cerca del caos desde que EE.UU. es la potencia dominante, y nadie entiende los motivos de su decisión. El empeoramiento de las condiciones de vida de gran parte de la humanidad espera a la vuelta de la esquina.

Episodio trascendental. El control y la fiabilidad del suministro mundial de energía ha sido uno de las argumentos esenciales de la hegemonía americana. Hasta ahora lo utilizaba de palo y zanahoria para pacificar a socios y aliados. Pero, por primera vez, esto se ha puesto a prueba de verdad, agitando el fantasma de desabastecimientos catastróficos. Más allá del petróleo, en el que, pese al peligro, EE.UU. tiene una capacidad de suministro relativamente protegida, hay otras materias primas que transitan por el estrecho de Ormuz en un porcentaje muy elevado de la oferta mundial y que pueden estrangular la producción agrícola, la de chips, las baterías eléctricas y una larga serie de productos esenciales.

Esta es la primera guerra a gran escala desarrollada con la nueva inteligencia artificial y está poniendo de manifiesto las limitaciones de la hegemonía militar de EE.UU.. Es cierto que este exhibe un abanico de recursos avanzados asombroso, pero a la vista está que no son suficientes para rendir a un país, ya muy debilitado y dividido antes de la guerra, sin el tradicional recurso al envío de tropas, el gran punto débil del atacante. Y desde un punto de vista estratégico, EE.UU. se juega la pérdida de las bases en el golfo Pérsico si no devuelva la tranquilidad a sus aliados.

En el frente económico, la promesa de reindustrialización y autonomía estratégica. La primera está siendo fallida, el empleo industrial sigue cayendo, 88.000 menos el último año. Los aranceles no han implicado ni retorno de empresas ni la recuperación de sectores.

La guerra de Irán pone de manifiesto que sin el despliegue de tropas, la simple tecnología no basta

En cambio, la inversión en IA alcanza máximos; es el sector en el que operan sus amigos y socios, sus principales apoyos. Y en el que EE.UU. sigue siendo dominante. Pero crea pocos empleos, está muy automatizado. Y en el segundo, la dependencia de las tierras raras chinas sigue ahí, al acecho. Por otra parte, se espera que las grandes compañías de EE.UU. anuncien en los próximos días beneficios récord gracias a un dólar más débil, las rebajas fiscales y la inversión pública.

No quedan nada claras las ventajas para EE.UU. de la orientación geoestratégica y económica de Trump. Pero a corto plazo, los grandes conglomerados empresariales hacen su agosto. Y no menos importante, la economía que mejor resistirá el impacto de la guerra será, precisamente, la de EE.UU., pese a que según los estándares económicos ortodoxos sus índices se deteriorarán: más deuda y más déficit. ¿Saben quién pagará la factura?

Manuel Pérez Arias

Adjunto al director de La Vanguardia. Periodista especializado en información económica

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