Peregrinos anti Trump en Minneapolis

Todas las rutas de la resistencia al presidente Trump convergen en las calles de Minneapolis.

Dos meses después de su muerte, Alex Pretti aún tiene flores frescas en el memorial montado justo donde, a plena luz de día y por la espalda, le dispararon agentes fronterizos del ICE en una protesta contra las redadas de inmigrantes.

Christine Olsen, vecina de St. Paul –la ciudad gemela– deposita rosas rojas. “Ha sido difícil lidiar con el ICE [Servicio de Control de Migraciones], con la forma en que actuó. Alex era una persona real, que intentaba hacer cosas buenas”, explica. “Estamos en Semana Santa y quería traerle un ramo”, aclara.

En este lugar al sur de la ciudad de Minnesota se acumulan flores, banderas, fotografías y cuadros con el rostro sonriente del que se califica como “verdadero patriota”.

Hay una procesión constante de personas que pasan y se detienen o vienen a propósito.

Forma parte del recorrido de los lugares que marcan la ruta de la rebeldía de Minneapolis, su particular calvario. Es una trilogía de estaciones que, de más reciente a más antiguo, arranca con Pretti (tiroteado el 24 de enero), tiene una segunda etapa a unos dos kilómetros, donde los disparos de un agente del ICE acabaron con Renée Good (7 de enero) –los dos eran blancos– y se proyecta hasta mayo del 2020, cuando un policía blanco provocó la asfixia del afroamericano George Floyd.

“El ICE sigue aquí. Ha cambiado sus tácticas. Ya no son tan visibles, pero sabemos que continúan estando”

Su últimas palabras –“no puedo respirar”–, se escucharon en EE.UU. y provocaron una gran movilización nacional. En los sucesos recientes, la rebeldía de Minneapolis hizo que Trump se arrodillase.

Primero sacó de la ciudad a Greg Bovino, el jefe del ICE y admirador de la Gestapo. Luego destituyó a Kristi Noem, la secretaria del Departamento de Seguridad Nacional que describió a Pretti como terrorista doméstico, pese a que los vídeos demostraron que el adjetivo encajaba solo con los policías que ella envió. “Ojos que ven la verdad, descubren mentiras reales”, reza un cartel en el túmulo dedicado al que fuera enfermero en el hospital de veteranos.

Las heridas abiertas por lo que se califica de invasión del ejército particular de Trump -“matones enmascarados”- siguen supurando. Esta es una sociedad aún en duelo por lo ocurrido en este invierno del 2026. Y aunque ya no hay nieve, muchos aún están helados.

“El ICE sigue aquí. Ha cambiado sus tácticas. Ya no son tan visibles, pero sabemos que continúan estando. Así que la gente todavía tiene miedo de salir y de ir a trabajar, y tratamos de apoyarlos con comida y otras cosas”, matiza Olsen.

Jeff, vecino, profesor retirado y voluntario en el memorial de Pretti para que no se olvide lo ocurrido, recuerda que hace unos días visitó el lugar un hispano que había estado 60 días escondido. “Han quitado tropas del ICE y se han dispersado. Hemos mejorado pero esto no es la normalidad”, añade.

A poco más de media hora caminando se encuentra el lugar en el que murió Good, quien comentó al enmascarado que iba a matarla segundos después: “no estoy enfadada contigo”. Como en el memorial de Pretti, hay flores, carteles, banderas, textos de homenaje.

“Hemos venido al concierto de Bruce Springsteen (tocaba esa noche), que está haciendo una gran lucha y no podíamos no presentar nuestros respetos a Alex y Renée”, señala Denise Schipper, que ha llegado desde Santa Bárbara (California).

“Tenemos a muchos inmigrante que llegan al país y que necesitan ser evaluados, pasar por un proceso en el que creo, porque son la raíz de nuestro país. Todos nosotros somos inmigrantes”, dice. “Pero me preocupa lo que está sucediendo con el ICE, porque es una organización que ha entrado en nuestras vidas y no pertenece a Estados Unidos”, recalca. “Estoy muy orgullosa de España, de que plante cara a Trump”.

La palabra peregrinaje la introduce Kathleen Olsen, una de las hermanas de la congregación de Saint Joseph que hace de guía por los memoriales a un grupo de mujeres octogenarias llegadas de Irlanda. “Es un peregrinaje porque es una forma de transformarte”, remarca.

A poca distancia a pie está el lugar en el que Floyd se convirtió en mártir. Flores y carteles. “Continúa siendo significativo porque nada ha cambiado tras su defunción. Estamos en la misma lucha”, afirma Rachel, mujer negra de Wisconsin.

Ya no es posible hablar con más gente. Un afroamericano, que se atribuye el papel de conservador del lugar, tira de histerismo y acusa al visitante blanco de ser “un vampiro” que chupa la sangre a su gente. Ha visto, sin duda, la película Pecadores .

“Si quieres algo, si quieres que hablemos, has de dar algo. Haz una donación al memorial o compra cosas en la tienda”, exige el supuesto capataz, que se identifica en una chapa como Marquise Bowie. Atiende a dos matrimonios blancos, les cuenta que la muerte de Floyd fue en vano, a cambio de que paguen 20 dólares por su libro.

Francesc Peiron Arques

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