El presidente ruso Vladimir Putin aterrizó en Pekín a última hora del martes, cuando todavía flota en el aire la visita de su homólogo estadounidense, Donald Trump. Un doblete que resalta la centralidad de la China de Xi Jinping, en uno de los momentos más peligrosos desde el final de la guerra fría.
Putin sitúa el gas y el petróleo en el centro de su visita, aunque su verdadera preocupación sea el empantanamiento de la invasión de Ucrania. Del mismo modo que Trump se hizo acompañar de un lucido cortejo tecnológico cuando lo verdaderamente apremiante para EE.UU. es una salida airosa a la guerra lanzada contra Irán, de la mano de Israel.
Esta última ha dado mejores cartas a Putin para su regreso a Pekín. Si las sanciones occidentales a Rusia, a partir de 2022, mejoraron las bazas de China -e India- a la hora de hacerse con los hidrocarburos rusos a buen precio, ahora es el doble bloqueo de Ormuz el que convierte en providencial la apuesta China por los yacimientos de Siberia. Ayudando a reequilibrar una relación comercial muy favorable a Pekín.
Aunque Trump fuera en su día un admirador de Nixon, su reciente visita a China no logrará separar a ambos gigantes, a diferencia de la de aquel en 1972. La guerra de Ucrania y su corolario de sanciones ya lanzaron a Moscú en brazos de Pekín (hasta el punto de que antiguas factorías de Volkswagen, Mercedes o Nissan en territorio ruso ahora fabrican coches de marcas chinas como Chery).
La guerra de Irán y su presión sobre el suministro de hidrocarburos ha soldado todavía más el encaje entre dos economías complementarias. Disipando cualquier duda sobre la inclusión en el nuevo plan quinquenal chino del gasoducto Poder de Siberia 2, vía Mongolia. El rearme anunciado de Japón, de la mano de Sanae Takaichi, estrecha aún más su abrazo.
Economías complementarias
Putin y Xi celebran los 25 años del tratado de amistad entre China y Rusia
Todo ello en una semana en que Trump vuelve a amenazar a Irán, en que Rusia realiza ejercicios nucleares junto a Bielorrusia y China manda a uno de sus portaaviones a hacer maniobras en aguas del Pacífico.
El presidente Xi Jinping pudo ser perfectamente diplomático con Trump, tras aguantarle el pulso arancelario. Pero a diferencia de este, nunca ha proclamado que sean “amigos”. En realidad, advirtió a EE.UU. con la mayor seriedad sobre Taiwán y le invitó a gestionar la rivalidad entre ambas potencias de manera que no degenere en una guerra.
En cambio, su relación con Putin -con el que se ha visto en más de cuarenta ocasiones- se remonta a 2010, cuando aún era vicepresidente. Es cercana y puede prescindir de la pompa. No en vano, Putin, ha visitado China veinticinco veces. Además, ya estuvo en Pekín en septiembre pasado -la foto del trío nuclear, con el norcoreano Kim Jong Un en el desfile militar , izo saltar alarmas- y volverá este año para la cumbre Asia-Pacífico.

Eso sí, Putin no dormirá esta noche en un hotel -como Trump- sino en Diaoyutai, la residencia para mandatarios del gobierno chino. A la sintonía personal se suma la sintonía en grandes temas internacionales. No en vano, cuando Trump secuestra al presidente venezolano, Nicolás Maduro, secuestra a un aliado de ambos. Cuando amenaza y bloquea a Cuba, hace otro tanto. Y cuando bombardea a Irán, machaca a un aliado y socio compartido, en la Organización de Cooperación de Shanghai y en el grupo de los Brics. Este último, en crisis, por las fricciones con Irán de otros dos miembros, India y Emiratos, próximos a Israel.
En Pekín y en Moscú tampoco se olvidan las palabras de la jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, que el año pasado, para justificar el rearme europeo, se preguntó públicamente, “cómo vamos a derrotar a China si no podemos con Rusia”. Sin embargo, hoy mismo, el propio canciller alemán, Friedrich Merz, dijo que esperaba que Xi Jinping influenciara a Putin para poner fin a la guerra de Ucrania.
Un portavoz ruso ha reconocido que las conversaciones de este miércoles irán más allá del mercadeo de gas y petróleo. “Todos los grandes temas de actualidad estarán sobre la mesa”. Además de firmar unos 40 acuerdos, antes o después del té, es de esperar una declaración conjunta a favor de “un mundo multipolar”. Algo que no esta reñido con que ninguno de ellos -como tampoco EE.UU. o Israel- reconozca al Tribunal Penal Internacional.

