¿Qué pasa cuando Dios juega a fútbol?

El fútbol y Dios son universales y, por eso, nuestros dirigentes se acercan a ellos para apropiarse un poco de su gloria. Deporte y religión, al mismo tiempo, unen a los extraños y ayudan a superar la desigualdad que debilita nuestras sociedades.

Somos 8.300 de personas en el mundo. Más de la mitad, 5.600 millones, según la FIFA, vimos algún partido del último mundial de fútbol en Qatar. La audiencia este año aún será mayor. La gran mayoría de los aficionados, además, son cristianos y musulmanes. No hay duda de que Dios juega al fútbol y lo mismo hacen los políticos. 

Dios juega por diversión y los políticos para mejorar su imagen. El fútbol limpia las impurezas que el ejercicio del poder adhiere a la piel de nuestros dirigentes. Dios también tiene esta propiedad purificadora, pero como la Iglesia no organiza tantos espectáculos de masas como la FIFA, los políticos no son tan creyentes.

Los líderes españoles se han acercado todo lo que han podido a León XIV y se vestirán con la camiseta de la Roja los días de partido. Es una actitud interesada y populista, muy común en los presidentes y primeros ministros de todo el mundo. Donald Trump, por ejemplo, entregará el trofeo al equipo vencedor de este Mundial y se fotografiará con los jugadores para apropiarse así, un poco, de su gloria.

La palabra del Dios y el juego del fútbol son universales. Sobre el papel, defienden unos valores morales que nos hacen mejores personas. Los más creyentes y los más forofos rozan el misticismo. Todo parece exagerado cuando el Papa sale de viaje y cuando la FIFA organiza el torneo más importante del mundo. La masa se multiplica. El fervor, también.

La moral y el deporte, fomentan la solidaridad y la cooperación que necesita nuestra sociedad

¿Qué dice de nuestra civilización este comportamiento? ¿Qué queda del mensaje evangélico que el Papa deja allá a donde va? ¿Qué queda del espíritu deportivo en una competición diseñada para que la FIFA gane 9.000 millones de dólares?

Fútbol callejero frente a la gran pirámide de Giza, a las afueras de El Cairo 
Fútbol callejero frente a la gran pirámide de Giza, a las afueras de El Cairo Khaled Desouki / AFP

Dios y el fútbol, es decir, la moral y el deporte, fomentan la solidaridad entre extraños y alientan la cooperación. Es justo lo que las sociedades complejas como la nuestra necesitan para garantizar la seguridad y la prosperidad colectivas. La sociedad moderna necesita a personas de todas las razas, creencias y tendencias, lo que obliga a tolerar al diferente. El Papa pide acoger a los inmigrantes y las selecciones más competitivas suelen ser también las más diversas.

Sin embargo, algo debemos de hacer mal cuando, partiendo de este universalismo, acabamos en el tribalismo más decepcionante, el que reduce al otro a un estereotipo degradante. El tribalismo es nacionalista y el nacionalismo destruyó Europa a mediados del siglo XX.

El estado nación impone el tribalismo más decepcionante en la religión y en el fútbol

Parte de la culpa la tiene el estado nación, un sistema político y social que, por sí mismo, ya no puede dar respuestas a los retos globales. Esta impotencia marca su declive y anticipa su desaparición. Sería lógico que se diluyera en estructuras supranacionales, pero se resiste a hacerlo. Prefiere reforzar su identidad, reescribir el pasado y enarbolar las banderas, y esto es precisamente lo que intenta hacer cuando invoca a Dios y juega al fútbol.

La Iglesia ayuda al estado nación. Lo ancla en el pasado, lo mantiene erguido en el costumbrismo. La ultraderecha se aprovecha, tergiversa y explota el mensaje evangélico de la unidad. “Todos juntos”, proclaman los profetas del nuevo fascismo. “Todos juntos para defender la cultura cristiana”, repite Elon Musk, el hombre más rico del mundo, desde el púlpito de X.

El Papa advierte contra la riqueza y la codicia, contra el culto a los bienes materiales. Lo dice porque cree que degrada al hombre y porque la dignidad de la persona se deteriora con la desigualdad. Nada debilita más a la sociedad contemporánea que la desigualdad.

El índice Gini, que marca la desigualdad en el mundo, lleva más de una década disparado. La desigualdad material dificulta la cooperación y la solidaridad entre extraños que tanto necesitamos. La elite económica y tecnológica pierde el contacto con la realidad. El contrato social se rompe. Aumenta la ansiedad respecto al otro, el que tiene más y el que quiere arrebatarme lo que creo que debe ser solo mío.

En Estados Unidos, el 1% más rico posee el 35% de la riqueza. El 50% más pobre, solo el 2,5%. Elon Musk tiene una fortuna valorada en casi un billón de dólares. Pronto será mucho más. Space X, una de sus compañías, ha salido a bolsa y está previsto que alcance un valor de 1,75 billones de dólares. El PIB de España está en 2,09 billones. Elon Musk tiene tanto dinero como un país de la tierra media y utiliza su enorme influencia en los asuntos del mundo para propagar odio.

El odio es la fuerza dominante en las relaciones políticas y sociales. Ni Dios ni el fútbol pueden con él. El fútbol, además, ni siquiera lo intenta. Los últimos tres mundiales han sido en Rusia, Qatar y Estados Unidos, dos países autoritarios y dos que están en guerra. La guerra y las frustraciones sociales alientan el vandalismo deportivo. La violencia entre aficiones rivales, por ejemplo, fue frecuente durante la Eurocopa de hace dos años en Alemania.

El amor no lo tiene fácil, ni siquiera cuando Dios juega a fútbol. Otra cosa es si juega y gana porque, en este caso, el gol lo es todo. El gol del triunfo te lleva a abrazar a quien no conoces, a saltar de alegría con perfectos desconocidos. No es amor, es euforia, pero sirve, al menos durante un rato, para unir a los extraños. Puede parecer poco en este mundo tan convulso, y es verdad que el fútbol hace tiempo que no sirve ni para una tregua de 90 minutos. Sin embargo, el gol es magia y la magia es ilusión, la ilusión de que podemos salvarnos, de que podemos escapar del acoso al que nos someten los hombres más poderosos, las personas como Trump y Musk, esos niños malcriados que juegan con cohetes y se creen dios.

Xavier Mas de Xaxàs Faus

Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S

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