La guerra del Sáhara Occidental es invisible. No circulan imágenes de ella ni se sabe bien qué pasa en el frente. Pero eso no significa que esté inactiva. Lo demuestra la muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz, una de las figuras más prominentes del bando saharaui.
Este militar falleció el pasado domingo junto con otros dos combatientes bajo el fuego de drones marroquíes. El ataque se produjo en la zona caliente del conflicto: las proximidades del muro que separa los territorios ocupados por Rabat –el 80% de la excolonia española– de los que están bajo control del Frente Polisario –el 20% restante–. Una barrera de 2.500 kilómetros de longitud plagada de minas y vigilada por miles de soldados.
Según los analistas, Lahbib Mohamed Abdelaziz tenía serias opciones para convertirse en el futuro líder del independentismo saharaui. Cualidades no le faltaban. Era joven (36 años), había recibido una sólida formación académica, tenía experiencia de mando en el campo de batalla, ocupaba un alto cargo en la estructura política del Polisario y portaba un apellido de peso: su difunto padre, Mohamed Abzelaziz, dirigió el Gobierno saharaui durante cuatro décadas, desde 1976 –cuando se oficializó la retirada española del Sáhara y estalló la guerra contra el invasor marroquí– hasta el 2016.
Que Marruecos haya decidido eliminar a una figura de este rango supone, pues, un salto cualitativo en el conflicto, al mismo tiempo que demuestra la capacidad del reino alauita para usar los drones en asesinatos selectivos como los que Israel lleva a cabo en Gaza y Líbano.
No en vano, Rabat ha tejido una estrecha alianza militar con Tel Aviv que incluye el suministro y la producción conjunta de vehículos no tripulados. Esta relación empezó a fraguarse en el 2020, con la incorporación de Marruecos a los acuerdos de Abraham. A cambio de sumarse a esta iniciativa diseñada por Donald Trump, Rabat consiguió que Estados Unidos reconociera su soberanía sobre el Sáhara.
Como es lógico, la muerte de Abdelaziz ha causado conmoción en el Gobierno saharaui, que decretó tres días de luto nacional para llorar la muerte de su comandante “caído mártir”. Desde el Polisario se reconoce que esta pérdida es importante, aunque también se recalca que no supone un contratiempo insalvable.
“La lucha del pueblo saharaui es una lucha de generaciones, no de personas”, precisa en conversación con La Vanguardia el delegado en España del grupo independentista, Abdulah Arabi, quien recuerda que la guerra se ha cobrado numerosas vidas desde el 2020, cuando se rompió el alto el fuego acordado en 1991 bajo la supervisión de Naciones Unidas.
Jalil Mohamed Abdelaziz, hermano de Lahbib y representante del Polisario en Madrid, se expresa en términos similares: “A lo largo de la historia, hemos perdido a muchos jefes en el campo de batalla”, dice. “Nosotros nos fortalecemos en episodios como este. Nos alimentamos de los golpes”.
Marruecos no se ha pronunciado sobre la muerte de Abdelaziz, pero todo apunta a que, con esta operación, además de exhibir músculo militar y debilitar a su enemigo, buscaba dar un golpe sobre la mesa para provocar un cambio de escenario en un momento diplomático delicado.
Casualidad o no, el ataque coincidió con la visita del enviado de la ONU para el Sáhara Occidental, Staffan de Mistura, a los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, en el suroeste de Argelia. El objetivo de De Mistura era reactivar las negociaciones de paz entre Rabat y el Polisario.
Estas conversaciones comenzaron a principios de año con el impulso de Estados Unidos, y tienen como base la resolución aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU el pasado octubre en la que se avala el plan de autonomía marroquí para resolver el conflicto. Pero el diálogo entró en vía muerta en mayo, después de que el ejército saharaui lanzara una ofensiva contra bases marroquíes de los territorios ocupados.
Hoy el contexto geopolítico es poco propicio para retomar las negociaciones, ya que Washington, el único actor con capacidad de imponer un acuerdo, tiene otras prioridades, como resolver la guerra de Irán. Y eso es una mala noticia para Rabat.
“Marruecos está viendo cómo se le puede cerrar una ventana de oportunidad sin precedentes”, dice Irene Fernández-Molina, profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad de Exeter. “En octubre, se celebrarán las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, y podría producirse un cambio de mayoría en el Congreso”, agrega. Si los republicanos pierden peso, será más difícil aprobar medidas destinadas a presionar al Polisario para que acepte el plan de autonomía marroquí, como su designación como organización terrorista.
Así, el ataque de Marruecos contra Abdelaziz se puede interpretar como una llamada de atención. “Se trata de crear una sensación de urgencia, de apretar las tuercas a los estadounidenses para que no se olviden de ellos”, opina Fernández-Molina.
La gran duda es si Trump, siempre reacio a implicarse en asuntos de los que no pueda obtener un beneficio inmediato, atenderá esa llamada.
Mientras, la guerra sigue. Sin cámaras, fuera de la vista de todos. Pero cobrándose vidas.
