Sin marinos no hay comercio: la cara invisible de la globalización


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El 25 de junio se celebra el Día Internacional de la Gente de Mar, una jornada destinada a reconocer la contribución esencial de los hombres y mujeres que trabajan en el mar y que hacen posible, de forma silenciosa pero imprescindible, el funcionamiento del comercio mundial.

La temática escogida este año por la Organización Marítima Internacional (OMI) es: “Transportando el comercio mundial. Transportando los riesgos”. Bajo este lema, la Confederation of European Shipmasters’ Associations (Cesma), organización que representa a los capitanes europeos ante las instituciones de la Unión Europea, ha puesto el foco en cuestiones clave relacionadas con la seguridad marítima, la protección de las tripulaciones y el ejercicio profesional de los capitanes de la marina mercante.

Durante su reunión celebrada a finales de mayo en Bilbao, la Cesma lanzó un mensaje claro: la gente de mar constituye uno de los pilares fundamentales del sistema económico mundial, aunque su labor continúe siendo, en gran medida, invisible para la sociedad.

Los datos son contundentes. Más del 80 % del comercio mundial se transporta por vía marítima. Esta cifra refleja la dimensión estratégica de la navegación comercial y la enorme dependencia que tienen las sociedades modernas del trabajo de los marinos mercantes.

Esta realidad quedó resumida en una expresión que se popularizó internacionalmente durante la pandemia: No Seafarers=No shipping=No Shopping 

Cuando miles de tripulantes quedaron atrapados a bordo sin posibilidad de relevo, aquella frase evidenció una verdad tan sencilla como contundente: sin la labor de los marinos, el mundo se detiene. Detrás de cada producto que llega a una tienda, de cada suministro energético, de cada medicamento o alimento que cruza océanos y continentes, existe una cadena logística cuya pieza fundamental sigue siendo la gente de mar.

Barcos fondeados frente a la costa de Barcelona.
Barcos fondeados frente a la costa de Barcelona.Alfonso Fadeuilhe

Sin embargo, detrás de cada buque, de cada travesía y de cada carga que alcanza su destino, hay profesionales que desempeñan su trabajo en condiciones exigentes, complejas y, con frecuencia, poco conocidas por la opinión pública.

La vida en el mar implica largas estancias lejos del hogar y de la familia. Se trata de una forma de vida marcada por la distancia, la soledad y la renuncia a la cotidianeidad en tierra, en un entorno donde la desconexión social y familiar no es circunstancial, sino estructural.

A esta dimensión humana se suma la dureza inherente al propio medio marítimo. El mal tiempo, los temporales, la fatiga acumulada y la incertidumbre de la navegación forman parte del día a día de quienes trabajan a bordo. La mar exige una sólida preparación técnica, una gran capacidad de resistencia física y mental, y una toma constante de decisiones en un entorno dinámico, cambiante y, en ocasiones, extremo.

El escenario internacional añade complejidad a la profesión

Además de afrontar las dificultades propias del océano abierto, los marinos deben operar en escenarios de especial riesgo vinculados a la seguridad internacional. Existen zonas afectadas por la piratería y por amenazas de carácter terrorista donde la navegación se desarrolla bajo una tensión añadida que condiciona tanto la operativa de los buques como la seguridad y el bienestar de sus tripulaciones.

Un ejemplo significativo se encuentra en el estrecho de Ormuz, uno de los puntos más sensibles para el comercio mundial. En esta zona, los buques pueden verse obligados a fondear o esperar instrucciones bajo estrictas medidas de seguridad, en un contexto marcado por tensiones geopolíticas, presencia militar, riesgos de interceptación y restricciones operativas que afectan directamente a la navegación.

En otras regiones del mundo, la piratería continúa siendo una amenaza real. A ello se suman episodios de violencia contra el tráfico marítimo que incrementan la vulnerabilidad de unas tripulaciones que, pese a todo, garantizan la continuidad de rutas comerciales esenciales para la economía global.

En los últimos años, además, el escenario internacional ha añadido nuevas capas de complejidad a esta profesión. Los conflictos armados, las crecientes tensiones geopolíticas y la inseguridad en rutas estratégicas han impactado directamente sobre la actividad marítima. A ello se sumaron situaciones excepcionales como epidemias y pandemias que pusieron a prueba la resiliencia de las tripulaciones, muchas veces sin posibilidad de relevo, repatriación o descanso durante largos periodos.

A pesar de todas estas circunstancias, la gente de mar ha mantenido en funcionamiento las cadenas de suministro globales incluso en los momentos más críticos. Su trabajo ha garantizado el transporte de alimentos, energía, medicamentos y bienes esenciales, contribuyendo de manera decisiva a sostener la estabilidad económica mundial en condiciones extraordinariamente adversas.

Barco mercante accidentado en Palma de Mallorca 
Barco mercante accidentado en Palma de Mallorca EFE

Esta paradoja —la dependencia estructural que tiene el mundo del transporte marítimo y la invisibilidad de quienes lo hacen posible— invita a una reflexión necesaria. El reconocimiento social, institucional y político de la profesión marítima debe situarse a la altura de su importancia estratégica.

La protección de los marinos, la mejora de sus condiciones laborales, la garantía de su seguridad y el fortalecimiento de su consideración profesional no constituyen únicamente una reivindicación sectorial. Son una necesidad para el correcto funcionamiento del sistema global. Porque, en última instancia, sin marinos no hay comercio y, sencillamente, el mundo se detiene.

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