Un pozo sin fondo

Desde una perspectiva económica, Ceuta y Melilla suponen un coste elevado para el Estado español. Al tratarse de dos plazas con escasa actividad productiva y sin recursos naturales relevantes, su mantenimiento podría superar los 2.000 millones de euros anuales. Si Marruecos asumiera su gobernanza, España podría ahorrarse gastos como inversiones directas, transferencias para infraestructuras y conectividad, así como los costes asociados a la vigilancia y el control de la inmigración irregular.

Además, se requiere un amplio despliegue de militares, policías y funcionarios para garantizar la educación, la sanidad, la vivienda y otros servicios básicos a sus ciudadanos, en igualdad de condiciones con el resto de los españoles. En cuanto a los ingresos, su régimen fiscal especial implica una carga impositiva notablemente inferior a la de la Península.

Mohamed VI sabe que ahora sería el momento de aprovechar la debilidad de Sánchez

La pregunta que estos días se hacen muchos marroquíes y no pocos españoles es por qué si Ceuta y Melilla resultan tan gravosas España insiste en mantenerlas bajo su soberanía territorial. La respuesta es contundente. Porque así lo manda la Constitución, que las considera parte de la unidad territorial del Estado.

Además, Ceuta y Melilla tienen un alto valor estratégico, ya que facilitan el control del estrecho de Gibraltar. Para Europa también son clave, al constituir una de sus fronteras terrestres con el continente africano. Sin embargo, probablemente la razón principal por la que España no renuncia a estas dos plazas es por la desconfianza de que el siguiente paso sea Canarias, cuya reivindicación tendría una dimensión mucho mayor.

Desde la perspectiva marroquí, una gobernanza conjunta de Ceuta y Melilla permitiría buscar una solución económica, política y social beneficiosa para todas las partes. Los medios oficiales marroquíes han aprovechado la avalancha humana para sostener que las dos ciudades autónomas serán marroquíes más pronto que tarde.

Es cierto que España y Marruecos han subrayado la buena vecindad entre ambos países, razón por la que el reino alauí no ha forzado la situación. Y eso que podría haberlo hecho, como lo hizo Hassan II hace 51 años con la marcha verde para hacerse con el Sáhara. Ahora sería el momento de aprovechar la debilidad del Gobierno de Pedro Sánchez, sostenido por socios de investidura que no comparten la españolidad de las dos plazas africanas. A ello se suma que Estados Unidos e Israel consideran a Marruecos un socio estratégico y fiable, algo que no ocurre con el español. El rey Mohamed VI sabe que difícilmente tendrá otra oportunidad similar: si las elecciones generales las gana un Gobierno de centroderecha, lo primero que hará será reafirmar la españolidad de Ceuta y Melilla, como hizo José María Aznar con el islote de Perejil, donde dejó claro que estaba dispuesto a todo para preservar la unidad territorial de España.

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