
Una de las decisiones más difíciles que tomó Carles Puigdemont poco después de instalarse en Bélgica en el otoño del 2017 fue decidir si ejercer como presidente de la Generalitat de la república nonata o como líder de una facción del independentismo.
Si se presentaba como lo primero, perdía el favor de quienes le consideraban presidente de la república catalana proclamada. Pero si ahondaba en exceso en este segundo perfil, se arriesgaba a que le tomasen por el líder de Freedonia. El desencuentro con ERC –más pragmática en el aterrizaje a la nueva realidad– le impidió ir demasiado lejos por esa vía con el Consell de la República. La falta de acuerdo en el independentismo para mantener la ensoñación republicana limitó sus posibilidades de presentarse como el líder de todo el movimiento.
En el regreso de Puigdemont hará falta humildad, como recetó Tarradellas
En paralelo, la reconfiguración del magma representado por la coalición Junts per Catalunya, Crida Nacional per la República, etcétera, y la necesidad de situar a la cabeza un liderazgo claro, le abocaron a ejercer de forma natural como líder de facción. Al participar en las campañas electorales cimentó esta posición.

Nueve años después, Puigdemont es el primero que sabe que no puede regresar como presidente de una república imaginaria. Sería el hazmerreír de todos. Sin embargo, según su entorno, tampoco desea hacerlo como lo que es, el líder de Junts, sino por medio de un retorno institucional, en calidad de las prerrogativas que le otorga su condición de expresidente de la Generalitat (autónoma). Un cargo que parecía superado en su cosmovisión política.
Puigdemont regresará, en buena hora, no porque haya vencido, sino porque él y ERC pactaron la investidura del socialista Pedro Sánchez a cambio de la amnistía. Un perdón que solo pueden otorgar los magnánimos, por fuertes, o los benignos, por limpios de corazón. A Puigdemont le recibirá en el Palau, como a cualquier otro expresident, Salvador Illa. Otro socialista que, según la presidenta del grupo parlamentario de Junts, Mònica Sales, es el “peor presidente de la Catalunya moderna”. A este se le pueden criticar todas las políticas, pero no se le puede negar su alto sentido de la institucionalidad. El día en que el pater familias convergente, Jordi Pujol, traspase será gracias a Illa que el president recibirá un sepelio con honores. Y no serán pocas las críticas que se ganará por ello.
No hay equivalente a un retorno de un president en la situación de Puigdemont. Cuando Macià regresó en 1930 y 1931 no lo hizo como tal, sino como líder de partido. Josep Tarradellas, en 1977, aún sin estar bendecido por todos, lo hizo representando la transversalidad de la Generalitat. Un caso muy diferente al actual. Aunque en algo sí puede ayudar esta experiencia para la organización del evento. Tarradellas no quiso folklore, ni castells, ni sardanas ni tampoco presencia eclesiástica. El president, ante todo, recetó humildad. De esto, en grandes dosis, también hará falta.
