El silenciocómplice

Un año de presidencia de Donald Trump en Estados Unidos ha bastado para dejar clara la existencia de una grieta profunda, ¿definitiva?, en el sistema internacional que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero en los últimos meses hemos ido más allá: parece que simplemente invocar dicho sistema, sus valores, organizaciones, normas y mecanismos ya sea algo considerado radical y extremista.

Ver a líderes europeos callar ante las masacres es algo francamente inquietante

No hay que olvidar que la destrucción del sistema internacional no se ejecuta para crear algo mejor y más justo, sino simplemente para que no haya nada, ningún límite, ningún freno a lo que los más poderosos –sean o no sean legítimos– quieran hacer y deshacer. Ante ello, una cosa es ser consciente del cambio de escenario y de la enorme incertidumbre en la que nos movemos, y otra, muy diferente, es contribuir activamente a la destrucción de lo que queda de este sistema internacional al que, por cierto, Europa contribuyó a crear significativamente.

Porque ver a líderes democráticos europeos callar, como si fueran meros accidentes en el paisaje, ante matanzas, guerras y ataques de todo tipo es algo francamente inquietante.

Constatar, además, que dichos líderes se pliegan ante un presidente que alentó un golpe de Estado, amenaza a fiscales, juristas y políticos simplemente porque discrepan de él, persigue y detiene a ciudadanos y los expulsa de forma totalmente arbitraria, justifica el asesinato de personas que protestan pacíficamente, menosprecia radicalmente las Naciones Unidas y la Unión Europea, pone sanciones a los juristas que colaboran con la justicia internacional en la investigación de crímenes de guerra, que ha atacado varias lanchas –y asesinado a sus tripulantes– acusadas de narcotráfico, sin ningún tipo de prueba o juicio, que ha bombardeado varios países, es algo aterrador. Trump no es solo un militarista belicoso –pese a su grotesco intento de conseguir el Nobel de la Paz–, sino también alguien absolutamente alejado de los principios y las prácticas democráticas más elementales.

La cuestión no es baladí: si Europa no hace gala y no defiende la democracia, los derechos humanos y la paz (valores que, más allá del nivel de contraste, coherencia e hipocresía que revelen en relación a su actuación concreta, forman parte del corpus teórico fundacional de la Unión Europea), cabe preguntarse qué sentido tiene Europa como proyecto político.

Algunos, bajo un manto de invocación a un supuesto realismo (como si realismo fuera no gestionar la realidad sino destrozarla), pretenden que asistamos resignados, o incluso entusiasmados, ante tal descalabro. Quizá cabría recordarles que, bajo su realismo, hay mucha ingenuidad: la ingenuidad de pensar que toda esa destrucción, todos estos límites que saltan por los aires, no les afectará, no les impactará nunca a ellos.

En poco tiempo nos hemos acostumbrado a que líderes políticos de países democráticos juzguen razonables y normales todo tipo de barbaridades e ilegalidades. Ante ello, debemos recordar una obviedad esencial: que para los jefes de Estado y de Gobierno de los países democráticos abstenerse de atacar (o de facilitar que se haga) otro país, mantener la paz, defender el derecho internacional, respetar la Carta de las Naciones Unidas y promover los derechos humanos no es opcional, es una obligación.

Porque, para hacer todo lo contrario, ya tenemos –y sufrimos– a varios sátrapas, dictadores y criminales de guerra.

También te puede interesar