Esta semana se presentaba un estudio que señala cómo la fiscalidad española dificulta la sucesión en la empresa familiar. Simultáneamente, se informaba de la cercana implantación del llamado Régimen 28, que simplifica, abarata y homogeneiza la creación de empresas en toda la Unión Europea; unos procedimientos diseñados por la Comisión para facilitar los primeros pasos de los emprendedores, especialmente de las startups.
Ambas iniciativas proponen reconducir una doble dinámica que preocupa. De una parte, el incesante tránsito de startups europeas que, ya en fase de consolidación, se trasladan a Estados Unidos, donde les resulta más sencillo alcanzar su pleno desarrollo. De otra, el aumento de pequeñas y medianas empresas que, ante la falta de sucesión familiar, consideran que la mejor opción es venderse.
Muchas pymes han sido obra de personas sin formación académica
La sensación generalizada apunta a que fiscalidad y burocracia administrativa son los principales obstáculos que dificultan la materialización de las vocaciones empresariales, ya sea para fundar una nueva compañía o para asumir el relevo en una de carácter familiar. Y siendo indiscutible que la farragosa regulación o la exagerada fiscalidad desincentivan, no tienen esa trascendencia que se les otorga.
El mayor obstáculo que lleva a emigrar a startups aún en fase de desarrollo, no tiene que ver tanto con trámites administrativos como con la mayor dificultad por captar financiación en Europa frente a lo que sucede en Estados Unidos. La economía europea dispone de capacidad más que suficiente para financiar tantas startups como convenga, pero nuestros inversores muestran una aversión al riesgo muy superior a la de sus homólogos estadounidenses. A su vez, la falta de un mercado financiero único alimenta que nuestros flujos de capital se dirijan a Norteamérica, pudiendo llegar al contrasentido de que capital europeo financie a iniciativas europeas en Estados Unidos.
Acerca de la falta de sucesión en la empresa familiar, varias décadas cerca de pymes me han mostrado cómo las cualidades diferenciales de un empresario son la ambición y la intuición, unos atributos innatos y poco abundantes, que ni se heredan ni se aprenden en las business schools. Así, no es de extrañar que muchas pymes hayan sido obra de personas sin formación académica, con un especial olfato para vislumbrar el futuro y dispuestas a arriesgar todo su escaso patrimonio. Por ello no es de extrañar que, sin el ánimo de quien la fundó, la sucesión en la empresa familiar resulte muy complicada, al margen de cuál sea la fiscalidad vigente. Si la nueva generación tiene el mismo carácter emprendedor del fundador, la fiscalidad no constituye un obstáculo relevante. De no ser así, todo serán dificultades y mejor vender la empresa a quien garantice la continuidad y mantenimiento de los empleos; es la dinámica natural del buen capitalismo.
