Pakistán se está revelando como el gran mediador en la guerra de Irán. Su capital, Islamabad, reúne hoy domingo a los ministros de Exteriores musulmanes con mayor capacidad de interlocución entre Washington y Teherán.
Durante dos días, el jefe de la diplomacia pakistaní, Ishaq Dar, mantendrá “discusiones en profundidad” con sus homólogos de Egipto, Turquía y Arabia Saudí, a fin de “reducir las tensiones en la región”.
Las cuatro potencias medias mantienen capacidad de interlocución con Trump y los ayatolás
Aunque la iniciativa partió del ministro de Exteriores de Turquía, Hakan Fidan, este ha aceptado su celebración en Islamabad, que esta semana se ha convertido en la centralita de transmisión de mensajes entre los dos contendientes.
Teherán niega estar negociando, pero responde a las propuestas que le llegan de Islamabad, como reconoce la agencia iraní Tasnim. “Así se empieza”, valora el turco Fidan.
El protagonismo diplomático de Pakistán fue confirmado por su primer ministro, Shehbaz Sharif, el martes. No solo estaba en contacto telefónico con los presidentes de EE.UU. e Irán, Donald Trump y Masoud Pezeshkian, sino que se sentiría “honrado” como anfitrión.
La hora de las negociaciones directas todavía no ha llegado –un mes después de haber sido fulminadas por la aviación estaounidense–, pero la diplomacia pakistaní habría hecho llegar una propuesta de alto el fuego de EE.UU. de quince puntos, “inaceptable” para Teherán, que sin embargo habría lanzado su contrapropuesta.
Sharif habría vuelto a hablar con Pezeshkian este sábado, durante una hora. “Le he trasladado la firme condena de Pakistán a los ataques desde Israel. También los esfuerzos diplomáticos en curso, que implican tanto a EE.UU. como a países hermanos a favor del diálogo y la desescalada”, ha escrito en X.
Se da la circunstancia de que el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan y el de Egipto, Abdelfatah al Sisi, están enemistados desde hace 15 años, pero mantienen una gran relación con Donald Trump desde su primer mandato.
Aunque en el segundo, Trump ya ha bromeado que su “general favorito” es el jefe del ejército de Pakistán, Asim Munir. Cuando este le propuso para el Nobel de la Paz, no tardó en invitarlo a la Casa Blanca.
Siguen en contacto y, hace 15 días, Munir se reunió en secreto en Omán, durante cuatro horas, con el yerno de Donald Trump, Jared Kushner, y su enviado, Steve Witkoff.
El relieve de Munir asusta a Nueva Delhi, que ha jugado sus cartas de forma criticada por la oposición y por sus socios del grupo de los Brics (entre ellos Irán), que ahora preside.
Cabe recordar que el primer ministro indio, Narendra Modi, regresó de su viaje a Jerusalén la víspera del ataque contra Irán, cosa que le inhabilita como mediador. India está descolocada y su ministro de Asuntos Exteriores, S. Jaishankar, es desdeñoso con los correveidiles pakistaníes: “Comisionistas”.
Irán, salomónico, dejaba pasar ayer por Ormuz a dos buques con gas para India y a dos cargueros pakistaníes.
Aunque el puerto de Karachi esté haciendo su agosto –más trasbordos de mercancías en 24 días que en un año– Pakistán tiene motivos poderosos para mediar, incluso antes de concluir su campaña contra los talibanes. Un gobierno enemigo al oeste (India) y otro al oeste (Irán), sin la “profundidad estratégica” que le daba su relación con Afganistán –ahora deteriorada–, es un escenario de pesadilla para Islamabad.
Algo que ha dejado de ser inimaginable, después de que, hace seis meses, Pakistán suscribiera un pacto de defensa mutua, “por todos los medios”, con Arabia Saudí, su banquero.
Además, el asesinato del imán Jamenei ha soliviantado a los chiíes de Pakistán, relativamente marginales, pero una sexta parte de su población.
Un incendio aún mayor del Pérsico sería una pesadilla para millones de inmigrantes pakistaníes.
Arabia Saudí no le facilita las cosas, azuzando a EE.UU. “El príncipe Mohamed bin Salman nunca se imaginó que me besaría el culo”, soltó Trump el viernes en Miami, en el Foro de Inversión Saudí.
Algo se volvió a romper hace un mes entre Irán y Arabia Saudí. La tirita china no duró. Pero el paraguas estadounidense solo servía para cuando no llovía. Y la diplomacia de Trump es lo que es.
