Lo que se vive actualmente en Cuba es, o debería ser, el final de un sueño. La revolución de Castro llevó a Cuba involución más que evolución, después de 66 años en el poder. La herencia: la miseria absoluta y a un paso del colapso total. La falta de luz, escasez de agua, medicinas, apenas producción propia, infraestructuras deficientes, poco trabajo, pandemias derivadas de los mosquitos, sueldos miserables, llevan a la población a inventar cada mañana.
“No es fácil”. Eso dicen la mayoría de sus gentes. Se levantan cada mañana para ver qué se hace para poder traer pesos a casa y poder comer. “Eso lleva a un desgaste mental importante”, aseguran. Jubilados con pensiones de 3.800 pesos (6/7 euros) teniendo en cuenta que un paquete de 2 kilos de pechugas de pollo cuestan hoy en día 10 euros, imposible vivir.

Se vende de todo para poder subsistir. Infinidad de vendedores ambulantes ofreciendo maquinillas de afeitar, aguacates, mecánicos arreglando coches en plena esquina, cigarrillos sueltos. Un pobre y desafortunado espectáculo para una gran isla.
Los más afortunados pueden dedicarse al turismo, primera fuente de ingresos del país, pero ahora los pocos que están visitando la isla van en grupos, no es turismo de calle.
El 2025 ha sido el peor año para el turismo desde el 2022. Un 18% menos de visitantes llegaron a la isla. Explican gente del lugar que antes de la covid era una locura, que no había sitio donde dormir y había colas para comer, por eso mucha gente optó por dejar trabajos y volcarse en el turismo alquilando habitaciones.
Nebiola (82) y Chela (83) nacieron cuando Fulgencio Batista terminó su presidencia electa en 1944. Ellas vivieron de pequeñas, también, el golpe de Estado posterior que él mismo capitaneó años más tarde en 1952 y llevó a Cuba a la dictadura. La Habana pasó a ser la París sudamericana, con una economía potente y un ritmo de vida alto. Corría dinero para unos y decepción y rabia para los campesinos, a los que expropiaron sus tierras. Batista se caracterizó por la corrupción, represión y la alianza con la mafia estadounidense, y fue derrocado por la revolución de Fidel Castro en 1959. Nebiola y Chela no podrán ver los cambios esperados por los cubanos, pero sí vivieron el inicio de esta fatal crisis, pues fallecieron entre febrero y marzo pasados.
Nebiola residía en Bayamo. Vistió bonito y se peinaba linda para posar para el reportaje. Sentada en su balancín nos atendió. Vivía junto a su hijo Osman. Fue economista y recuerda buenos y malos tiempos de su país, aunque no pasó hambre en ningún momento. No le gustaba la política. Su modesta casa respiraba sus recuerdos.

A Chela, así le llamaban, la visitamos a mediados de diciembre. Su marido, Roberto (85), fue el encargado de exprimir caña de azúcar y sacar su jugo. Chela, poco habladora, nos dio a probar un buen vaso de guarapo. Inmediatamente se alejó a la cocina a preparar una taza de café. Roberto nos explicó la poca sintonía con los norteamericanos por su injerencia en la isla y por su tono de colonizadores.
Habían vivido de sus cosechas, caña de azúcar, café, aguacate, ahí en la Pastora, una zona cerquita de Trinidad donde viven guajiros. Solos se encontraban, cogidos de la mano en esa casita rodeada de campos y una antigua vía de tren.
La familia de Ronaldo Saborit (Rey, para los amigos) vive en Bayamo, oriente de la isla. Él fue uno de los 25.000 soldados que Cuba envió a Angola en la guerra civil (1975). Rey recuerda esos tres años que estuvo sirviendo con muchas anécdotas. Estuvo destinado en logística. Junto a su mujer, Georgina, hacen pequeños trabajos para poder tirar adelante la casa. A su cargo, la madre de ella y una nieta. A sus 60 años se levanta pronto para hacer tareas de casa y ayudar a gente y ganarse algún peso: “Comemos prácticamente lo mismo cada día: arroz, pollo y viandas”. “Y alguna cerveza”, bromea.
Los días van pasando sin que nada mejore, “un desgaste mental importante”, aseguran las familias
Su primo, Jose Antonio Moret (64), vive cerquita. Es músico los fines de semana. Acompaña con su guitarra a un grupo. Tocan trova y canción española en restaurantes y en alguna sala de fiestas. Las pocas que quedan. De lunes a viernes trabaja en su pequeño taller de carpintería ideando y reparando muebles. “No hay otra forma de ganar pesos, no es fácil”, dice.
Además, cuida, junto a su hermana, de la madre, Felisa, una anciana de 92 años con una mente lúcida como ninguna. Ella explica que nunca han estado tan mal como ahora, sin luz, sin agua y la comida poca y carísima. “Qué vamos a hacer”, la mujer se ve atormentada por la situación. Ayuda todavía en tareas de casa como encender el carbón y poner a calentar los boniatos, patata, yuca o lo que toque ese día…
Trinidad, hermosa ciudad, declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco, fue fundada en 1514 por los españoles. Con sus calles empedradas, es una de las ciudades coloniales mejor preservadas de América. Su economía se basaba en la ganadería, pesca, cultivo del café y plantaciones importantes de caña de azúcar. Ahora vive del turismo.
En casa de los Zerqueda, Dalia y Umberto, de 64 y 76 años, llevan 42 años de casados y la vida los ha tratado bien. Él fue combatiente del ejército rebelde y ella empezó a vender ropa por las calles. Su negocio es el de arrendar habitaciones. Tienen dos casas y ahora es un momento duro para ellos, pero su positivismo y su buen trabajo hace que las crisis no se cebe en ellos. “Hay que aguantar aunque no venga turismo” y creen que “todos los malos momentos pasan”, aseguran. Su hija y su yerno tuvieron que emigrar a EE.UU. Tienen dos nietas.

Cerca de los Zerqueda se encuentra una joven pareja con dos niños pequeños, los Esponda. Él, un corpulento negro, hace de vigilante en el parque “cuando me llaman”, pero no solo eso le vale para subsistir. Cada semana hace matar un puerco y ahí, delante de su casa, lo trocea y lo vende a la gente del barrio. “Hay que ganarse la vida como sea”. Su mujer cuida de los pequeños y hace tareas de limpieza por las casas o en tiendas.
Sin dejar la zona, a eso de las diez de la mañana, nos invitan a un café. “Es café criollo [cultivado en el campo] que empiezo a servir en la ventana de casa a la gente que va a trabajar bien prontito, a las seis de la mañana. Cuesta 300 pesos”, nos dice Madioli. Trabajaba en el centro de estadística del policlínico. Ella vive con sus tres hermanas, aunque la mayor, María de los Ángeles (profesora) está de visita. Grysel trabaja en la fábrica de tabaco y regresa sobre las seis de la tarde. Lourdes, en el Museo de Historia de la ciudad. Ahí, al lado del termo del café, hay galletitas, cigarrillos, lápices, fosforeras y alguna que otra cosa baratita para ganarse la vida. “Esas pequeñas cosas ayudan a la economía de la casa”.
Felix y Dariena viven en un barrio humilde, él es profesor de boxeo. Allí, en el gimnasio, da clases a niños y a algún adulto. Ahora ya no va por falta de asistencia, pero su sueldo no le da para estar tranquilo. Los jueves se levanta a las tres de la mañana para dirigirse a Sancti Spiritus a comprar flores para poderlas vender en el mercado. Estas últimas semanas no ha podido llegar, pues el bus no podía circular a causa de la escasez de combustible.
“Hermano, hay que seguir, vendiendo lo que sea. No hay que parar, la vida sigue, por aquí se ven muy pocos carros de gasolina y más motorinas eléctricas”, asegura. Su mujer, Dariena, tiene una mesita en la entrada de su casa llena de botes para pintar uñas con un cartel que indica “no se fía”.
Rodeada de divinidades, la familia Lozano-Jordà coincide en que esto es insostenible. Regla es estomatóloga asistente y, aunque ya tiene edad para jubilarse, prefiere seguir cotizando para no pasar pena. Quintin, el hombre de la casa, ya está jubilado, pero no pasa día en que no madrugue para buscarse la vida y traer pesos a casa. Él, un hombre culto, recuerda épocas mejores y se pregunta: “¿Qué algo malo ha hecho el pueblo cubano para merecer esto?”. Su refugio es la religión yoruba y a ellos le rezan para que la situación cambie a mejor.
“No sabemos cuando acabará esto. Aunque estamos bien, la situación sigue mal, esta semana cayó el sistema eléctrico dos veces, pero en nuestro caso teníamos dos grupos de turcos que venían y les cancelaron el vuelo hasta nuevo aviso. Todo ha subido, la gasolina vale cerca de 4.000 pesos. Insostenible. No hay luz, escasea el agua, los precios de la comida se han duplicado”. Eso lo argumenta César, un hombre que también se dedica a rentar habitaciones junto a su mujer, Irelia. Recuerdan: “Con las negociaciones con Obama aquí fue una época que se vivió mejor”.
Fue una época de repunte económico y de alegría “por parte de todos”. “La gente paseaba, compraba. Había gasto”, comenta Irelia. Su hijo mayor, Julio César, tiene tres hijos pequeños y ve un futuro complicado para ellos, aunque la esperanza no se pierde. Julio prefiere que pase algo ya, “porque esto no beneficia a nadie y menos al pueblo cubano”.
Hay esperanza.
