Donald Trump no avisó ni consultó a los países miembros de la OTAN cuando decidió iniciar junto a Israel una arriesgada campaña de bombardeos masivos en Irán, que ha involucrado a Estados Unidos a una guerra que ya se alarga cinco semanas y de la que no encuentra un camino de salida viable. Cuando Teherán activó su principal palanca de presión a Occidente y bloqueó el paso de petroleros a través del estrecho de Ormuz, el presidente pidió ayuda a sus aliados europeos, que “dependen mucho más” del petróleo de Oriente Medio que EE.UU. Pero, para su enfado y decepción, su respuesta fue que esta no es su guerra, por lo que no tenían ninguna intención en entrar en un conflicto en contra de sus intereses y del derecho internacional.
Algunos de los países miembros de la OTAN, siendo pionera España, prohibieron a Washington usar sus bases militares compartidas en la ofensiva y después cerraron el espacio aéreo para las aeronaves implicadas. Para Trump, que lleva décadas desacreditando a la alianza como un paraguas militar que tan solo sirve a los europeos, esta actitud supuso un punto de ruptura, y amenazó, con una contundencia inédita, con abandonar la OTAN tras finalizar la guerra. El republicano definió a la alianza como un “tigre de papel” y añadió que el presidente ruso, Vladimir Putin, “también lo sabe”.
Con esta declaración, en una entrevista al diario británico The Telegraph, el presidente apuntó directamente al principal impacto que tendría para Europa el colapso de la unión militar de 32 países, fundada en 1949: su vulnerabilidad frente a una Rusia envalentonada con la guerra de Ucrania y ante un acercamiento estratégico entre Putin y Trump. Sin embargo, el mandatario ignoró los potenciales efectos negativos para Washington, pues la OTAN no es una obra de caridad, sino un instrumento de la proyección del poder estadounidense, que ha facilitado su crecimiento económico y su estabilidad geopolítica durante el último siglo.
Trump interpreta la OTAN como una herramienta que debería estar al servicio de EE.UU., país que aportó el año pasado el 60% de su gasto total en defensa. Por ello, exige a sus aliados que vayan más allá de la razón de ser de la alianza, la defensa colectiva plasmada en el Artículo 5 del Tratado de la OTAN, y reclama su ayuda también en operaciones de ataque, aunque nada obliga a los europeos a socorrer a Washington en su ofensiva ilegal. La única vez que se activó el Artículo 5 fue después de los atentados terroristas del 11 de septiembre en EE.UU., lo que llevó, entre otras operaciones, a la invasión de Afganistán.
Durante su primer mandato, Trump criticó con frecuencia lo que considera una limitada inversión de los europeos en armamento estadounidense; en esta segunda presidencia, arrancó un compromiso en La Haya, donde todos los aliados, excepto España, se comprometieron a incrementar su gasto en defensa hasta el 5% del PIB de cara al 2035. Sin embargo, más allá de contentarse, siguió amenazando a sus aliados: advirtió que no defendería a aquellos que no alcancen la meta de inversión militar, convirtió la anexión de Groenlandia (perteneciente a Dinamarca, país miembro de la alianza) en una prioridad de su expansionismo, y publicó una Estrategia de Seguridad Nacional que se ponía por objetivo desestabilizar a la Unión Europea, que considera nociva para su empresa imperialista y ha dicho repetidamente que “se creó para joder a EE.UU.”
En una carta abierta a la Administración Trump, 16 exembajadores de EE.UU. alertan de los riesgos de salir de la OTAN
Pero la OTAN es mucho más que una alianza defensiva y, por muy extendida que esté la idea de que solo favorece a Europa, es en realidad la piedra angular de la seguridad nacional de Washington. Así se encargaron de recordarlo 16 exembajadores de EE.UU. ante la OTAN y comandantes supremos de la alianza, en una carta abierta a la Administración Trump: “No es un acto de generosidad estadounidense. Es un acuerdo estratégico que garantiza que EE.UU. siga siendo la nación más poderosa y económicamente segura del mundo, a una fracción del costo de actuar en solitario”, resumieron en su comunicado conjunto.
En su opinión, la Casa Blanca no debe olvidar que la alianza garantiza a las fuerzas estadounidense el acceso a una red de 35 bases en Europa, que sirven de trampolín “para las operaciones de EE.UU. en África, Oriente Medio y Asia Central”. Si Washington se saliera de la alianza –algo improbable porque requiere de la aprobación de un Congreso favorable a ella–, perdería de inmediato la posición geoestratégica privilegiada que le ofrecen las bases en el Viejo Continente y debería negociar acuerdos bilaterales por separado con decenas de países.
Estos nuevos acuerdos “estarían sujetos a los vaivenes de la política local y probablemente implicarían pagos significativos en concepto de alquiler, mientras que la OTAN proporciona un marco jurídico unificado y estable para el alcance global de los EE.UU.”, advierten los expertos. En el 2025, el gasto de los aliados en defensa aumentó a más de 560.000 millones de dólares anuales, pero si EE.UU. saliera de la OTAN, necesitaría aumentar su propio presupuesto “en unos 100.000 o 200.000 millones de dólares anuales para llenar el vacío de seguridad dejado por una Europa fragmentada”.
Además, aunque en EE.UU. el debate sobre la OTAN suele centrarse en el porcentaje del PIB que invierte cada país en defensa, en realidad, “el verdadero valor de la OTAN reside en el despliegue de recursos no estadounidenses en apoyo de los objetivos de seguridad de los EE.UU.”, un despliegue que no estaría garantizado fuera de este marco, y que tampoco garantizan otros países aliados, como las monarquías del Golfo.
Los autores también recuerdan que, tras el 11 de septiembre, los aliados de la OTAN desplegaron sus aviones de alerta para patrullar los cielos estadounidenses y comprometieron más de 50.000 efectivos en Afganistán, en una operación militar en la que murieron más de mil soldados. “Los aliados y socios de la OTAN estuvieron a nuestro lado durante 20 años en Afganistán, aportando alrededor de un tercio de las tropas de la coalición al principio y llegando al 66 por ciento al final de la misión”, señalan en su carta abierta.
Más allá de la seguridad en términos militares, la OTAN proporciona a EE.UU. seguridad y estabilidad económica y comercial. La alianza profundiza en la sociedad comercial entre Bruselas y Washington, y asegura que los más de 1,6 billones de dólares en comercio mutuo que fluyen a través del Atlántico estén protegidos por los mandos marítimos de la OTAN. Si colapsa la alianza, Washington deberá desplegar muchos más recursos navales en el océano.
A todos estos argumentos para permanecer en la alianza, los embajadores y comandantes añaden el beneficio mutuo de las redes de inteligencia compartidas, la estandarización del armamento entre países (lo que incluye que Europa compre sus armas a EE.UU.) y el paraguas nuclear de Washington en Europa, que disuade a los aliados de producir la bomba atómica, un objetivo primordial de la seguridad nacional norteamericana.
La Casa Blanca envió esta semana una solicitud al Congreso de EE.UU. pidiendo un presupuesto de 1,5 billones de dólares para el Pentágono en el próximo año fiscal. Este aumento, del 40% respecto al año actual, se puede interpretar como un paso hacia el alejamiento de EE.UU. respecto a la OTAN, y un reconocimiento del elevado coste que implicaría el colapso de la alianza occidental, la mayor sociedad militar de la historia.
