Trump hace grande a Irán

Estados Unidos ha sufrido otra derrota en otra guerra inútil que, de ninguna manera, podía ganar sin el sacrificio que exige en vidas humanas ocupar un territorio hostil. Es una derrota de Donald Trump, que ahora no lo tendrá fácil para recuperar la credibilidad como presidente y la confianza de su base electoral como líder del MAGA, movimiento contrario a las aventuras militares.

La retórica apocalíptica de la Casa Blanca no ha hecho mella en los ayatolás, tan buenos como Trump en incendiarlo todo con palabras. Los líderes iraníes tampoco se han doblegado bajo el diluvio de las bombas.

EE.UU. e Israel han alcanzado 13.000 objetivos militares, pero ninguno político

Israel y EE.UU. han alcanzado 13.000 objetivos militares en Irán, pero ninguno político. Durante una campaña militar de cinco semanas, que ha tenido un coste de mil millones de dólares diarios, han matado a varios dirigentes, sobre todo al líder supremo, Ali Jamenei, pero no han conseguido controlar el estrecho de Ormuz, ni confiscar los 400 kilos de uranio enriquecido ni forzar un cambio de régimen.

Hace cinco semanas, Trump exigió la rendición incondicional de Irán. Hoy el régimen no solo ha resistido, sino que es mucho más fuerte que entonces. El aparato represor sigue intacto. Es verdad que a medio plazo tendrá problemas para afrontar los retos económicos y sociales que soliviantan a una población exhausta y mayoritariamente en contra, pero los ayatolás y los guardianes de la revolución solo piensan en sobrevivir día a día.

El régimen iraní es una mafia con unos intereses que no son los del pueblo iraní. Cuanto mayor es el castigo que recibe del Satán americano, más se afianzan los pilares de su ideología. Las sanciones económicas y el aislamiento internacional asfixian a la ciudadanía iraní, pero dan vida a la elite religiosa y paramilitar.

Los ayatolás han planteado a Trump unas condiciones para la paz que son i­na­ceptables, aunque su secretario de Defensa diga lo contrario y, si el presidente estadounidense acepta negociar con ellos, es porque no tiene otra salida. Está derrotado y ahora son los ayatolás y no él los que hablan desde posiciones maximalistas.

EE.UU., Israel y, mucho menos, las monarquías del Golfo no pueden aceptar que Ormuz esté bajo control de Irán. No pueden permitir, tampoco, que Irán conserve el uranio y el programa nuclear. Y no pueden pasar por el aro de levantar las sanciones económicas, pagar compensaciones de guerra y, aún menos, garantizar que los ayatolás no volverán a ser atacados.

La República Islámica tiene dos grandes activos estratégicos: Ormuz y la bomba. Si la mejor fuerza ofensiva del mundo ha sido incapaz de quitárselos, está claro que la guerra no era una buena opción.

Trump, sin embargo, no tenía a nadie para decirle que se equivocaba. Si alguien lo hacía, era despedido. Así lo hizo el jefe del Estado Mayor, y el Jueves Santo fue destituido. Cuando los generales pierden la confianza del presidente por hacer bien su trabajo, la decadencia del sistema político es muy evidente.

Xavier Mas de Xaxàs Faus

Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S

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