La izquierda en busca de un nuevo manual

A principios de este siglo se pusieron muy de moda las peregrinaciones de la izquierda española a Porto Alegre. Acababa de llegar al poder en Brasil un sindicalista cuya biografía comenzó como un niño de la calle que se ganaba la vida como limpiabotas, vendedor ambulante y, ya de joven, como obrero metalúrgico. Luiz Inácio Lula da Silva era el emblema del “sí, se puede” de principios de los 2000 y el nombre de aquella ciudad brasileña quedó asociado a los foros internacionales que pregonaban que “otro mundo es posible”. Fue un imán para dirigentes como Gaspar Llamazares (IU) y, sobre todo catalanes, como Joan Herrera (ICV). Aunque de forma menos entusiasta para el PSOE oficial de entonces también se dejaron caer por allí socialistas como Cristina Narbona o Leire Pajín, quien aún ni soñaba en ser ministra. En aquel momento, Lula representaba la expectativa de una izquierda pragmática pero ambiciosa, con más descaro al señalar al poder económico.

Esta semana, Pedro Sánchez recibía al presidente brasileño, ya en su segundo mandato y a punto de presentarse de nuevo a unas elecciones a sus 80 años. Los socialistas son los anfitriones y las fuerzas a su izquierda han quedado relegadas. Sin embargo, la cumbre de líderes progresistas de Barcelona no se presenta tanto como el anhelo de un cambio político y social como un rearme ideológico contra el imperio de la extrema derecha, que se ha merendado a muchas fuerzas conservadoras o más centradas. Lula, aunque gobierne, forma parte ya de un mito más anclado en el pasado que en el futuro. Gustavo Petro ha defraudado muchas de las expectativas depositadas por los colombianos de izquierdas, así que quizá la presencia de la mexicana Claudia Sheinbaum es la figura que ha dado más realce a la cumbre, aparte del significado especial que tiene para España la reconciliación institucional con ese país.

“Feliz día de los impuestos NY”, tuiteó ayer Mamdani, nuevo tótem para los alcaldes progresistas

Sheinbaum forma parte de la izquierda que gana elecciones con la adopción de dos ingredientes que gustan a la extrema derecha: el acento nacionalista y un lenguaje populista. Es la misma fórmula que dio la victoria a los demócratas en Nueva York de la mano del alcalde Zohran Mamdani. Un ejemplo de su estilo: “Feliz día de los impuestos, Nueva York. Estamos gravando a los ricos”, tuiteó ayer mismo. Sheinbaum quizá se haya reconciliado con España y es más sutil que López Obrador en el lenguaje nacionalista, pero sigue su estela en ese ámbito, además de emplear el típico recurso del pueblo contra los “fifis”, que sería algo así como los “pijos” pero con una connotación más política. Quizá “cayetanos” se ajustaría más. El término “fachosfera” que emplea Sánchez no está muy alejado.

No solo se trata del lenguaje. Uno de los fenómenos más comentados en Bruselas es el caso de Henri Bontenbal y su partido, la CDA, que está consiguiendo remontar desde el centro en los Países Bajos. Bontenbal mantiene el cordón sanitario con la extrema derecha de Geert Wilders y su Partido por la Libertad (lo recordarán por su llamativa cabellera blanca), que sufre desgaste. Pero el centrista ha recurrido al atrevimiento con promesas como construir ciudades de la nada: “Necesitamos el coraje de los años de la posguerra, es hora de construir nuevas ciudades que den un hogar a nuestros jóvenes”. Por no hablar de Italia, siempre laboratorio, donde la alcaldesa de Génova, Silvia Salis, una outsider de izquierda, ex atleta, está conectando con los jóvenes hablando de “orgullo” nacional, de “vitalidad”, de sacudirse “el miedo”, y que se presenta como némesis de Giorgia Meloni.

Claudia Sheinbaum, ayer en la cumbre de Barcelona
Claudia Sheinbaum, ayer en la cumbre de BarcelonaAlberto Estévez / EFE

Sánchez planteó en 2023 la pugna con el PP bajo el discurso del miedo a la ultraderecha. Pero eso ya no es suficiente. La irrupción de Trump le ha permitido construir un relato de resistencia ante los modos arrogantes del líder de EE.UU., pero ayer advirtió que no bastará con llamar a resistir. Y ahí está el verdadero reto para la izquierda, pero también para los conservadores y centristas si éstos quieren recuperarse ante la extrema derecha.

Vox buscaba ganar en Extremadura el primer asalto de su guerra cultural con el PP

En España han empezado a cuajar los pactos de gobierno del PP con Vox. A Extremadura le seguirá en breve Aragón. El acuerdo extremeño tiene la limitación de derechos, ayudas y servicios a los inmigrantes como eje. Isabel Díaz Ayuso ha levantado la voz para mostrar su disgusto, ya que Madrid es refugio de miles de latinoamericanos a los que la presidenta hace tiempo que trata de seducir. Habrá que ver si las medidas pactadas se llegan a aplicar, pero en Extremadura Vox buscaba ganar el primer asalto de la guerra cultural que mantiene con el PP y ha logrado cambiarle el relato a María Guardiola. Ayuso no tiene que adaptarse a Vox porque la original ya incluye y trasciende a Vox. No es el caso de Alberto Núñez Feijóo.

En Alemania se mantiene en teoría el llamado cordón sanitario con la AfD, pero el alemán Manfred Weber, el jefe de filas de los populares en el Parlamento Europeo, ya ha activado más de una vez (por ejemplo, en inmigración) la alianza con la extrema derecha en lugar de alinearse con socialistas, conservadores, liberales y verdes, que es el pacto que gobierna la UE. Viktor Orbán ha caído y, aunque Bruselas respira aliviada, es una incógnita cómo se comportará Peter Magyar. Así que la clave es Francia. Si gana el partido de Marine Le Pen, los actuales equilibrios europeos saltarán por los aires.

La cumbre progresista de Barcelona no le resta a Sánchez, al contrario. Pero puede ser flor de un día. Habrá que ver si la izquierda es capaz de renovar sus ideas. Las recetas son lo primero. Pero también lo es saber venderlas de manera convincente en un mundo que ha cambiado mucho la forma de comunicarse en unos pocos años. En ese contexto, una de las preguntas más inquietantes ya no es solo si los progresistas pueden vencer al populismo de la extrema derecha utilizando sus mismas armas, sino si podrán hacerlo sin desvirtuar por el camino la democracia que pretenden defender.

María Dolores García García

Licenciada en Periodismo y Políticas. Directora adjunta de La Vanguardia. Autora de la newsletter ‘Política’, que se publica cada jueves, y de los libros ‘El naufragio’ y ‘El muro’, sobre el conflicto catalán

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