China expande su poder blando

La imagen dio la vuelta al mundo. Robots compitiendo contra humanos en una medio maratón en Pekín. El corredor más rápido, claro, fue una máquina. Se llamaba Shandian (“relámpago” en mandarín) y completó los 21 kilómetros de trazado en apenas 48 minutos. Una marca inalcanzable para los deportistas de carne y hueso.

El episodio –que tuvo lugar hace ocho días– es la enésima muestra del poderío tecnológico de China, y se enmarca en una estrategia de seducción global que cada vez parece más efectiva. Una prueba: en los últimos meses, plataformas como TikTok se han inundado de vídeos con la etiqueta #Chinamaxxing. En ellos, jóvenes occidentales muestran su fascinación por China adoptando costumbres de este país, como beber agua caliente, devorar dumplings o practicar taichi. La tendencia tiene mucho de broma, pero es sintomática. Refleja un cambio en la percepción del gigante asiático fuera de sus fronteras.

Si antes el made in China era sinónimo de bajo coste y calidad dudosa, ahora se asocia a productos punteros que suscitan el deseo de los consumidores. El país ha pasado de ser la gran fábrica de las multinacionales extranjeras a exportar sus propias creaciones y marcas, algunas de ellas de gran impacto cultural. “Se mire el sector que se mire, los chinos ya no son imitadores; ahora queremos imitarlos a ellos”, dice a La Vanguardia Laia Comerma, investigadora de la Universidad Libre de Bruselas.

Un robot corriendo la media maratón de Pekín el pasado 19 de abril
Un robot corriendo la media maratón de Pekín el pasado 19 de abrilNg Han Guan / Ap-LaPresse

Desde la IA de DeepSeek al videojuego Black Myth: Wukongpasando por la cadena de helados Mixue: la lista de éxitos chinos en el mercado internacional no para de crecer. El símbolo de este momento de efervescencia podría ser el Labubu, un peluche con ojos enormes y sonrisa traviesa que ha conquistado el corazón (y la cartera) de medio planeta: las ventas exteriores de este muñeco representan cerca del 77% de los ingresos de su fabricante, Pop Mart.

Todo esto no ha caído del cielo. El régimen de Pekín hace años que apuesta por incrementar su soft power o poder blando –es decir, la capacidad de influir sobre los demás a través de la cultura y los valores, sin necesidad de recurrir a la fuerza o la coacción–. Ya en el 2007, el presidente Hu Jintao, abogaba por ello; y su sucesor en el cargo, Xi Jinping, se ha mantenido fiel a esta estrategia.

Al mismo tiempo, la creciente popularidad de China es indisociable del declive que está sufriendo la imagen exterior de Estados Unidos a causa de las políticas de Donald Trump. Hoy Washington es una fuente de caos y hostilidad. Ha reemplazado el multilateralismo por la ley del más fuerte, y amenaza incluso a sus viejos aliados. Es cierto que la potencia norteamericana todavía puede presumir de ser la fuerza cultural dominante, pero cada vez despierta más antipatías, lo que facilita a Pekín tomar la delantera. Así lo certifican las encuestas más recientes de firmas como Gallup y Morning Consult, en las que China supera a EE.UU. en términos de aprobación global.

Esta tendencia se puede acelerar con la guerra de Irán: frente a un Washington imprevisible, cuyas aventuras bélicas ilegales ponen en riesgo la economía mundial, Pekín se muestra como un actor responsable y comprometido con la estabilidad. ¿Cómo no preferir su liderazgo?

Eso sí, existen posibles frenos al poder blando chino. El primero, la propia naturaleza del régimen: un sistema autoritario en el que todo lo decide la cúpula del Partido Comunista. “El poder blando significa que otros te quieren imitar, y el modelo político chino no es algo deseado en gran parte de Occidente”, dice Comerma, quien también alerta del efecto que podría tener sobre la imagen china una invasión de Taiwán.

Joshua Kurlantzick, especialista en Asia del Council of Foreign Relations, no cree que el hecho de que China sea una dictadura resulte tan conflictivo: “La mayor parte del mundo vive ahora bajo sistemas autoritarios”, recuerda vía correo electrónico. Este analista piensa en cambio que el talón de Aquiles del poder blando chino puede estar en la economía, donde a Pekín se le acumulan los problemas: el elevado desempleo juvenil, un consumo interno anémico, la burbuja inmobiliaria, empresas estatales ineficientes… “Si eso lleva a que China no siga desarrollándose o a graves crisis económicas, perjudicaría su influencia”, opina.

Porque hasta los infatigables robos chinos tropiezan: Shandian cayó al suelo a cien metros de la línea de meta.

Daniel Rodríguez Caruncho

Periodista. Redactor de Internacional de La Vanguardia.

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