La retórica de la guerra ha cambiado, y no para bien

Es 6 de junio de 1944. La Segunda Guerra Mundial entra en su quinto año. Millones de personas han muerto. Gran parte de Europa está en ruinas. El destino de la guerra depende ahora de un solo tramo de mar. En el Canal de la Mancha se concentran 150.000 soldados. El presidente estadounidense se dirige a su pueblo. Sin embargo, a pesar de la sangre derramada, no muestra sed de venganza. Los estadounidenses luchan, afirma, “no por ansias de conquista. Luchan para poner fin a las conquistas”. Su aliado Churchill mantendrá ese mismo tono en su crónica, que comienza con una “enseñanza moral”. “En la guerra: resolución. En la derrota: desafío. En la victoria: magnanimidad”.

Ahora es abril de 2026. Estados Unidos está inmerso en otra guerra. Este conflicto también gira en torno a un estrecho, esta vez el de Ormuz. El presidente estadounidense se dirige a la nación. El tono es beligerante. Afirma: “Abrid de una puta vez el estrecho, malditos locos, o vais a vivir en el infierno—¡YA VERÉIS!”. Su secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirma que los iraníes “están acabados y lo saben”. No es una “lucha justa”: “Les estamos dando mientras están en el suelo, que es exactamente como debe ser.”

La guerra en Occidente ha cambiado. Por supuesto, en el ámbito militar—los bombarderos furtivos han sustituido a los Spitfire—pero también ha cambiado en el terreno de la oratoria. Hablar de oratoria en la política actual resulta anacrónico: los discursos sobre los presupuestos no rebosan de aliteraciones ni asonancias. Pero las palabras de la guerra son distintas. Hasta ahora, cuando Occidente ha librado guerras, casi siempre lo ha hecho con armas modernas pero palabras antiguas.

Un vídeo de la Casa Blanca mezcla, casi sin palabras, imágenes de “Gladiator”, “Top Gun” y “Transformers” con Irán

Así, mientras los países luchaban en las playas y en los lugares de desembarco con armas, bombas y balas, también —y con igual estrategia— combatían en la prensa, en los discursos y por la radio. Hubo alusiones a Shakespeare, guiños a Abraham Lincoln y repetición enfática de la palabra “lucha”. La oratoria importaba. “De todos los talentos concedidos al ser humano”, escribió Churchill, pocos son “tan poderosos” y “ninguno es tan valioso”.

Parece que se ha olvidado su poder. Un reciente vídeo de la Casa Blanca titulado “La justicia al estilo americano” es un montaje casi sin palabras de imágenes de “Gladiator”, “Top Gun” y “Transformers”, entremezcladas con secuencias reales de ataques a objetivos iraníes. En lugar de citar la Biblia, Hegseth la citó incorrectamente. El 15 de abril, dirigió a los presentes en una oración que “reflexionaba” sobre Ezequiel 25:17, aunque en realidad estaba tomada casi palabra por palabra de “Pulp Fiction”, una obra espiritual algo menos reconocida. (El auténtico versículo de Ezequiel trata sobre cómo Dios castiga a los filisteos).

Un contraargumento evidente sería decir: ¿y qué? La muerte no distingue entre un líder capaz de un destello al estilo de Pericles y otro que no. Además, las palabras inspiradas—como señalaron los poetas durante la Primera Guerra Mundial—pueden ser engañosas, atrayendo a los hombres hacia una carnicería mecanizada que no tiene nada de “dulce” ni de honorable. Cuando el único hijo de Kipling murió en la batalla de Loos, escribió el amargo y atípico epigrama: “If any question why we died,/Tell them, because our fathers lied.” (Si alguien pregunta por qué morimos, diles que porque nuestros padres mintieron). La oratoria puede servir de poco ante la matanza.

El secretario de Guerra, Pete Hegseth, citó un falso versículo de la Biblia sacado en realidad de la película “Pulp fiction” 
El secretario de Guerra, Pete Hegseth, citó un falso versículo de la Biblia sacado en realidad de la película “Pulp fiction” AP Photo/Kevin Wolf

Sin embargo, es difícil no tener la sensación de que algo se pierde cuando un líder occidental recurre a “Transformers” en lugar de Churchill. La alusión fue en su momento fundamental para la oratoria. Y con razón: todos los hombres pueden haber sido creados iguales, pero no ocurre lo mismo con sus palabras. Que se lo pregunten al pobre hombre que pronunció un discurso de dos horas y 13.607 palabras en Gettysburg —hoy en día prácticamente olvidado— antes de que Lincoln pronunciara su brillante intervención de 271 palabras.

Así han hecho todos los grandes oradores: han tomado prestado, han invocado, han aludido. Cuando el coronel Tim Collins envió a los soldados británicos a Irak, les dijo que “pisaran con cuidado” porque pisaban el lugar donde estuvo el Jardín del Edén. Los “pocos” del famoso discurso de Churchill sobre la Batalla de Inglaterra se unían en el imaginario colectivo con los “felices pocos” del “Enrique V” de Shakespeare. La llegada de la bomba atómica fue anunciada por un relámpago y por el Bhagavad Gita. “Me he convertido en la muerte”, diría después J. Robert Oppenheimer, “el destructor de mundos”.

Esto no es simplemente pirotecnia oratoria. La cita adecuada pone a los muertos al lado de los vivos; reunir la cita correcta equivale a movilizar no solo palabras, sino todo un batallón de ideas. Invocar la Biblia es, de forma implícita, apelar a la parte más noble de nuestra naturaleza. Recurrir al “Enrique V” de Shakespeare es, a su vez, convocar a Dios, a Harry, a Inglaterra y a San Jorge. Una décima parte de los discursos de Churchill, según Andrew Roberts, su biógrafo, contenía referencias históricas para animar al público a ver la guerra “en su contexto histórico, como una de tantas amenazas que se habían cernido sobre Gran Bretaña en el pasado” y que el país había logrado superar.

Las alusiones culturales aportan un ánimo que fortalece la determinación. Además, permiten que un orador “eleve el tono”, según afirma Barry Strauss, profesor de historia militar en la Universidad de Cornell. El discurso fúnebre de Pericles no se limita a pedir a los atenienses que luchen. Les dice que luchan “por algo… por la democracia”. En 1940, Roosevelt declaró que “nunca antes, desde Jamestown y Plymouth, nuestra civilización americana había estado en tanto peligro como ahora”. Estados Unidos apoyaría a los países aliados; al rearmarse, se convertiría en “el gran arsenal de la democracia”.

Sin embargo, los líderes deben saber manejar las referencias culturales adecuadas. William Nicholson, uno de los guionistas de “Gladiator”, considera “aterrador” que la Casa Blanca cite la película: “eso demuestra que en realidad ven la guerra como una película de Hollywood”. De hecho, la entienden incluso peor que así. Nicholson convirtió al gladiador en un luchador a su pesar. Máximo no era un bruto violento, sino un hombre pacífico obligado a luchar por su esposa, su hijo y el “sueño que fue Roma”. La guerra no tiene nada de divertido. Como dijo una vez Roosevelt: “He visto la guerra en tierra y mar. He visto correr sangre de los heridos… Odio la guerra.”

Como bien sabe Hollywood—pero ya no la Casa Blanca—, la mejor oratoria de guerra no trata en realidad sobre la guerra. Habla de la paz. Al escucharla, la gente piensa no solo en las vidas que pueden perderse, sino en un modo de vida que podría llegar a existir; temen por la cultura, por la democracia, por la decencia. Se llora con un buen discurso no solo por miedo a una guerra perdida, sino por miedo a un mundo perdido. Sin embargo, al ver los vídeos de la Casa Blanca, uno acaba llorando igualmente por un mundo desaparecido.

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