El primer libro de Iván Redondo

 El Búnker 

El jefe de gabinete debe ser la almohada del presidente, su escudero y la persona de mayor confianza. Es una relación basada en la profesionalidad, la honestidad y la jerarquía, nunca en el amiguismo, el partidismo o la pleitesía.

Y ahí ven al Director camino del quirófano. Está bajando de la planta al sótano en un gran ascensor y lleva en el brazo una vía preparada para la anestesia. Le escolta, hasta la sala de operaciones, personal de Moncloa, y cuando entre en el quirófano el inspector jefe de su equipo de seguridad permanecerá inquieto en una sala anexa viendo a través de la puerta todo lo que los cirujanos hagan durante el tiempo que dure la intervención.

Pero ¿dónde está? ¿Y cómo ha llegado hasta ahí?

Remontémonos de nuevo en el tiempo.

Portada del libro de Ivan Redondo 
Portada del libro de Ivan Redondo LV

El Manual
​Iván Redondo
​Contraluz
​432 páginas

El 7 de mayo llega a las librerías El Manual, el primer libro del asesor y estratega político Iván Redondo, en el que comparte los entresijos del poder en España de una etapa que vivió en primera persona, junto al presidente Pedro Sánchez. Con él fue secretario de Estado, secretario del Consejo de Seguridad Nacional y director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno (2018-2021). La presentación del libro tendrá lugar mañana lunes en el Teatro Bellas Artes de Madrid, a las 19h, y próximamente habrá otra presentación en Barcelona. En este avance editorial, Redondo (el Director) revela la operación de corazón a la que fue sometido en diciembre del 2020.

¿Se acuerdan de él? En Moncloa, el edificio llamado el Búnker es la sede del Departamento de Seguridad Nacional (DSN). Tiene tres plantas y cuenta en sus instalaciones con un hospital y con camarotes para una capacidad máxima de cien personas. También tiene dos dormitorios especiales con despacho dispuestos para el rey y el presidente de Gobierno ante una amenaza de seguridad nacional. El nombre no es figurado, es un búnker de verdad. Se construyó como refugio ante posibles estados de excepción o de alarma y, por ello, está equipado también con un almacén de alimentos para sobrevivir en caso de que haya que confinarse durante un largo per iodo de tiempo.

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¿No se lo he dicho? El Búnker cuenta también con un discreto gimnasio que oficialmente pertenece al Departamento de Seguridad Nacional y, como todo en Moncloa, existe un protocolo previo para su uso. Puesto que el Búnker dispone de profesionales sanitarios, es obligatorio someterse a unas pruebas médicas antes de usar sus instalaciones. Poca cosa, se trataba de un pequeño chequeo cardiológico que incluye una auscultación cardiopulmonar, una toma de tensión y un electrocardiograma. Se hace con todo el mundo, sin excepción, tengan el rango que tengan.

Cuando le midieron la tensión al Director, a los responsables del gabinete médico les llamaron la atención sus pulsaciones. Tenía la tensión demasiado alta. Estaba al límite y, para su edad, incluso pese al estrés que podía estar sobrellevando, un poco elevada. Así que, como era viernes, decidieron ponerle durante el fin de semana un Holter, una prueba diagnóstica en la que un dispositivo registra durante varias horas la actividad del corazón por medio de electrodos colocados en el torso. El objetivo era observar si esa tensión elevada era ocasional y debida al estrés o si se mantenía a todas horas, por ejemplo, cuando dormía, con lo cual ese componente se descartaría y habría que pensar en otros problemas. Le indicaron que durante esos días lo óptimo sería seguir una dieta baja en sal y evitar alimentos precocinados para sacar una conclusión certera de lo que tenía.

(…)

A partir de ahí hubo muchas pruebas las semanas siguientes hasta que encontraron lo que buscaban. Tenía CIA, o comunicación interauricular, una cardiopatía congénita que se conoce comúnmente como “un agujero en el corazón”, que sí, suena muy poético, pero es, de un modo bastante más prosaico –y grave–, un defecto en la pared (el tabique auricular) entre las dos cámaras superiores del corazón, la aurícula derecha y la izquierda, que hacía que la sangre oxigenada que recibe el lado izquierdo del corazón pase de la aurícula izquierda (de alta presión), a través del agujero en el tabique, a la aurícula derecha (de baja presión), el lado del corazón que lleva la sangre desoxigenada al pulmón, lo que provocaba que la sangre se mezclase. Esto conduce a un aumento del flujo sanguíneo en el lado derecho del corazón y los pulmones. Con el tiempo, este volumen de sangre adicional produce un estrés en el corazón y provoca que la aurícula derecha, el ventrículo y las arterias pulmonares se dilaten, volviéndose más anchas, lo que puede conducir eventualmente a una insuficiencia cardíaca, hipertensión pulmonar o anomalías del ritmo cardíaco en el futuro debido al tamaño del corazón.

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A sus treinta y nueve años, debía pasar por una operación de corazón, era imprescindible

Cuando te sucede algo así, lo primero que uno se pregunta es “por qué a mí”; después se piensa en la posibilidad de morir y, por último, aunque suelen aconsejar no hacerlo, se acaba consultando en internet hasta la última publicación científica para empaparse de todo tipo de conceptos y gramáticas que conforman un idioma nuevo completamente desconocido y que uno jamás hubiera querido aprender. Pero, como no hace caso absolutamente a nadie, el Director no deja de pedir más y más información, e incluso suplica a su médico que le envíe los últimos artículos publicados en Harvard sobre el tema.

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Así estábamos, el mundo, de pronto, asistía con asombro a una serie encadenada de imágenes y acontecimientos nunca vistos mientras los doctores le explicaban al Director con toda claridad que, a sus treinta y nueve años, debía pasar por una operación de corazón. Era absolutamente imprescindible colocarle un dispositivo que arreglara su agujero.

La situación era clara y hasta cierto punto insólita. Los médicos debían asegurarse de la plenitud de todas sus constantes vitales y para ello no dejaban de repetirle que su estado anímico y físico debía ser óptimo, algo realmente difícil de conseguir, sobre todo en la parte emocional. Pero la cirugía era no solo inevitable, sino inminente, tendría lugar el 17 de diciembre de 2020, un día meditado a conciencia, un jueves que se podría combinar fácilmente con el viernes y que resultaba, además, muy discreto a las puertas de las Navidades.

(…)

Ahí estaba el Director. Ya en la sala de operaciones, a punto de ser intervenido. El anestesista comenzó a hacerle preguntas sobre su pasado. Se trataba simplemente de hacer tiempo para que la anestesia total surtiera efecto. Él respondía cada vez con más dificultad.

El avance de la ciencia ha podido determinar que, durante una anestesia general, y con adecuada profundidad, el estado de inconsciencia se asemeja bastante al sueño no REM, razón por la que, a priori, pensaríamos que no es tan frecuente soñar durante el acto quirúrgico. La realidad es que soñar durante la anestesia es posible, pero se trata de un sueño condicionado a unas características relacionadas con la técnica anestésica utilizada, ciertas características propias del paciente y de su estado emocional. Es frecuente en el quirófano que el médico, antes de iniciar la anestesia, pida al paciente que piense en algo agradable, un hobby o unas vacaciones. Y es lo que estaban haciendo con el Director al recordarle algunas de sus batallas electorales. Sintió cómo se le cerraban los ojos, le pusieron el respirador y comenzó a recordar entre destellos.

Le vino a la mente su mujer, instantáneas de cuando todavía no era su mujer

Le vino a la mente su mujer, instantáneas de cuando todavía no era su mujer, allí estaba ella con aquellos vaqueros Bonaventure que tan bien le sentaban. La recordaba a los dieciocho años esperándolo junto al río Urumea para subir con otros amigos hacia el campus de la Universidad de Deusto en Donosti. Esa historia de amor de dos personas que se encontraron por casualidad y que, aunque tardaron un tiempo en darse cuenta, se estaban esperando para toda la vida.

Entre fogonazos, vio destellos de la primera victoria en Extremadura, la mayor remontada de la historia de una elección autonómica en España; y el día de su boda en la iglesia en lo alto de Hondarribia junto a su familia y amigos, y aquella frase que le dijo a su mujer tras ponerle el anillo y que hizo sonreír al monje italiano con coleta, tan pintoresco, que les casó: «Ya va siendo hora de que conozcamos a nuestros hijos».

(…)

Su sueño ya era profundo. Y fuera un sueño o no, como un viaje en el tiempo, volvía a tener dieciséis años, estaba en la discoteca Young Play, sonaba Pont Aeri y bailaba el Flying Free , volaba libre aceptando su sueño sin saber cuándo despertaría. O no.

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