La mitad a oscuras

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está demostrando que hay algo peor para la paz y la seguridad mundiales que no saber por qué se empieza una guerra, y es no saber cómo acabarla. Después de haber recurrido incontables veces a la amenaza y el ultimátum, confundiendo la gravedad política y moral que debe revestir la retórica de guerra con inanes bravatas entre matones, Trump imagina ahora que sumarse al bloqueo del estrecho de Ormuz, que es la estrategia con la que Irán ha conseguido llevar la guerra al callejón sin salida que puede darle la victoria, provocará por arte de magia una inversión de las respectiva posiciones. El razonamiento de fondo pertenecería al género del absurdo si no estuviera costando vidas y la amenaza de una recesión mundial: como tu estrategia contra mí ha resultado tan exitosa, viene a decir Trump a los iraníes, voy a sumarme a ella para que entre ambos consigamos que mi derrota y la de mis antiguos aliados sea completa. Al fin y al cabo, lo mío es estar siempre del lado vencedor.

En medio de tantos despropósitos perpetrados por el líder de la que, aun en vísperas de su ocaso, sigue siendo la mayor potencia del momento, solo es posible advertir un signo de esperanza, y es que las decisiones de Trump no responden a una ideología fuerte y capaz de articular a las fuerzas reaccionarias de todo el mundo, sino a una combinación nunca vista de osadía, incompetencia y narcisismo. Antes de emprender la guerra contra Irán, Trump y el trumpismo aparecían en el horizonte como una máquina implacable de crueldad y despotismo que, galvanizando fuerzas políticas en Europa y otras regiones, amenazaba con poner fin al periodo de relativa estabilidad que propició tomar conciencia de los horrores padecidos
en dos guerras mundiales. Tras emprender contra Irán un conflicto que, al resistírsele, degradaría en “excursión”, la realidad esperpéntica de Trump y del trumpismo ha quedado al descubierto, y el frente de fuerzas políticas que lo celebraban como Mesías ha comenzado a romper filas. Quizá ésta sea una de las últimas ocasiones en la que las otras fuerzas políticas, las fuerzas inequívocamente democráticas, a derecha e izquierda, tengan ocasión de detener la polarización suicida a la que las han arrastrado los epígonos de Trump, y de reconstruir cuanto se pueda los sistemas institucionales internos e internacionales mediante el retorno a la centralidad política.

Trump muestra que hay algo peor que no saber por qué se inicia una guerra: no saber acabarla

Que Trump y el trumpismo no representen en sí mismos el peligro que se imaginaba no significa, sin embargo, que los equilibrios se recompongan por ensalmo ni que los riesgos más graves para la paz y la seguridad se desvanezcan: en un orden roto, quienes ganan son las partidarios de un orden alternativo. El periodo de sinrazón que ha culminado en esta guerra suma al menos dos problemas a los muchos a los que se enfrentaba el mundo, comenzando por el genocidio palestino y la invasión rusa de Ucrania. A consecuencia de las erráticas decisiones de Trump, el tránsito por el estrecho de Ormuz, libre hasta ahora, se ha convertido en un arma estratégica que costará arrancar de las manos de Irán, tanto por la vía de la fuerza como por la de la negociación. Pero es que, además, al no haber obtenido una victoria aplastante contra los ayatolás –la única victoria que podría en su caso proporcionar algún sentido político a una guerra que no tenía ninguno–, Trump y Netanyahu han demostrado no estar en condiciones de impedir que Irán desarrolle su programa nuclear hasta el nivel que le convenga. Porque cuando se centra el foco de la atención mundial en ese programa, aislándolo del contexto, lo que se pierde de vista es que representa sólo la mitad del problema. La otra mitad, la mitad que se mantiene a oscuras pese a ser parte esencial de la proliferación en Oriente Próximo, es que Israel dispone de un importante arsenal atómico desde hace décadas. Israel, que no es firmante del tratado de No Proliferación, y que ha superado todos sus límites, pretende que Irán, que sí es firmante, sea privada por la fuerza de las capacidades nucleares a las que tendría derecho. Resolver esta escalofriante asimetría es el origen de la aventura en la que Netanyahu ha embarcado a Trump. La catástrofe a la vista, su resultado.

También te puede interesar