Los presidentes de los dos países más poblados del hemisferio occidental, Luiz Inácio Lula da Silva y Donald Trump, han escenificado este jueves su reconciliación en un imprevisto encuentro en la Casa Blanca, después de un año marcado por la tensión entre Brasil y Estados Unidos por los aranceles y los insultos cruzados entre sus líderes, a las antípodas ideológicas.
Trump ha recibido con una alfombra roja a su homólogo, en la entrada sur de la residencia presidencial, y después se ha reunido con él durante dos horas en el despacho oval. Aunque inicialmente estaba prevista una intervención de ambos ante las cámaras, finalmente se ha mantenido el encuentro en un perfil bajo, a petición de la delegación brasileña, para evitar que sus respuestas a la prensa frustraran la delicada diplomacia entre los mandatarios.
“Discutimos muchos temas, incluyendo el comercio y, específicamente, los aranceles”, ha publicado Trump en su plataforma, Truth Social, al término del encuentro. “La reunión fue muy bien. Nuestros representantes tienen programado reunirse para discutir ciertos elementos clave. Se programarán reuniones adicionales en los próximos meses, según sea necesario”.
En una de las peores crisis en la historia de la relación bilateral, Trump impuso el año pasado elevados aranceles a Brasil con un objetivo político: obligar al país a retirar los cargos contra su aliado político Jair Bolsonaro, el expresidente ultraderechista, quien finalmente fue condenado por su intento de golpe de Estado para mantenerse en el poder, un ataque que se inspiró en el asalto al Capitolio de EE.UU. del 2021. En paralelo, Trump también impuso sanciones contra el juez del Tribunal Supremo de Brasil que supervisó el caso de Bolsonaro. Lula lo consideró entonces una violación inaceptable de la soberanía de Brasil.

Finalmente, los dos mandatarios, que comparten el estilo cercano y populista, y que se llevan tan solo un año de edad, firmaron una tregua tras su última reunión a finales del año pasado al margen de una cumbre asiática en Malasia. EE.UU. terminó retirando los aranceles sobre numerosas exportaciones clave de Brasil y las relaciones entre ambos países han vivido desde entonces en un periodo de tenso alto el fuego.
En los últimos meses, sin embargo, Lula ha sido uno de los líderes internacionales que más ha alzado la voz contra las intervenciones de Trump en Venezuela, Irán y Cuba, así como contra su imperialismo en todo el hemisferio, en una defensa del orden multilateral al que el líder de Estados Unidos está intentando relegar.
EE.UU. estudia designar cárteles brasileños como terroristas, un gesto que podría ayudar al opositor Bolsonaro en las elecciones
El republicano ha usado el narcotráfico como excusa para intervenir en Venezuela, donde capturó a su dictador, y expandir su presencia militar en la región, con especial atención al mar Caribe, donde el Comando Sur del Pentágono ha matado a cientos de personas a las que acusa de “narcoterroristas”.
También ha amenazado con agredir México y Colombia, cuyos cárteles han sido designados como organizaciones terroristas, y se plantea dar un paso similar con los grupos de narcotráfico en Brasil (como el Primeiro Comando da Capital o el Comando Vermelho), lo que abriría la puerta a la aplicación de sanciones y a un posible ataque en su territorio.
La posición de Lula es evidentemente antagónica. Cree que para combatir al narcotráfico debe aumentarse la colaboración en inteligencia, así como atacar a la demanda de drogas en EE.UU., pero en ningún caso quiere la agresión de un tercer país a su soberanía. Además, en el contexto electoral de Brasil, una designación de este tipo podría beneficiar a su adversario, Flávio Bolsonaro, hijo de su autoritario predecesor, quien está enfocando su campaña en la gestión de la delincuencia por parte de Lula.
Ambos presidentes se han reunido en un momento de respectiva crisis política, en la que les puede interesar más limar asperezas que abrir nuevos frentes con un socio tan importante. Trump afronta los peores índices de aprobación de su década en política, en parte por su impopular guerra en Irán, que ha llevado este jueves el precio del galón de gasolina en el país a los 4,56 dólares, el máximo desde el 2022. Lula, por su parte, llega debilitado por las derrotas parlamentarias de la semana pasada y con unas encuestas que han repuntado el apoyo Bolsonaro.

