Las elecciones locales prevén un vuelco al mapa político británico

Pocas veces unas elecciones municipales y autonómicas han sido calificadas de “históricas” sin que se trate de una exageración, como cuando un encuentro de fútbol es bautizado “el partido del siglo”, o una película, una obra de arte de imprescindible y trascendental, que sería un pecado perderse. Pero al referirse así a los comicios de ayer en Escocia, Gales e Inglaterra no hay hipérbole que valga, porque van a simbolizar el final del bipartidismo, la decadencia (terminal o no, ya se verá) del Labour y los conservadores, la aparición en el escenario de la extrema derecha (Reforma) y extrema izquierda (Verdes), el rechazo al centrismo tecnócrata representado por Keir Starmer, y la condena tajante del centralismo jacobino, con tres de las cuatro naciones que integran el Reino posiblemente en manos de las nacionalistas.

Y todo ello, con la cabeza del primer ministro en juego. Hace tiempo que tiene la soga al cuello, sin que nadie quiera ser el que da la patada a la silla, porque en la tradición política británica aquel que clava el puñal raramente es premiado con el trono. El primer ministro tiene una estrategia para aferrarse al poder (aunque es muy dudoso que dirija el Labour en las próximas elecciones generales), entonar el mea culpa y presentar un nuevo plan –el enésimo– de regeneración y crecimiento.

Todo dependerá de cómo el grupo parlamentario laborista responde a unos resultados que prometen ser catastróficos y para cuyo análisis las redacciones de los periódicos van a buscar hoy sinónimos de apocalíptico, desastroso, devastador, funesto, calamitoso, trágico, nefasto, ruinoso, cataclísmico, dantesco, aciago, desolador, lamentable, garrafal…

El ultra Farage ofrece trasladar todos los centros de detención de inmigrantes a sitios donde gane la izquierda

Porque -no es exageración- es lo que van a ser tanto para el Labour como para los conservadores, los dos partidos que han dominado desde tiempos inmemoriales la política británica, desplazados ahora al papel de segundones por fuerzas más ideológicas tanto en la derecha como en la izquierda, con mensajes radicales que se adaptan mejor a las nuevas formas de comunicación. Con el nivel de vida estancado y las aspiraciones de los jóvenes para comprarse un piso y tener un buen trabajo maltrechas, el orden económico de las últimas décadas es rechazado sin pamplinas. Ayer los votantes dijeron enfáticamente que quieren otra cosa.

A partir de esta mañana, cuando se empiecen a anunciar los resultados con cuentagotas, ciudadanos que se han pasado toda la vida bajo gobiernos municipales laboristas en el norte de Inglaterra se encontrarán en manos de Reforma UK, el grupo de ultraderecha que encabeza Nigel Farage, y entre cuyas políticas figura una muy trumpista: establecer los centros de detención de inmigrantes ilegales y solicitantes de asilo tan solo en aquellos lugares que hayan votado a la izquierda.

El pronóstico de los sondeos es que Escocia seguirá bajo el timón del SNP gracias a la división del voto unionista y la impopularidad tanto de Starmer como de los conservadores. Pero que el Labour perderá unas elecciones en Gales por primera vez en más de un siglo, ya sea a manos de los independentistas suaves de Plaid Cymru o de la ultraderecha (lo más probable es que gobiernen los primeros porque encontrarán menos obstáculos a formar una coalición y no se les impondrá un cordón sanitario). Con el Sinn Fein en control en Belfast (donde esta vez no se vota), tres de los cuatro países que componen el Reino Unido pueden tener al frente formaciones nacionalistas, con las tensiones constitucionales y la condena al centralismo que ello significa. La demanda de referéndums de soberanía (o de reunificación en el caso de Irlanda) estaría una vez más sobre la mesa.

En Gales aparecen los independentistas como alternativa de poder y en Inglaterra, los Verdes como izquierda

En sus últimas apelaciones, Starmer pidó un voto por la estabilidad en tiempos de crisis y de guerra; la conservadora Kemi Badenoch, por menos impuestos y mejores servicios; el liberal demócrata Ed Davey, por frenar a la ultraderecha y la influencia nociva de Trump; los Verdes, por un coste de la vida asequible a todo el mundo; Farage, por un cambio radical antisistema; los nacionalistas galeses, por la compasión y la credibilidad; y el SNP escocés, por el sueño de la independencia.

Los últimos sondeos en las municipales inglesas dieron a Reforma un 25% de apoyo, con laboristas y conservadores empatados en el 18%, los Verdes 17% y los liberales un 12%. En Escocia la duda es si el SNP alcanzará la mayoría absoluta, y en Gales nacionalistas y la ultraderecha están empatados. Cómo se repartirá el pastel se verá a partir de hoy, y también si alguien se decide a fulminar a Starmer o el país sigue teniendo un gobierno zombi. Lo que está claro es que unos votantes amotinados han dicho que están hartos de promesas rotas , coartadas inexistentes y bipartidismo tecnocrático y centrista, y desean un cambio de paisaje. Como del desierto a la tundra ártica, o del Mediterráneo a la espesa jungla tropical.

Rafael Ramos

Abogado y periodista. Corresponsal de ‘La Vanguardia’ en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.

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