Incapaz de avanzar en el frente, Rusia ha optado en los últimos tiempos por intensificar sus bombardeos contra las ciudades de Ucrania alejadas de la primera línea de batalla, especialmente Kyiv. Una estrategia con graves consecuencias para los habitantes de esas zonas urbanas. Así lo atestigua un informe publicado ayer por la ONU, que revela que el pasado junio fue el mes más letal para la población civil ucraniana desde abril del 2022, al inicio de la guerra.
En concreto, los ataques rusos de junio causaron la muerte de al menos 293 civiles, lo que eleva el número de fallecimientos en lo que va de año a casi 1.400. Esta última cifra supone un aumento del 24% con respecto a las muertes documentadas en el primer semestre del 2025, y de cerca del 50% en comparación con el mismo período del 2024. Si se tiene en cuenta el número total de bajas –esto es, incluyendo heridos, que solo en junio fueron 1.416–, los incrementos todavía son más pronunciados.
Según Danielle Bell, jefa de la misión de la ONU en Ucrania, esta tendencia al alza es “alarmante”, y refleja el “creciente uso de armas potentes” que resultan muy mortíferas cuando se utilizan en entornos densamente poblados. “Los riesgos a los que se enfrentan los civiles no solo persisten, sino que están aumentando tanto en magnitud como en complejidad”, afirma Bell en el comunicado de prensa que acompaña al informe.
De acuerdo con los datos de la ONU, entre enero y junio, las bajas civiles causadas por misiles y drones de largo alcance aumentaron un 60% respecto al mismo período del 2025. La mayoría de esas pérdidas se registraron en ciudades como Kyiv y Dnipró, lejos del frente. Mientras, cerca de la línea de contacto, los drones de corto alcance siguen provocando serios daños: en junio, las víctimas de estas armas alcanzaron su nivel mensual más alto desde el comienzo de la invasión rusa, con 89 muertos y 588 heridos.
Asimismo, el informe de la ONU denuncia que Rusia sigue golpeando la infraestructura energética de Ucrania, lo que inevitablemente acaba afectando a la población civil, al mismo tiempo que documenta “un fuerte aumento” de los ataques ucranianos contra instalaciones eléctricas en la Crimea ocupada.
Todos estos datos evidencian la crudeza de una guerra que este año parece haber entrando en una nueva fase que, ante el estancamiento del frente, tiene el cielo como principal campo de batalla. Mientras Ucrania utiliza sus drones de medio y largo alcance para cortar las líneas de suministro enemigas, Rusia recurre a bombardeos cada vez más masivos contra núcleos urbanos con el objetivo de minar la moral de la población.
En sus ofensivas aéreas, Moscú saca ventaja de sus misiles balísticos, muy difíciles de interceptar. La mejor defensa contra ellos son los misiles tierra-aire Patriot, de fabricación estadounidense, pero Kyiv está agotando sus reservas y en el mercado escasean debido a la guerra de Irán. Donald Trump anunció la semana pasada que Ucrania contaría con una licencia para producirlos, pero hasta que se materialice esa promesa pasará mucho tiempo. Un período que podrá ser aprovechado por Rusia para seguir sembrando el caos y la destrucción en las principales ciudades ucranianas.
