Los dos hechos que socavaron en el 2017 la posición dominante de EE.UU. fueron los siguientes. En primer lugar, el auge de las exportaciones de China elevó hasta un 22%, un porcentaje sin precedentes, la cuota de ese país en las mercancías importadas por EE.UU. En segundo lugar, Donald Trump asumió su cargo como 45.º presidente de EE.UU., una victoria electoral atribuible en parte a la reacción contra ese shock chino.
Trump impuso aranceles a los productos chinos, medida a la que China respondió de modo recíproco. Joe Biden mantuvo muchos de esos aranceles y endureció los controles a la exportación de su predecesor. En su segundo mandato, Trump se ha desatado, por así decirlo: se ha dedicado a imponer indiscriminadamente aranceles a aliados y adversarios, se ha retirado de numerosas organizaciones y acuerdos internacionales y ha socavado la posición internacional del dólar. Donde antes EE.UU. ocupaba el centro de la economía mundial, ahora el mundo se ve obligado a contemplar la posibilidad de una globalización sin ese país.
Adiós al libre comercio tal como lo conocemos
La pregunta, por supuesto, es si puede existir tal cosa como una globalización sin EE.UU. Ninguna otra economía (desde luego, no la europea) parece capaz ni dispuesta a sustituir a EE.UU. como importador de última instancia. China, por su parte, redobla su apuesta por una estrategia de crecimiento impulsado por las exportaciones y amplía la capacidad de sus sectores de los vehículos eléctricos, los paneles solares y las baterías, en lo que cada vez más se denomina el shock chino 2.0. Sin embargo, dado que la cuota de las importaciones estadounidenses procedentes de China se ha reducido ahora a un escaso 10%, la producción de dichos sectores tendrá que dirigirse a otros destinos. Es seguro que una abrumada industria automovilística alemana exigirá que la Unión Europea imponga aranceles a los coches chinos baratos o pedirá a China, para evitarlos, que limite voluntariamente sus exportaciones. Lo mismo harán otros sectores europeos. Adiós al libre comercio tal como lo conocemos.

Del mismo modo, la posición del dólar como moneda internacional y de reserva dominante parece significativamente empañada. A lo largo del 2025, el dólar perdió un 10% de su valor frente a una cesta de divisas extranjeras. A lo largo de varios meses después de que Trump anunciara el 2 de abril sus aranceles del “día de la Liberación”, el dólar se debilitó cada vez que la volatilidad global se disparaba. Dicha situación era contraria a la pauta histórica; parecía indicar nuevas dudas sobre la condición de refugio seguro de la moneda. Quizás lo más alarmante fue que Trump amenazó el Sistema de la Reserva Federal y a su presidente, Jerome Powell, personalmente. Nombró miembro de la junta de la Reserva Federal al presidente de su Consejo de Asesores Económicos, lo que sembró dudas sobre la percepción de independencia del organismo en tanto que administrador imparcial de la moneda.
Por desgracia, ninguna otra divisa, ni el euro ni el renminbi chino, está en condiciones de ocupar el lugar del dólar. Existe una escasez de “activos seguros” denominados en euros; es decir, de bonos del Estado con calificación de inversión que puedan ser mantenidos por bancos centrales, gobiernos y empresas fuera de la propia eurozona. El euro apenas se utiliza en el comercio y los pagos más allá de la vecindad inmediata de Europa. El renminbi se utiliza para el comercio casi exclusivamente con la propia China, y los controles de capitales de ese país limitan estrictamente su uso financiero. Las finanzas son el lubricante de los engranajes de la globalización del siglo XXI. Si EE.UU. y el dólar no proporcionan ese lubricante, esos engranajes tenderán a atascarse.
Por último, hay motivos para dudar de que otros países puedan reconstruir las instituciones de la globalización sin EE.UU. Mientras siga siendo miembro, EE.UU. puede bloquear el nombramiento de jueces en el Órgano de Apelación de la Organización Mundial del Comercio, su principal órgano normativo. Otros países han intentado sortear ese obstáculo estableciendo su propio mecanismo independiente de resolución de disputas. Sin embargo, no está claro que dichos países estén dispuestos a atarse las manos y someterse a restricciones en la aplicación de aranceles, subvenciones y controles cuando EE.UU. no está dispuesto a acatar esas mismas normas. Una consecuencia similar se deriva del Acuerdo de París sobre el clima, diseñado para limitar los efectos adversos del comercio y la producción sobre el medio ambiente global. Si EE.UU. actúa como un aprovechado (si sigue emitiendo carbono), se reducen de forma correspondiente los beneficios para otros países de adherirse al Acuerdo de París, y por lo tanto su incentivo para participar en él.
¿De vuelta al redil?
Una posible estrategia para los otros países es esperar a que Trump salga de escena y que EE.UU. recupere el sentido común. Solo una pequeña minoría de estadounidenses, apenas un 23% según una reciente encuesta de YouGov, apoya los aranceles de Trump; y no solo los demócratas, sino también los independientes, expresan su desaprobación. Un 53% de los estadounidenses se opone del todo o en parte a la retirada de EE.UU. del Acuerdo de París, mientras que un 66% afirma que EE.UU. debería reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero al margen de que otros países se sumen o no a él. Unos dos tercios (68%) de los estadounidenses apoyan que la Reserva Federal tome decisiones con independencia de la influencia política directa del presidente, según una encuesta de septiembre del 2025 realizada por The Hill.

Desde semejante punto de vista, Trump constituye una aberración. Puede que él crea que arancel es “la palabra más hermosa del diccionario”, que el cambio climático es un “bulo” y que Jay Powell es un “tonto”. Ahora bien, en cuanto él y su peculiar carisma hayan desaparecido, EE.UU. volverá a su tradicional postura de apoyo a la globalización.
Lamentablemente, esa exhortación a tener paciencia no es más que una ilusión. Puede que el episodio de Trump constituya una fase pasajera, pero tiene implicaciones permanentes. Ha demostrado que las instituciones nacionales que sustentan el poder y el compromiso global de EE.UU. son, en realidad, más frágiles de lo que se pensaba. Se ha visto que la separación de poderes que, supuestamente, limitaba la actuación arbitraria del poder ejecutivo es más débil de lo que se creía. Aunque haya anulado los aranceles impuestos por Trump en virtud de la ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional de 1977, el Tribunal Supremo ha mostrado escasa inclinación a frenar el poder ejecutivo en general y ninguna voluntad de limitar el recurso de Trump a los aranceles en virtud de otras facultades legales. El Congreso se ha visto intimidado por la amenaza de Trump de obrar activamente para apartar a cualquier miembro que se atreva a cuestionar sus decisiones y su autoridad.
Mientras tanto, los casos de autocontratación y corrupción se han convertido en algo cotidiano para el presidente y las personas de su entorno, que no sufren consecuencias adversas, ni legales ni de otro tipo. Si en otros tiempos los políticos corruptos tenían motivos para temer que un electorado descontento los expulsara de sus cargos, lo que se pone en entredicho ahora es la propia capacidad de EE.UU. para celebrar elecciones libres y justas. El Departamento de Justicia se ha convertido en un arma de los poderosos en lugar de ser un protector de los inocentes. Las personas adineradas y las empresas han aprendido que la forma de alcanzar sus objetivos es comprar, literalmente, el apoyo de políticos poderosos, desde el ocupante del despacho oval hasta los niveles inferiores.
Aunque Trump salga de escena y EE.UU. recupere el sentido común, se ha demostrado que las instituciones nacionales que sustentan el poder y el compromiso global del país son más frágiles de lo que se creía
En el plano internacional, EE.UU. ha dado muestras de ser un socio de alianza poco fiable. Cada vez más, se considera a EE.UU. como un Estado depredador que busca promover sus intereses particulares a costa de los demás. Los acuerdos internacionales que sustentan la globalización exigen que los gobiernos cumplan los términos de su compromiso. El debilitamiento de los controles y equilibrios frente a la actuación arbitraria del poder ejecutivo plantea dudas sobre si se puede confiar en que EE.UU. acate sus compromisos. Es posible que Trump se haya ido dentro de tres años (es lo que se supone). Ahora bien, ¿quién sabe si su sucesor será mejor ni si se mostrará más favorable a la globalización?
Consumidor de último recurso
La globalización solo sobrevivirá sin el apoyo activo de EE.UU. si otros países suministran los bienes públicos globales en relación con los cuales antes dependían de EE.UU. Hacer eso supone sustituir al ahora ausente importador de última instancia y proporcionar una demanda suficiente para la producción del resto del mundo. Los países con los mayores superávits por cuenta corriente en el 2024 fueron, por este orden: China, Alemania, Japón, Países Bajos y Taiwán. La suma de sus superávits coincidió casi exactamente con el valor del déficit por cuenta corriente de EE.UU. en ese mismo año. Si EE.UU., por improbable que parezca, lograra el objetivo del presidente Trump de eliminar su déficit exterior, esos países tendrían que aumentar su gasto de forma proporcional para que el mundo evitara sufrir una peligrosa insuficiencia de la demanda.
Algunos de esos países están avanzando en dicha dirección, ya que sus gobiernos se endeudan y gastan para reforzar sus capacidades de defensa. Sin embargo, el progreso en el reequilibrio es lento. El FMI prevé que el superávit por cuenta corriente de Alemania disminuya de un 4,5% de su PIB en el 2025 a un 4,2% en el 2026 y a un 4% en el 2027. No es mucho. Alemania en concreto y Europa en general deben actuar más rápido.
El caso más importante es el de China, que presenta, con diferencia, el mayor superávit por cuenta corriente. No resulta concebible que otros países puedan mantener entre sí un comercio libre y abierto frente a un tsunami de exportaciones chinas. Para reducir las tensiones comerciales, China tendrá que absorber una mayor parte de su propia producción e importar más del resto del mundo. Con una tasa de inversión nacional superior a un 40%, un mayor gasto en inversión sería contraproducente. No obstante, un mayor consumo es otro asunto: el gasto de los hogares representa menos de un 40% del PIB chino, frente a un 70% en EE.UU.
Cada vez más, se considera a EE.UU. como un Estado depredador que persigue sus intereses a costa del resto. Los acuerdos internacionales que sostienen la globalización exigen cumplir los compromisos
Los dirigentes chinos llevan mucho tiempo señalando la conveniencia de impulsar el gasto en consumo, pero aún no han logrado avances significativos. Las reformas necesarias son bien conocidas. La ampliación de la cobertura de las pensiones, la mejora de la asequibilidad de la asistencia sanitaria y la reducción de los gastos de educación a cargo de los particulares contribuirían a desviar el ahorro hacia el gasto. Un aumento de los salarios y de los pagos de dividendos por parte de las empresas estatales ayudaría a elevar la participación de los trabajadores en los ingresos. Una mayor liberalización del sistema financiero y la subida de los tipos de interés reduciría la necesidad de que los hogares acumulen los ahorros necesarios para el pago inicial de una vivienda. La privatización de las tierras de propiedad colectiva permitiría a los agricultores obtener préstamos garantizados con su activo más valioso. Esas reformas serían beneficiosas para la propia China, pero también son esenciales para salvar la globalización.
Si las reformas necesarias son bien conocidas, también lo son los obstáculos. Los directivos que supervisan las empresas estatales prefieren invertir para ampliar sus ámbitos de influencia antes que pagar dividendos. Los gobiernos locales con tierras de propiedad colectiva se oponen a las reformas que privatizarían y fragmentarían sus posesiones. Los fabricantes se resisten a las peticiones de aumentar el salario mínimo.
Quizás parezca injusto hacer recaer sobre China la responsabilidad de actuar como consumidor de última instancia, pero es inevitable recordar las razones del anterior colapso de la globalización expuestas por Charles Kindleberger en su clásico libro, La crisis económica: 1929-1939. Kindleberger argumentó que el colapso de la globalización en la década de 1930 se debió a la incapacidad de la potencia en declive, Gran Bretaña, para actuar como comprador de emergencia de bienes en dificultades, así como a la falta de preparación de EE.UU., entonces la potencia emergente, para ocupar su lugar. Hoy en día, para bien o para mal, son EE.UU. y China los que desempeñan esos dos roles.
Después del dólar
El otro bien público global proporcionado por EE.UU. es la liquidez internacional necesaria para el comercio y la inversión transfronterizos. El dólar ha sido desde hace mucho tiempo la unidad en la que se denominan y financian las transacciones transfronterizas. Sin embargo, ahora existe la preocupación de que no se pueda confiar en esa moneda ni en quienes se encargan de su gestión. Por ello, los bancos, las empresas y los gobiernos buscan otras formas más fiables en las que mantener sus saldos de reserva y con las que facturar y liquidar sus transacciones.
El problema es que, por el momento, ninguna otra moneda o conjunto de monedas puede colmar ese vacío. Si se produjera una huida masiva del dólar (si los exportadores, importadores e inversores extranjeros dudaran de repente en mantenerlo y utilizarlo), no habría ningún medio de pago, unidad de cuenta ni reserva de valor universalmente aceptados con los que respaldar las transacciones internacionales. Se produciría una escasez de liquidez internacional, lo que haría que el comercio y la inversión transfronterizos resultaran mucho más costosos y difíciles de organizar. Eso significaría el fin de la globalización tal como la conocemos.

¿Y qué hay del euro?, podría preguntar alguien. El euro no ha logrado ganar terreno como moneda internacional desde su creación en 1999. Mientras que el dólar está presente en un 90% de las transacciones de divisas en todo el mundo, el euro participa en menos de un 30%. Representa solo un 21% de las reservas mundiales de divisas, frente a un 57% del dólar. Los responsables políticos europeos saben lo que hay que hacer para elevar el papel global de la moneda. Las nuevas alianzas comerciales, no solo con Mercosur, sino también con los países asiáticos y africanos a los que se dirigen las políticas comerciales y exteriores de EE.UU., pueden potenciar el papel del euro como moneda de facturación y liquidación. La interconexión del sistema de pagos rápidos de la eurozona con los sistemas de pagos rápidos de otras partes del mundo puede reducir los costes del uso del euro por encima de las fronteras.
Sin embargo, el paso clave consiste en aumentar la oferta en euros de activos de alta calidad susceptibles de sustituir los títulos del Tesoro estadounidense. Por desgracia, solo tres países de la eurozona (Alemania, Países Bajos y Luxemburgo) cuentan con calificaciones AAA de todas las agencias de calificación crediticia principales. Esa limitación puede superarse mediante la emisión de deuda común de la Unión Europea. La experiencia con los bonos NextGenerationEU, emitidos por la Comisión Europea en respuesta a la covid, ha demostrado la existencia de una fuerte demanda internacional de ese tipo de valores. El siguiente paso sería que cada Gobierno de la eurozona destinara una parte de sus ingresos fiscales al servicio de la deuda común, que luego podría emitirse en cantidades mayores. Sin embargo, no han desaparecido las resistencias por parte de los gobiernos nacionales a ceder a la Comisión sus prerrogativas de emisión de deuda. La amenaza de EE.UU. a la globalización subraya la importancia de superar ese obstáculo político.
Por su parte, el renminbi chino tiene un largo camino por recorrer antes de poder empezar a ocupar el lugar del dólar. La moneda se utiliza para facturar y liquidar la mitad del comercio de la propia China, pero apenas se utiliza en el comercio con terceros países. Apenas representa un 2% de las reservas mundiales de divisas y menos de un 9% del volumen de negocio del mercado mundial de divisas, es decir, solo la décima parte del porcentaje del dólar.
Si exportadores, importadores e inversores extranjeros huyeran en masa del dólar, no habría ningún medio de pago, unidad de cuenta ni reserva de valor que pudiera respaldar las transacciones
No cabe duda de que China está tratando de potenciar el atractivo de su moneda. Ha creado un sistema de compensación específico para el renminbi, el Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos, que ha atraído la participación de unos 1.700 bancos de todo el mundo. El Banco Popular de China ha ampliado las líneas de swap en renminbi a más de 40 bancos centrales de todo el mundo. Sin embargo, la triste realidad es que la campaña del país para la internacionalización de su divisa se ha estancado en gran medida. La cuota de la moneda en las reservas mundiales cayó en todos los trimestres, salvo en dos: el primer trimestre del 2022 y el segundo trimestre del 2025. Las dudas sobre la seguridad del dólar hacen urgente que se revierta esa inquietante tendencia.
Un paso al frente
Quienes valoran la globalización deben contemplar ahora la perspectiva de una globalización sin EE.UU.; es decir, sin los bienes públicos proporcionados tradicionalmente por EE.UU. en tanto que importador de última instancia, proveedor de la única moneda verdaderamente global y arquitecto del orden comercial y de pagos. En principio, las otras dos grandes economías, la eurozona y China, pueden dar un paso al frente y prestar los servicios que EE.UU. ya no parece dispuesto a prestar. Para ello, sería necesario superar la oposición de unos arraigados intereses nacionales. Ojalá que sus esfuerzos tengan éxito. Está en juego el futuro de la globalización.
Barry Eichengreen es titular de la cátedra George C. Pardee y Helen N. Pardee y profesor distinguido de Economía y Ciencias Políticas en la Universidad de California (Berkeley)
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