
Siempre queda alguien por caer del caballo. Esta semana le ha tocado el turno a algunos socialdemócratas, muy en particular a los españoles, tras comprobar que una de sus lideresas, la primera ministra danesa Mette Frederiksen, se sumaba entusiásticamente a su homóloga italiana, la muy conservadora Giorgia Meloni, para afirmar sin matices que los inmigrantes sin papeles cometen delitos violentos, narcotráfico y violencia sexual, y que por tanto cuanto menos se tarde en habilitar campos de internamiento fuera de las fronteras europeas para deportarlos en un plis plas mejor para todos.
La coincidencia entre ambas obedece a lógicas domésticas, claro. Los ejes ideológicos no son fijos. Y en democracia los discursos políticos han de ajustarse a la temperatura ambiente que marca la sociedad a la que van dirigidos. Frederiksen, desde siglas socialistas, hace el discurso que cree rentable electoralmente en Dinamarca. Que coincida con el de Meloni no es más que una señal, otra más, de la gran marejada que se vive en Europa a cuenta de la inmigración.
Toda la literatura sobre el modo femenino de hacer política podría arder en una hoguera
Podría continuar el artículo per el camino ya trazado, pero el verano permite segundas derivadas y es la que les invito a tomar. Llevamos años leyendo y escuchando argumentos sobre la feminización de la política y las nuevas maneras y valores que las mujeres iban a aportar a la manera de conducir y gobernar los asuntos públicos.
Una derivada del feminismo basada en la supuesta diferencia que el género, por sí solo, atribuye a la forma de manejarse en el teatro de la política. Este feminismo, de tendencia más bien izquierdista, proclamaba en artículos de opinión y también en publicaciones académicas, que las féminas ejercen el liderazgo de una manera más cooperativa y menos vertical, con más empatía y con una habilidad especial nacida de la condición de mujeres para solucionar los problemas de un modo distinto y, por supuesto, mejor, que el de los hombres, hacedores del maligno heteropatriarcado que lleva milenios echando el mundo a perder.

Que todo esto pintaba a estafa argumental en toda regla podía intuirse. Pero como pasa la mayoría de las veces, basta con que mucha gente con tribuna y reconocimiento repita lo mismo, aunque sea sin aportar prueba alguna, para que sus hipótesis acaben pasando por ciertas.
La realidad, basta con observarla sin ánimo negacionista, acostumbra a poner las cosas en su sitio. Y un vistazo al mundo político en el 2026 permite afirmar que toda la literatura sobre el modo femenino de hacer política podría arder en una hoguera sin que nada se perdiese.
Hagamos una lista sin ánimo de exhaustividad. De lo pequeño a lo más grande. Isabel Díaz Ayuso, Silvia Orriols, Marine Le Pen, Giorgia Meloni, Alice Weidel, Mette Frederiksen, Úrsula Von der Layen, Sanae Takaichi, etc. No hay una sola de estas mujeres que no se maneje en política siguiendo las reglas básicas que exige el ejercicio del poder y su mantenimiento. Hay ejemplos también en el pasado, pero para no abusar del ventajismo nos limitamos al presente. ¿De verdad puede mantenerse en pie la afirmación nada empírica de que hay un modo masculino y otro femenino de estar en política?
Quien así lo afirma no necesita pruebas. Pues su modo de razonar siempre admite un salto argumental sin necesidad de probarlo. Dirá, por ejemplo, que, en este listado, que podría ampliarse, lo que hay son mujeres muy masculinas y muy de derechas, con la excepción de Frederiksen. O que se trata de señoras que se han visto obligadas a ganarse el sitio en un mundo de hombres, y que por eso actúan como si lo fueran. No son portadoras del gen feminista, sino involuntarias perpetuadoras de un heteropatriarcado testicular que ha encontrado la fórmula para subsistir cabalgando incluso a lomos de las mujeres. Como puede observarse, solo se necesitan ganas, y saber tejer una madeja de argumentos sin ton ni son para encontrar una excusa que permita negar lo evidente. Meloni i Frederiksen hacen política como se ha hecho siempre. Es el poder el que impone las reglas, no el género. A ver si pinchamos de una vez el globo de la fantasía.
