En Siria todo está por hacer, y es un peligro

A pesar del bullicio, hay silencio. Damasco, la Ciudad Vieja y los barrios modernos que se extienden hacia el oeste, viven como si no hubiera habido guerra. Los damascenos no quieren despertar al medio millón de muertos ni recordar lo que hicieron durante los 14 años de lucha que culminaron en diciembre del 2024 con la caída de la dictadura.

“A pesar de su brutalidad despiadada, la dictadura era laica y cosmopolita”, afirma un antiguo funcionario que hoy se hace el invisible para no perder su trabajo. Prefería no hablar y menos con la prensa, pero al final accedió a tomar un café porque aún confía en el mañana. “Están muy perdidos, pero es posible que acaben haciéndolo bien”, dice de los antiguos guerrilleros islamistas que hoy dirigen el país. Son sus jefes y él se adapta.

“El gobierno no tiene capacidad para gestionar el país”, admite un viejo funcionario

Me cita en el Habana, el café más literario de Damasco, y me explica que “aquí se ha conspirado y escrito mucho”. El local, conserva la elegancia de una vieja modernidad. Está en la calle Port Said, en el centro comercial de la ciudad, cerca de varios edificios gubernamentales. Abrió en 1945 y me asegura que aquí, en 1947, se fundó el Baas, el partido laico, socialista y panarabista sobre el que se apoyó el régimen de los Asad. Es un local adecuado para las confidencias y las tramas novelescas.

Pide dos cafés y una pipa de agua, y en voz baja, camuflado por el hilo musical y el humo perfumado, insiste en que no revele cómo se llama, ni describa su aspecto. “Los que mandan son jóvenes, ambiciosos y pragmáticos, pero no saben muy bien qué hacer. Ya no se dejan las barbas tan largas y en el Four Seasons toleran que se sirva alcohol con discreción”.

La razón de la cita es saber cómo van a reconstruir el sistema político y económico. “No lo sé –reconoce– y no creo que ellos lo sepan. No se deciden si quieren una Siria centralizada o descentralizada, con un gobierno más o menos intervencionista”.

Unas semanas atrás, durante un encuentro en Chipre para hablar de la nueva Siria, Henrike Trautmann, responsable para Oriente Próximo en la Comisión Europea, no solo dijo que todo estaba por hacer, sino que era difícil saber, incluso, por dónde empezar.

“Han llegado expertos de la Unión Europa y del FMI –cuenta el funcionario–. Nos enseñan a hacer presupuestos y organizar la burocracia. No podríamos pasar sin ellos. El Gobierno no tiene capacidad para gestionar el país”.

El presidente Ahmed al Shara dirige la transición desde el palacio del Pueblo, el mismo que ocupaba el dictador, en lo alto del monte Mezeh. Llegó como líder de un grupo armado que Estados Unidos calificaba de terrorista. Hoy, sin embargo, ha estrechado la mano de Donald Trump y de muchos dirigentes occidentales. Que hace dos años representara la barbarie y hoy la esperanza indica hasta qué punto todo es relativo, incluida la extrema violencia.

“El gobierno trabaja para no colapsar”, me explica Amar Kahf, un joven politólogo sirio al frente del centro de estudios estratégicos Omran. “Al Shara necesita más de 200.000 millones de dólares para reconstruir el país, es decir, diez veces el PIB del 2024. El problema, en todo caso, no es la financiación sino la falta de una estructura política, legal e institucional para ordenar la reconstrucción. No hay un plan nacional y sin él las inversiones se realizan según la lógica del beneficio privado, no del bien común.”

La guerra ha dejado ruinas que no se pueden tocar sin saber a quién pertenecía la casa o el terreno arrasados. “Las disputas sobre la propiedad privada son un reto imposible de resolver”, reconoce el funcionario. “Nos falta el marco legal e institucional que garantice la justicia social. El gran peligro al que se enfrenta el régimen es el de ser tan injusto como la dictadura”.

“Es verdad que el régimen parece aislado del pueblo”, reconoce Reem Turkmani, jefa del programa de investigación sobre el conflicto sirio en la London School of Economics. “La gente no participa de la reconstrucción y mientras no lo haga no habrá reconciliación ni estabilidad.”

Falta trabajo y la pobreza es extrema. La ONU calcula que afecta al 90% de la población, sobre todo a las mujeres y los niños. Turkmani lamenta que el régimen islamista no apoye a las mujeres, pero Marwan Solh cree que sí lo hace. Este economista nacido en Alepo trabaja en el sector agrario. Siria era el granero de Oriente Medio y parte de su futuro pasa por volver a serlo. Asegura que “las mujeres trabajan porque las familias necesitan dos sueldos y en la Siria rural es muy evidente”.

Con el apoyo de Cáritas, sobre todo en Alemania y Dinamarca, la asesoría Wasl en la que trabaja Solh concede créditos de dos y tres mil dólares a los refugiados que quieren regresar y trabajar en el campo. “No es beneficencia –advierte–, sino inversión en un modelo productivo”.

Damasco, capital del califato de los Omeyas, era una ciudad privilegiada, habitada desde hace 4.000 años gracias al agua del río Barada y del oasis de Guta, razón de ser de una agricultura de regadío que hoy se ve muy amenazada por la expansión urbana y los bombardeos de la periferia.

La nostalgia por un pasado siempre más glorioso que el presente cubre a los damascenos que aceptaron entrevistarse con La Vanguardia . “La llamamos huzn ”, me explica el funcionario.

La atmósfera del café Habana es huzn y también la que se respira en el patio de una antigua casa cerca de la puerta de Bab Tuma, el barrio cristiano de la Ciudad Vieja.

Allí me encuentro con Fatih, un hombre que se acerca a los 40 y tiene casi toda la vida por hacer. “La guerra me ha robado muchos años, tantos que aún vivo con mis padres y no creo que llegue a casarme. Me falta dinero para pedir matrimonio”.

Fatih es cristiano. Prefería la dictadura y cogió las armas para defender Bab Tuma de los rebeldes que la bombardeaban desde los arrabales de Damasco. “El gobierno nos dio fusiles, levantamos barricadas junto a la puerta de Bab Tuma. No disparé ni una vez, pero tampoco puedo decir que no luché. Aquí había iraníes y guerrilleros de Hizbulah, gente con la que nunca habría imaginado compartir algo. La guerra es muy extraña. Temo las represalias”.

Fatih ha sido obrero en la industria y la construcción, y ahora es vigilante nocturno en un hotel. Las noches las pasa envuelto en nostalgia. Se levanta la manga de la camisa y me enseña una cruz tatuada en el hombro derecho.

“¿Qué futuro me espera?”. No sé qué responderle, pero él tampoco espera que lo haga. Nos quedamos un rato sin decirnos nada, apurando los refrescos.

Xavier Mas de Xaxàs Faus

Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S

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