Este artículo no va de Donald J. Trump

Hace ahora un siglo, el año de 1926 vio la publicación de la primera edición de Tirano Banderas, novela de Ramón del Valle-Inclán, que es un auténtico festín lingüístico expresado en el desbordante hablar de los hispanohablantes de las dos orillas del Atlántico, tan sólo cuatro años luego de la marcha de Mussolini y las camisas negras sobre Roma, o tres del fallido golpe de Estado de Hitler en Múnich.

Pero a la hora de la creación del grotesco personaje que es el general Santos Banderas, el dictador, el Tirano Banderas de la imaginaria república de Santa Fe de Tierra Firme, don Ramón no se inspiraba en esos igualmente grotescos líderes de los insipientes movimientos fascistas europeos, sino, más bien, en varios dictadores latinoamericanos, sobre todo, decimonónicos, verbigracia, sin ir más lejos, Porfirio Díaz, que él trató durante la primera de sus dos estancias en México (1892), sin olvidar algún que otro rasgo de refilón de Miguel Primo de Rivera cuya dictadura había comenzado en 1923.

La época que le tocó vivir a Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) fue la de una proliferación de dictadores, déspotas, autócratas, oligarcas, hombres fuertes… pero también de revoluciones, tanto por parte de la derecha como de la izquierda. Y de guerras.

Todos esos dictadores, una vez en el poder, siempre obsesionados por su propia seguridad, se rodeaban de un elenco de aduladores acobardados, vividores sin escrúpulos, charlatanes iluminados y arribistas tan mediocres como estúpidos. Regímenes de terror en los que la pareja de baile de la crueldad no era otra que la hipocresía y en los que importaba menos que nada la suerte de los desposeídos, que conformaban casi la totalidad de la población.

Para no ser menos, el siglo XX también fue prolífico en cuanto a dictadores. Su primera mitad: la de Mussolini, Hitler, Franco y Stalin, amén de dos guerras mundiales; y la segunda, que se inició con Stalin y Franco todavía en el poder, en caudillos y dictadores de toda ralea. Que si Mao, Salazar, Castro, Somoza, Stroessner, Gadafi, Sadam Husein, Jomeini, Idi Amin, Bokassa, Duvalier (padre e hijo), Chaucscu, Hoxha, Pinochet, Videla, Pol Pot, Chaves-Maduro, la dinastía Kim de Corea del Norte, entre otros muchos.

Y el siglo XXI, que, aunque empezó con un eufórico Occidente convencido de su superioridad -también moral- hasta el extremo de hacer el ridículo al anunciar urbi et orbi el fin de la historia, pero que sólo duró, ay, el espacio de un suspiro, concretamente hasta el día 11 de septiembre del 2001.

Hace poco, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, el antaño guerrillero sandinista que luchó para derrocar al dictador Anistasio Somoza, hecho que se produjo en 1979, declaró que en su país ya no se celebrarán más elecciones. Ortega, de 80 años, gobierna, junto con su copresidenta y esposa, la esotérica Rosario Murillo, con mano de hierro. Cualquier indicio de oposición a su poder es eliminado sin dilación y de la manera más atroz.

El matrimonio presidencial ya lleva casi dos decenios decidiendo a su antojo el destino de los nicaragüenses, y ahora pide añadir otro más. Eso sí, sin la molesta necesidad de convocar en adelante elecciones, que, de todos modos, nunca has sido más que una farsa. Es más, cuentan con unos siete o más hijos, con los que pretenden establecer una dinastía. Hasta ahora, para seguir al mando, le ha bastado a su régimen autocrático cooptar la independencia del Poder Judicial, el Consejo Supremo Electoral, el Consejo Supremo y la Asamblea Nacional.

Queda claro que, en Nicaragua, como en cada vez más países, la política ya no va del tira y afloja entre derechas y izquierdas, sino del poder en estado puro, de cómo obtenerlo y luego retenerlo, de la manera que sea. La creciente vulnerabilidad de las urnas en los países democráticos debido a interferencias propias o ajenas pone en entredicho el resultado de los comicios, que es lo que abre de par en par las puertas a los autócratas.

Hoy, además de disfrutar de la pirotecnia lingüística de Valle-Inclán en el espeluznante retrato que dibuja de Tirano Banderas, nos conviene prestar mucha atención a la advertencia que lanza Antonio Scurati en su tan monumental como oportuna novela documental, M, que reza a lo largo de 3000 páginas sobre el auge y caída de Benito Mussolini, cuyo quinto y último tomo acaba de ser traducido al español. Si nada más poque, como se ve, estamos volviendo a las andadas. Scurati dedica su obra magna “A todos los que aún creen en la democracia. Que se preparan para luchar”. Más claro, agua.

El esperpento cabalga de nuevo. Sólo hay que abrir los ojos para verlo. Ya gobierna y manda. Está en todas partes. No habrá más elecciones. Pero si las hay, serán de chichinabo. Quizás lo veamos antes de que acabe el año; en noviembre, por ejemplo.

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