La Catalunya desamparada

El jueves, La Vanguardia se hacía eco de la publicación por parte del Banco de España de un estudio según el cual las regiones europeas se dividen en seis grupos en cuanto a la trayectoria de su PIB per cápita. Las españolas se sitúan entre los grupos tercero y sexto, lejos, pues, de la cabeza. Pero lo más sangriento es que Catalunya ni siquiera está en el grupo tercero, del que sólo forman parte Madrid, País Vasco… y Aragón.

Desde finales del XVII, el objetivo de las élites catalanas había sido converger con Europa occidental: convertir a Catalunya en la “Holanda del Mediterráneo”. Este objetivo se había alcanzado entre 1880 y 1920, cuando el PIB per cápita catalán era igual o superior al francés y al alemán. La Guerra Civil y la posguerra comportaron un doloroso alejamiento, pero en 1975 el acercamiento a esos dos países volvía a ser notable (un 90% de Francia y un 85% de Alemania). Superar la crisis industrial de los 80 volvió a costar, pero hace veinte años estábamos poco más alejados que en 1975.

¿A quién podrá sorprenderle aquí unos resultados como los de Sajonia-Anhalt?

Ahora bien, los últimos han sido años de divergencia, y el Informe Fénix ya advertía de lo que ahora nos dice el Banco de España: que la trayectoria de Catalunya no sólo nos aleja de Europa occidental, sino que es incluso inferior a la de Aragón.

Pero lo más importante no son estas señales, sino la reacción de las élites, que se puede resumir en dos posiciones: que no estamos tan mal y que las causas de la divergencia, en la medida en que exista, son complejas. Es tanto como decir que o bien el estado de cosas ya les va bien, o bien que no saben por dónde empezar a remediarlo.

Esta fue la reacción de la consejera Niubó a la publicación de los resultados PISA: que sería “política-ficción” especular sobre cuáles hubieran sido los resultados catalanes si los centros hubieran seguido las normas. ¿Política-ficción? Es evidente qué habría ocurrido si los centros, en vez de excluir al 23,22% de alumnos que ellos consideraban que tenían discapacidades lingüísticas, cognitivas o conductuales, se hubieran limitado a excluir al 5%: que los resultados, en lugar de muy malos, habrían sido catastróficos. ¿Por qué la consellera Niubó evitó manifestar la evidencia? ¿Qué pretendía proteger? Fuera lo que fuera, es indudable que lo está poniendo más difícil a los próximos consejeros de Educación.

Es difícil evitar concluir que Catalunya tiene un gravísimo problema de liderazgo: recordemos que se trata de un país que ha ganado dos millones de habitantes sin que ninguna institución –gobierno, partido, organización empresarial, sindicato…– lo haya decidido, ni previsto ni, por tanto, se haya preparado. De hecho, estas mismas élites se muestran impotentes ante la posibilidad de una “Catalunya de los 10 millones” que sin duda arrasaría los destartalados mercados de la vivienda y los servicios públicos. En estas circunstancias, ¿a quién podrá sorprenderle unos resultados en Catalunya como los de Sajonia-Anhalt?

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