
Veinticinco 11 de septiembre después, en el mismo lugar, hace un día espléndido. Cielo azul, temperatura ideal. También hacía un día espléndido aquel martes del 2001. Un detalle que parece secundario hasta que deja de serlo.
En la zona cero no se oye silencio porque las cuatro cascadas de agua no paran de caer. Pero es un ruido tan continuo y grave que termina convirtiéndose en silencio. La gente camina despacio alrededor de los dos rectángulos negros que ocupan el lugar de las Torres Gemelas. Casi todos llevan zapatillas deportivas, porque el dolor histórico también se visita con calzado cómodo. No hay sonrisas. Las únicas aparecen en algunos desalmados selfies. El teléfono obliga a sonreír incluso cuando detrás queda una cascada que se precipita hacia un agujero negro y, delante, un bronce con los nombres de los muertos. Es el automatismo más resistente de nuestra época: uno puede situarse ante la ausencia de casi tres mil personas y, cuando llega el tres, dos, uno, enseñar los dientes.
No hay sonrisas hoy en el World Trade Center. Las únicas aparecen en algunos desalmados selfies.
Los nombres no están ordenados alfabéticamente. Aquí la muerte no empieza por la A ni acaba en la Z. Están colocados según el lugar donde se encontraban las víctimas, la empresa en la que trabajaban, el avión en el que viajaban y, cuando sus familias lo pidieron, las relaciones que mantenían. Compañeros junto a compañeros. Amigos al lado de amigos. Personas que entraron juntas en la oficina aquella mañana y continúan juntas veinticinco años después. El memorial llama a estas proximidades meaningful adjacencies , vecindades significativas. Hasta para ordenar una catástrofe hubo que inventar una expresión administrativa.
Hay gente que recorre el bronce con un dedo y gente que consulta el teléfono para localizar a su muerto. El memorial dispone de un buscador: se introduce el nombre y la pantalla indica piscina, panel y posición. La tecnología que sirve para encontrar restaurantes o taxis permite también encontrar a un padre fallecido hace veinticinco años. Algunos avanzan contando placas hasta detenerse. Entonces apoyan la mano, hacen una fotografía o no hacen nada, que quizá sea la forma más exacta de hacer algo aquí.
En las letras caladas han encajado flores. Margaritas moradas y amarillas, claveles blancos y rosas sobresalen del metal como si los nombres hubieran florecido. También hay banderas y fotos.
Paseo alrededor de la piscina sur con Will Jimeno. Era policía de la Autoridad Portuaria y tenía 33 años cuando entró en el World Trade Center junto al sargento John McLoughlin y otros compañeros. El derrumbe los enterró. Solo veinte personas fueron rescatadas con vida de los escombros y Jimeno fue una de ellas. Permaneció sepultado trece horas. Oliver Stone convirtió su historia en la película World Trade Center : Michael Peña interpreta a Jimeno y Nicolas Cage, al sargento McLoughlin.
El cine necesitó decorados y máquinas de humo. Jimeno conserva una documentación más sencilla. Camina con una prótesis en la pierna izquierda, parcialmente paralizada. Una cicatriz le recorre la pantorrilla. Tuvieron que abrirle la pierna porque los músculos se morían y hacerle injertos de piel. Cerca de la rodilla conserva un agujero en el que cabe un dedo. Lo dice sin dramatizar como quien señala un defecto de fabricación. Aquella noche estuvo a punto de morir dos veces y pasó por ocho operaciones.
Jimeno apoya una mano sobre el bronce y mira el agua. Lleva en la otra una bolsa de papel. Esta mañana vuelve a caminar por el lugar en el que durante trece horas creyó que no volvería a hacerlo. Quizá por eso no necesita mantener una expresión solemne. La solemnidad la lleva puesta.
La noche anterior, 2.977 drones sobrevolaron el puerto de Nueva York, uno por cada víctima, y dibujaron en el cielo la silueta de las torres. Durante unos minutos, los edificios volvieron a existir convertidos en puntos de luz. Después, los drones descendieron y el cielo recuperó su aspecto normal. La ciudad de Nueva York es especialista en hacer desaparecer las cosas dos veces.
La noche anterior, los edificios volvieron a existir convertidos en puntos de luz y después los drones descendieron y el cielo recuperó su aspecto normal
Junto al memorial hay una tienda. Vende coches de policía y camiones de bomberos en miniatura por 6,95 dólares, bloques de construcción del Downtown por 24,95 y una reproducción del árbol superviviente por 26,95. También anuncia una réplica en 3D de la plaza por 49 dólares, oferta especial. En Nueva York todo acaba teniendo una tienda. Uno puede contemplar los nombres de casi tres mil muertos y salir con una sudadera de los bomberos.
Continúa llegando gente con sus zapatillas, sus móviles y sus muertos localizados en una pantalla. El agua cae hacia un centro que no se ve. Los nombres están escritos, pero las personas no están, las torres ocupaban este lugar pero ahora su volumen es aire. Veinticinco años después, la zona cero parece una herida diseñada, rodeada de árboles, fotografiada y con tienda de recuerdos.
Pero sigue siendo una herida. Basta con dejar de sonreír al teléfono para darse cuenta.
