Apareció hace pocos días ante mis ojos: un ejemplar de ‘alligator mississippiensis’ cuya existencia me era desconocida a pesar de que la bestia siempre había estado ahí, presenciando conmigo la descomposición de Yugoslavia

Tennessee Williams dramatizaría fascinado la fricción metálica de los raíles y la mirada del caimán.
Este tranvía no se llama Deseo . Es la línea 2 del tranvía de Belgrado, y la bestia ha somatizado durante un siglo la constante vibración de esta vieja línea férrea a través del muro que separa su charca de las catenarias que pasan rozando la tapia.
El caimán llegó en 1937 al nuevo zoo de Belgrado en un cargamento de bestias comprado a un zoo alemán, cuando Yugoslavia todavía era un reino con princesas. Tenía un par de años de edad y hoy se acerca a los cien. Y ahí sigue, con su mirada de Triásico Superior vibrando con el paso del tranvía.
Sobrevivió a las últimas princesas serbias y a los bombardeos nazis de 1941 sobre la capital serbia, aviones que llegaron en oleadas durante tres días impactando de lleno en el zoo y en la Biblioteca Nacional, carbonizando la memoria de una nación.
Nunca han reconstruido la Biblioteca, en el corazón del viejo Belgrado. Me acerco al solar, devorado hoy por el verde salvaje, y descubro sin buscarlo, sorprendido que las grandes ventanas del 19 de la calle Kosančićev, frente a este vacío, eran las del estudio y casa del pintor Aleksandar Tomašević.
El caimán seguía ahí, somatizando la vibración del tranvía, cuando este artista se rebeló contra el realismo socialista. Cuando, tras estos ventanales, un derrame cerebral se lo llevó, joven, en 1968. Y cuando tres décadas después de su muerte –cubriendo la entrada de la OTAN en Kosovo con el fotógrafo Quim Roser– ayudamos a salvar parte de su obra sin saber quién era.
Los albaneses pegaban fuego a casas serbias en Kosovska Mitrovica y nos cruzamos con una familia que, desesperada, nos pidió ayuda para sacar todo lo que se pudiera de su casa antes de que fuera saqueada, incluidos muchos cuadros “de mi tío, un pintor importante”: era el sobrino de Tomašević.
Es un punto irreal contemplar hoy su obra expuesta en el Museo Nacional de Serbia y ver en varios puntos de Belgrado grandes pintadas con el deseo de un tranvía que ya nunca llegará: “Cuando el ejército regrese a Kosovo”.
La bestia sobrevivió a los bombardeos alemanes y a los seiscientos aviones estadounidenses que, tres años después, soltaron bombas en alfombra y acabaron por matar a los fieras del zoo que el bombardeo nazi no había logrado destripar. Excepto al caimán.
La línea 2 del tranvía no dejaba de pasar y la bestia seguía ahí, atravesando la larga y autogestionada felicidad titista y el convulso poder de Milošević, que reventó Yugoslavia y cuya caída, en el año 2000, me impartió una lección magistral sobre los límites del arte.
La turba opositora asaltó la boutique de lujo –llamada Skandal– que el hijo de Milošević tenía en el 18 de la calle Knez Mihailova, y recogí del suelo los interesantes pedazos rotos de un espejo para exponerlos –junto a otras piezas– como un happening balcánico en Barcelona. Pero el auténtico happening no fue el mío, fue el de la mujer de la limpieza que, tras la exposición, lo vio sobre mi mesa y lo tiró ahí donde se arrojan los espejos rotos: a la basura.
Con el nacionalismo serbio de Milošević travestido hoy en el de Vučić, me acerco al local que ocupaba la boutique que vi asaltar: hoy venden maquillajes. Caros, por supuesto.
El caimán sobrevivió a la muerte de su compañera caimana en los años sesenta y a la amputación de una pata por gangrena, y ahí seguía, junto al tranvía, cuando la OTAN bombardeó Belgrado en 1999. Sobrevivió de nuevo, como ha sobrevivido al intento de levantar una Torre Trump encima de las dos moles de la sede del Estado Mayor del Ejército mordidas por los misiles estadounidenses: todavía siguen ahí, como enormes fósiles del final de Yugoslavia.
Si se hubiese construido, la Torre Trump se levantaría justo enfrente del Ministerio de Exteriores serbio, el edificio donde los alemanes montaron en 1941 la emisora de radio para sus soldados en Europa y el norte de África. Un día llegó a la emisora un teniente del Afrika Korps con un disco, un tema grabado dos años antes y del que apenas se habían vendido setecientas copias. La radiaron cada noche para cerrar la programación y la canción acabó por estallar como un deseo en todos los frentes: era Lili Marleen .
El caimán seguía ahí cuando esta canción, desde la capital serbia, conquistaba a los soldados que se mataban por o contra Hitler. Y cuando, en el 2008, dormí –para denunciarlo en un reportaje– en la suite de un hotel de Belgrado cuya cama estaba presidida por un gran retrato al óleo del Führer .
Y cuando la oposición que tumbó a Milošević asaltó –además de la boutique de su hijo– el Parlamento. Del edificio se saquearon más de cien de obras de arte. Unas se recuperaron y otras, no. Tienen la lista de las que faltan, pero no creo que incluya el precioso pedacito requemado de papel pintado que recogí de la basura cuando limpiaban el destrozado salón de los pasos perdidos, el rastro de un hilo muy moscovita: la sede del Legislativo fue decorada en los años treinta por el arquitecto Nikola Krasnov, uno de los miles y miles de rusos blancos que, huyendo de los soviets, rehicieron sus vidas en Serbia. Fue él quien eligió el papel pintado y quien, antes del exilio, diseñó el palacio de Yalta donde Stalin, Churchill y Roosevelt redibujarían el mundo.
La bestia contempla hoy un nuevo éxodo ruso, el que huye de la guerra contra Ucrania. También son miles y miles, pero encerrados en su propio mundo, sin mezclarse con los serbios. Si la ola de 1917 era blanca, esta es de un color indefinido: no están contra Putin ni a favor. Son de una modernez aséptica. Los únicos locales de Belgrado donde se prohíbe fumar son los suyos.
Me acerco al Moskva, el hermoso hotel estilo secesión ruso construido en 1908, cuartel general de la Gestapo durante la ocupación y donde siempre han servido el mejor steak tartare de Belgrado. El caimán seguía ahí cuando, en julio de 1992, dormí en una de sus habitaciones –la misma en la que un día durmió Trotski– antes de partir en coche hacia el asedio de Sarajevo.
Fui con Jean Hatzfeld, nieto del nieto del capitán Dreyfus y reportero estrella de Libération . Deseaba aprender la intensidad del oficio, y con este periodista aprendí muchas cosas, entre ellas que una bala dum-dum puede penetrar en tu pierna y que –como le ocurrió a él– te la tengan que amputar.
Ahí seguía la bestia cuando, tres años después, partí desde el mismo Moskva hacia las Krajinas, que el ejército croata reconquistaban a los serbios. Todavía conservo la hoja impresa con el logotipo del hotel donde el recepcionista me apuntó el nombre de tres de sus familiares desaparecidos. Me rogó que los localizara. Nunca los encontré.
Y ahí sigue esa mirada de Triásico Superior, junto al tranvía que roza el zoo en una ladera del Kalemegdan, la fortaleza entre Oriente y Occidente que los otomanos intentaron arrebatar a la cristiandad en 1456. Lo impidió el húngaro János Hunyadi, el caballero blanco : cuatro años después inspiró a Joanot Martorell el nombre de Tirant lo Blanc . De su victoria en Belgrado nació la tradición de repicar las campanas de las iglesias al mediodía.
Una bestia en la ladera de esta hermosísima elevación sobre los ríos Sava y Danubio, cuyo curso siguieron –a ras de agua– los misiles occidentales que siguen sin cicatrizar en el centro de la ciudad: la capital de los serbios entierra con honores a sus genocidas.
No se tiene noticia de ningún caimán que haya vivido tantos años. Y, cuando despierte, Belgrado todavía estará allí.

