Xi Jinping vuela a Washington para mantener abierta la comunicación con Trump

Xi Jinping será recibido personalmente a pie de escalerilla por el presidente de Estados Unidos, este miércoles en Washington. Donald Trump no acostumbra a desplazarse hasta la base de Edwards para estos menesteres, por lo que es toda una deferencia. Todavía más esta semana, cuando unos 130 jefes de Estado o de gobierno acuden a la Asamblea General de la ONU, en Nueva York. Ninguno de ellos tiene mesa reservada en la Casa Blanca, donde Trump y su homólogo chino volverán a verse las caras mañana jueves, acompañados por sus respectivas esposas, en la cena de Estado. 

La coreografía importa, tanto para Trump —que se examina en las elecciones de medio mandato de noviembre— como para Xi, para el que China y EE.UU. solo pueden relacionarse en pie de igualdad. El mundo, según Pekín, es lo bastante grande para los dos. El encuentro no despierta grandes expectativas, pero siempre serán mejores que las de la guerra arancelaria de hace un año. Hay un interés mutuo en que la tregua comercial, que expira en noviembre, se mantenga. 

Xi Jinping llega a EE.UU. con los deberes hechos. Antes de embarcar, se hizo público que su país incorporaba a su lista de control de exportaciones dos compuestos químicos utilizados para fabricar fentanilo. Asimismo, a principios de mes, China satisfizo íntegramente su contribución a los presupuestos ordinarios de la ONU.

Exigencia de Trump

Pekín anuncia el control de exportación de otros dos componentes del fentanilo

Trump, por su parte, tras haber intervenido ya en la Asamblea General de la ONU, confía en que la cumbre con Xi desplace el foco de Nueva York a Washington. Xi se habría prestado a este amago de G-2, pese a que hace una semana se presentaba como adalid de los países del Sur en la cumbre de los Brics en India, con el primer ministro Narendra Modi como anfitrión. 

Eso sí, Xi Jinping se saltó la cena de gala vegetariana y abstemia que ofrecía Modi. En la Casa Blanca deberá encontrar platos más acordes a su sentido de la hospitalidad. También hay indicios de cuáles serán los platos fuertes en las negociaciones, por el encuentro del domingo pasado entre el secretario del Tesoro, Scott Bessent y su interlocutor habitual, He Lifeng -uno de los viceprimeros ministros chinos- en la sede de JP Morgan. 

Se sabe que a lo largo de ocho horas discutieron sobre IA y tierras raras, entre otros flecos. Porque lo que se pactó en Pekín, a mediados de mayo no se ha materializado, más allá de la reactivación de la compra de soja estadounidense. Véase el lote de 200 Boeing que China estaba dispuesta a comprar, ahora en peligro porque el compromiso de mantenimiento es limitado y los repuestos podrían convertirse en arma arrojadiza. 

Sin embargo, China cuenta con una baza todavía más poderosa, como se demostró hace un año, cuando Donald Trump se vio obligado a dar marcha atrás en su escalada arancelaria. Se trata, como es sabido, de las restricciones a la exportación de tierras raras, de las cuales China extrae el 70% y refina el 85%. Para la fabricación de un solo Boeing 787 o un caza F-35 se necesitan decenas o cientos de kilos.

Pero Estados Unidos no está inerme. Sus semiconductores más avanzados son objeto de deseo de las tecnológicas chinas. Y sigue siendo el primer mercado para el gigante asiático, si bien muy lejos del 21% de las exportaciones chinas que llegó a representar hace veinte años. El mes pasado suponía apenas la mitad, un  10,5%. Eso no significa que las exportaciones se hayan reducido en números absolutos -pese a los gravámenes a la paquetería de Shein, Temu, etc- sino que suponen un porcentaje menor de un pastel cada vez más grande, por la diversificación de mercados. 

Donald Trump corresponderá a pie de escalerilla en la base de Andrews que Xi Jinping le esperara a pie de escalinata en el Gran Salón del Pueblo, el 14 de mayo en Pekín 
Donald Trump corresponderá a pie de escalerilla en la base de Andrews que Xi Jinping le esperara a pie de escalinata en el Gran Salón del Pueblo, el 14 de mayo en Pekín Mark Schiefelbein / Ap-LaPresse

China fue el principal mercado de origen de las importaciones estadounidenses durante 17 años seguidos, hasta 2023. Hoy en día, México y Canadá ocupan los dos primeros puestos. Asimismo, al hilo de la covid, Washington animó a sus multinacionales a deslocalizar su producción a terceros países. Algo que ha contribuido a desacelerar el crecimiento chino, aunque la brecha entre los dos colosos siga disminuyendo. 

China, en paralelo, ha reducido a la mitad su exposición a la deuda pública de EE.UU., cediendo el primer lugar a Japón y el segundo al Reino Unido. China ha vuelto a los  niveles de 2008, a pesar de que la hacienda china ha crecido enormemente desde entonces, diversificando sus activos, con preferencia por el oro. 

Pero el desacople entre ambas economías sigue siendo quimérico, como saben desde Apple a Elon Musk, que fabrican en China la apabullante mayoría de sus iPhones y Teslas. Pero el “de-risking”, los órdagos arancelarios y el fenomenal empuje de la IA -y su necesidad de chips- han logrado en 2026 algo hasta hace poco impensable. Que EE.UU. importe más de Taiwán que de China.

Prorrogar la tregua

China busca continuidad y Trump no puede romper más platos antes de noviembre

Al margen de que un porcentaje no desdeñable pueda ser ensamblaje de componentes chinos o re-etiquetado, no es esto lo que inquieta a Pekín. No es esto, sino el  renovado apoyo militar de Washington al actual gobierno “secesionista” de Taipéi, al que además anima a rearmarse. En la cena de gala de mayo pasado en Pekín, Xi no se anduvo por las ramas y alertó de que no respetar las líneas rojas en Taiwán conduciría a la guerra. En diciembre pasado, Trump aprobó la venta de un arsenal de 14.000 millones de dólares para Taipéi, pero un segundo paquete, de 11.000 millones, sigue en suspenso, como as bajo la manga.

A los mandatarios de EE.UU. y China les separan muchas otras cosas, empezando por Irán. En apenas tres semanas, su presidente, Masud Pezeshkian, se ha retratado con Xi Jinping -el mejor cliente de su petróleo- en dos ocasiones, en India y Kirguistán. 

Trump y Xi coinciden en desconfiar de los que llaman a poner freno a los avances de la IA. Esta semana podrán comprobar si les unen más cosas, en línea con la “estabilidad estratégica” que propugnaron tras sus citas en Busan (Corea del Sur) y Pekín. Ahora bien, cuando el gobierno chino dijo que dicho marco conciliador se extendería “tres años”, Washington no lo corroboró.

Muchos, en ambas orillas del Pacífico, se darían por satisfechos con una prórroga de la actual tregua y con que los canales sigan abiertos. Véase, con la posible presencia de Trump en la cumbre de Asia-Pacífico de mediados de noviembre en Shenzhen. Esta, a su vez, haría mucho más probable el regreso de Xi a EE.UU. para la cumbre del G-20 en Miami, a mediados de diciembre. Cuando más cargados van los trineos de Papá Noel que llegan de Cantón.

Jordi Joan Baños

Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.

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