El calor pasa factura al negocio hotelero del sur de Europa

El calor empieza a pasar factura a los hoteles del sur de Europa. Cada grado adicional de temperatura máxima en agosto se asocia con una caída de unos dos puntos porcentuales en la ocupación hotelera. Es decir, un establecimiento que habitualmente llena el 85% de sus habitaciones podría pasar a ocupar el 83%.

Es una de las principales conclusiones de Climate Change and Tourism Seasonality, un estudio dirigido por Pedro Aznar, profesor de Esade, que analiza el impacto del aumento de las temperaturas en el negocio hotelero de cinco ciudades: Sevilla, Córdoba, Lisboa, Nápoles y Atenas.

El norte de España podría salir favorecido por tener unas temperaturas estivales más suaves

La investigación analiza la evolución del negocio hotelero entre los años 2015 y 2024 a partir de 600 observaciones mensuales en las ciudades citadas. Para ello, cruza los datos de ocupación y precios medios por habitación con registros meteorológicos, especialmente las temperaturas máximas. Los resultados muestran que el calor excesivo se asocia con una menor ocupación hotelera, un efecto que se aprecia especialmente en agosto y septiembre, dos meses clave para la actividad turística.

Aznar advierte que el impacto del calor no debe medirse únicamente por lo que ocurre en un verano. Una caída de dos puntos en la ocupación puede parecer limitada, pero si las temperaturas continúan aumentando, sus consecuencias se acumularán con el paso de los años. “Si pensamos en una década o dos, el impacto puede ser importante sobre el tejido económico de estos países, el empleo e incluso sobre hacia dónde se dirige la inversión hotelera”, señala.

El estudio identifica además un umbral a partir del cual el calor empieza a perjudicar la demanda. La temperatura máxima asociada con los mayores niveles de ocupación se sitúa alrededor de los 25,5 grados. Por encima de ese nivel, el atractivo de las visitas urbanas disminuye progresivamente. Sin ir más lejos, el pasado agosto, Sevilla alcanzó los 42,8 grados, según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), un calor insostenible para cualquier actividad. Y es que no se trata únicamente de soportar temperaturas elevadas, sino de la incomodidad que provocan actividades tan habituales como pasear por una ciudad o visitar monumentos. Aunque Barcelona no forma parte del estudio, Aznar considera que los resultados pueden extrapolarse a la capital catalana, donde este verano se registró una máxima de 40,9 grados en el Observatori Fabra. El investigador matiza, sin embargo, que las conexiones internacionales y el peso turístico de Barcelona pueden hacer que la intensidad del impacto sea distinta.

El aumento de las temperaturas también puede disparar los costes. “Por un lado, tienes una menor ocupación hotelera, pero también un mayor nivel de gasto, porque los hoteles deben garantizar el confort de sus clientes y eso incrementa los costes de climatización”, explica Aznar. La situación se complica porque, según el estudio, el descenso de ocupación no viene acompañado de una reducción estadísticamente significativa de los precios de las habitaciones. El investigador apunta a una posible explicación: cuando el problema es el calor excesivo, abaratar el alojamiento puede no ser suficiente para atraer visitantes. A ello se añade un posible efecto sobre el conjunto de la economía turística. Un visitante que decide no viajar a una ciudad tampoco consume en sus restaurantes, comercios o establecimiento de ocio. Incluso quienes mantienen sus vacaciones pueden modificar sus hábitos y pasar más tiempo en el hotel para evitar las horas de mayor calor. Son consecuencias que el estudio no mide, pero que, según Aznar, conviene tener presentes al valorar el alcance económico del calentamiento.

El aumento de las temperaturas también puede llegar a alterar el calendario turístico. El estudio detecta una ligera reducción de la estacionalidad, aunque no demuestra un incremento significativo de la ocupación hotelera durante los meses de invierno. Aznar explica que el calor puede provocar dos reacciones distintas entre los viajeros: quienes deciden visitar una ciudad mediterránea en primavera u otoño, cuando las temperaturas son más agradables, y quienes, obligados a viajar en verano por las vacaciones laborales o escolares, optan por cambiar de destino.

Este desplazamiento podría beneficiar a otras regiones europeas. “En términos del impacto sobre el turismo, al menos durante unas décadas, habrá ganadores y perdedores”, señala el investigador, que apunta al norte de España como uno de los territorios que podrían salir favorecidos por unas temperaturas estivales más suaves. “El Mediterráneo, así, puede perder parte de su competitividad tradicional”, advierte.

Aznar considera que las ciudades con infraestructuras consolidadas seguirán recibiendo visitantes, pero tendrán que adaptarse a una demanda diferente. “Habrá destinos nuevos, en los que ahora quizá ni pensamos, porque tendrán temperaturas más adecuadas”, pronostica. Y concluye: “El cambio climático puede hacer que veamos ajustes tanto de demanda como de oferta”.

Antonia Justicia González

Periodista en el suplemento económico Dinero de ‘La Vanguardia’ y especialista en literatura infantil y juvenil

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