Hans Stegeman recibe a este diario a pocos metros de la playa de San Sebastián en Barcelona. Dice que nadó en el mar por la mañana. Y eso que estamos a finales de octubre. “Tal vez sea éste el problema”, bromea. Este economista holandés publicó el pasado mes de agosto para Triodos Bank un estudio titulado Hot summer economics, en el que estima que el clima extremo de este verano podría reducir el PIB de la UE en torno a un 1,1 % en 2026, equivalente a 200.000 millones de euros.
Transición
“Hemos pasado de la mitigación del clima a su aceptación y adaptar el sistema es caro”
¿Cree que se deben actualizar sus cálculos del pasado mes de agosto, teniendo en cuenta el otoño que estamos viviendo?
Sí, lo estamos analizando. Quizá actualizaremos los datos. Probablemente subestimamos el impacto del calor. Pero el mayor reto que se reflejará en las próximas cifras es la productividad. El hecho de que los trabajadores no duerman bien, o que parte del trabajo no se pueda realizar al aire libre, es un efecto difícil de medir en las estadísticas. Porque, ¿qué es la productividad en las estadísticas económicas? Es una especie de residuo.
En todo caso parece que Europa sufre más el clima extremo que otras áreas del planeta y pese a tener una normativa climática más rígida que los demás. ¿Hay riesgo de deslocalización?
Lo que ocurre es que otras áreas del mundo tienen más experiencia en gestionar el cambio climático. Ahora en Europa lo vemos de primera mano: la sequía, los incendios forestales, las lluvias torrenciales. Diría que en Europa estamos pasando de hablar de “mitigación” a “aceptación”. Pero si hay alguien culpable somos nosotros: junto con EE.UU. somos los que más carbono hemos emitido a lo largo de la historia.
En su estudio emerge la paradoja de que el calor extremo reduce la eficiencia de los paneles solares, que contribuyen a descarbonizar.
Pero siguen mejorando y los del futuro resistirán mejor al calor. El problema es que la sequía perjudica la energía hidroeléctrica y con el aire acondicionado consumimos más electricidad. Estamos viviendo una transición de una economía acostumbrada a un clima estable a otra con clima extremo. Las economías pueden adaptarse, por supuesto. Pero eso cuesta mucho dinero: aumentar el almacenamiento, mejorar la resiliencia de la red eléctrica. Seguimos posponiendo medidas por razones económicas, pero si no actuamos, la situación irá de mal en peor y será más caro todavía. Los estados necesitan ingresos fiscales, crear puestos de trabajo, que son prioridades inmediatas. Y respecto al clima, como es un problema global, nadie se atreve a mover ficha.
En este sentido, hace años que se habla de sostenibilidad. Hace poco usted dijo que “las finanzas sostenibles corren peligro de convertirse en una fachada y en una estrategia de marketing”.
Hay mucha inversión de impacto en fondos cotizados, que a su vez invierten en empresas que cotizan en bolsa,y que excluyen las del sector armamentístico o la energía fósil, por ejemplo. Yo me pregunto: ¿qué se está haciendo realmente? ¿Se está cambiando el mundo real solo por invertir en una empresa que ya existe? ¿O simplemente lo único que ocurre es que cambia la titularidad de las acciones?
¿…?
Las políticas de transparencia sobre los efectos positivos de este tipo de inversiones tampoco funcionan. En cambio sería mucho más beneficioso si se mostraran los efectos negativos. ¡Demos a conocer cuántas vidas se pueden perder si se invierte en una tabacalera y hagamos que sea obligatorio mostrar cuál es tu parte de responsabilidad en causar las muertes de estas personas! Otra cosa que yo modificaría sería incidir sobre el retorno financiero de estas inversiones en sectores poco éticos. Por ejemplo, si un banco tiene una gran exposición en el sector de los combustibles fósiles, se le puede exigir que tenga que disponer de reservas de capital adicional lo que acaba encareciendo la operación. Rediriges el capital solo si cambias el precio relativo. El resto, es marketing.
¿Cuál es la política inversora de Triodos Bank, que se define como “banca ética”?
Hemos excluido de nuestras carteras los combustibles fósiles, pero también la moda rápida. Llegamos a la conclusión de que la esencia de este modelo de negocio es producir una gran cantidad de productos innecesarios. Pero, como he dicho antes, con la exclusión de algo no se cambia el mundo porque, al fin y al cabo, no tienes voz ni voto en el Consejo. Se trata más bien de indicar un camino, para marcar la diferencia. Y lo hacemos obviamente porque nuestros clientes nos lo piden, exigen que nuestras inversiones sean éticas.
¿Un centro de datos es sostenible?
Discutimos si había que financiar un parque eólico en los Países Bajos cuya electricidad se destinaba íntegramente a un centro de datos. ¿Deberíamos hacerlo o no? Son preguntas difíciles. Al final optamos que sí. Lo mismo: ¿tenemos que invertir en sistemas de captura de carbono? ¿O en proyectos de restauración de la naturaleza financiados por empresas fósiles? Puede que hayamos cometidos errores pero al final no podemos asumir nosotros solos la responsabilidad del cambio, porque perderíamos oportunidades de inversión.
¿Les preocupa la desigualdad?
Hace años desinvertimos en Tesla por la excesiva remuneración de sus directivos. Tampoco queremos que haya actores empresariales demasiado grandes que puedan acaparar gran parte de esos mercados y ganar demasiado dinero. Y ojo con las empresas que dicen “cumplimos con la ley, así que nosotras también somos éticas”.
