El Reino Unido aplaza las reformas ante el elevado peso de la deuda

Elaborar unos presupuestos del Estado con ayudas para aliviar el incremento del coste de la vida cuando la deuda pública se eleva a 3,57 billones de euros (un 94% del PIB) y sus intereses ascienden a 12.000 millones de euros al mes, es como acudir al usurero y pedirle un crédito para comprar un Ferrari cuando tienes empeñada hasta la vajilla de la abuela. Pero esa es la tesitura en la que se encontró ayer el ministro de Economía británico, John Healey.

Hay muchas maneras de celebrar un cumpleaños, con una tarta y velas, una cena romántica, un viaje… El gobierno de Andy Burnham ha festejado sus cien primeros días en el poder con la presentación de un presupuesto en el que regala 115 euros a los veinte millones de hogares más pobres del país descontando el dinero de sus facturas de la electricidad, y financiando con un incremento de los impuestos que pagan los bancos por sus beneficios (del 3% actual al 6% durante quince meses a partir de enero próximo).

El gobierno no ha revelado cómo encontrar dinero para subir el presupuesto de defensa un 3%

Hay presupuestos revolucionarios dirigidos a redistribuir la riqueza, que reflejan una ideología como los de Margaret Thatcher y su obsesión con la inflación, suicidas como el de Kwasi Kwarteng y Liz Truss que les costaron el cargo en menos que canta un gallo, y de continuidad, en los que se pega una patada a la lata y se aplaza la hora de afrontar los problemas existenciales. El de ayer entra en esta última categoría.

El Gobierno Burnham, además de la ayuda para pagar la electricidad, ha dado marcha atrás en el aumento de los impuestos al combustible que heredó de la anterior Administración, y prolongado las reducciones al IVA en las facturas de energía, al tiempo que reduce la carga fiscal a los pequeños negocios familiares del sector de la hostelería y el ocio (pubs, restaurantes, hoteles…). Para compensar, sube las tasas a las casas de apuestas.

El presupuesto ajusta a la baja el crecimiento económico (al 1,2% para el año en curso y el 1,6% para el que viene), y echa la culpa de ello a Trump, Putin, Netanyahu y las guerras de Irán y Ucrania, con su impacto sobre las cadenas de suministros y la inflación. “Contábamos con tener vientos en contra, pero nos hemos encontrado con una tormenta en toda regla”, dijo Healey en su presentación a los Comunes.

La consecuencia es que las decisiones de calado han quedado una vez más aplazadas en la esperanza de que la situación económica global mejore. Entre ellas, la de encontrar el dinero para aumentar el presupuesto de defensa en un 3%, y el recorte de un Estado de bienestar que se lleva al año 360.000 millones de euros (200.000 en el pago de pensiones y el resto en subsidios de vivienda, por paro, enfermedad y ayudas por hijo a 25 millones de personas). Andy Burnham ha dicho que revertirá “cuarenta años de fracaso neoliberal”, pero si va a ser así no tiene prisa, ni ganas de provocar a los mercados que compran los bonos estatales británicos, y exigen cada vez mayores intereses, ya superiores a los de Grecia.

El Labour, tras el cambio de líder, ha dado un vuelco a las encuestas y lidera los sondeos con un apoyo del 28%, frente al 24% de los conservadores y el 20% de la ultraderecha. A pesar de ello, Downing Street asegura que no habrá elecciones anticipadas para que Burnham disfrute de su propio mandato, con un manifiesto de impuestos más altos a los ricos y el planteamiento de un nuevo referéndum para cambiar la relación con Europa, con opciones que van de un acuerdo como el de Suiza (que implica la libertad de movimiento) a solicitar la plena reincorporación a la UE.

Rafael Ramos

Abogado y periodista. Corresponsal de ‘La Vanguardia’ en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.

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