
Los mercados mundiales de deuda pública andan revueltos: se acumulan las ventas y se alzan las rentabilidades desde los de EE.UU. a los de Japón o Australia, la eurozona o la Gran Bretaña. Su más palmaria expresión la tenemos esta semana, en la que los tipos de interés de los bonos a 10 años se han situado en máximos no vistos desde antes de la crisis financiera: 3,25% en Alemania, 4,10% en Francia, 4,07% en Italia, 3,70% en España, 5,04% en Gran Bretaña o 4,64% en EE.UU. (y por encima del 5,3% a 30 años), obligando al Tesoro americano a reforzar la compra de deuda para contener el aumento de esos intereses.
Lo que está sucediendo implica, ciertamente, un cambio radical respecto de lo que vivimos no hace tanto, cuando el coste de la deuda pública era más que reducido: entre 2015 y 2022, la media del rendimiento de los bonos a 10 años era de un mísero 0,16% en Alemania, del 0,57% en Francia y algo más elevada en España (1,21%) e Italia (1,88% ).
Los factores que habían presionado a la baja los tipos de interés han cambiado de signo
En estas alzas hay, lógicamente, razones específicas de cada país. En Alemania, por ejemplo, aumento del gasto en defensa e infraestructuras; en los EE.UU., menores ingresos por recortes fiscales e incrementos de gasto militar y en intereses; en Francia, imposibilidad de reducir sustancialmente el déficit público. Pero el proceso es global, y refleja causas comunes.
A corto plazo, las razones apuntan a los efectos de la guerra en Irán sobre unos sectores públicos muy endeudados: mayor inflación, incremento de tipos por la banca central para contenerla, menor avance del PIB y de los ingresos tributarios asociados y mayores transferencias públicas para frenar costes sociales de la subida de precios. Además, en ambos lados del Atlántico, la reducción del balance de los bancos centrales, amortizando parte de sus compras de deuda pública, ha contribuido también a aumentar la oferta de bonos y elevar sus rentabilidades.
Estructuralmente, los factores que habían presionado a la baja los tipos de interés han mutado y cambiado de signo, generando una presión bajista sobre la oferta de ahorro global: los baby boomers han pasado de acumular ahorro para el retiro a utilizarlo en su consumo, mientras que China y los productores de petróleo han revertido parte del reciclado de dólares que generaban. Esa oferta se enfrenta, además, a mayores necesidades: en el sector público, para refinanciar elevados niveles de deuda o para atender al envejecimiento y el gasto militar; y en el privado, para hacer frente a la masiva inversión de las compañías tecnológicas o de la lucha contra el cambio climático.
Son nuevos tiempos en los que el capital es, y será, más caro: perfecto para prestamistas y problemático para deudores. Aunque ambos afectados por unos niveles de deuda pública cuya carga por intereses no deja, no dejará, de crecer. Ahí, todos, o casi todos, somos perdedores.
