El arte de recibir críticas y consejos

En una novela de Oscar Wilde, el personaje de Dorian Gray descubre que su retrato muestra una imagen que preferiría no reconocer. Y es que, mientras él conserva intactas su juventud y belleza, el cuadro envejece y va mostrando un rostro cada vez más alejado de su propia percepción. Incapaz de aceptar lo que ve, decide ocultarlo para no tener que enfrentarse a esa realidad. Porque pocas cosas resultan tan incómodas como descubrir que la imagen que proyectamos no coincide con aquella que tenemos de nosotros mismos.

En las empresas se habla mucho de cómo dar ‘feedback’, pero menos de la capacidad para encajarlo bien

Hace unos días, durante una formación directiva para médicos celebrada en Barcelona, un reputado doctor explicó que su mayor transformación como directivo comenzó en una sesión en la que compañeros y colaboradores le dijeron abiertamente qué pensaban de él. Reconoció que, al principio, le costó encajar aquellos comentarios. Muchas observaciones chocaban frontalmente con su autopercepción y su reacción inicial fue de resistencia. Pero, tras reflexionar con calma, comprendió que algunas críticas señalaban aspectos que podía y debía mejorar. “A partir de ahí fui construyendo una mejor versión de mí mismo”, confesó.

La anécdota invita a invertir una lógica muy habitual en el mundo de las organizaciones. Se ha escrito mucho sobre la importancia de dar feedback y hay herramientas para facilitarlo, como las evaluaciones 360º o las entrevistas ascendentes. Sin embargo, prestamos bastante menos atención a la otra mitad del proceso: la capacidad de recibir (bien) ese feedback . Porque incluso el comentario mejor formulado puede resultar inútil si quien lo escucha no tiene intención de procesarlo o se apresura a justificarse.

La mentoría solo es transformadora cuando existe una voluntad genuina de dejarse mentorizar

En el fondo, la capacidad de asumir feedback es un ejercicio de humildad profesional, entendida como la convicción de que siempre podemos mejorar y de que los demás pueden ayudarnos a conseguirlo. Una actitud imprescindible para aprovechar las oportunidades de aprendizaje que otros nos ofrecen. Pensemos, por ejemplo, en la mentoría, una de las vías de desarrollo profesional más transformadoras, pero que solo funciona cuando existe una voluntad genuina de dejarse mentorizar. Y eso exige reconocer la auctoritas que otorgan el conocimiento y la trayectoria, incluso cuando proceden de alguien que no ocupa una posición superior en el organigrama.

Ahora bien, recibir bien el feedback tampoco significa aceptar cualquier juicio sin cuestionarlo. Porque también hay observaciones imprecisas, injustas o condicionadas por intereses particulares. Así que la madurez profesional consiste en escuchar antes de defenderse, pedir ejemplos concretos, separar los hechos de las interpretaciones y decidir qué merece ser incorporado. No se trata de dar siempre la razón a los demás, sino de admitir que nuestra visión de nosotros mismos es incompleta y que incluso una crítica mal expresada puede contener alguna verdad útil.

Por otra parte, es importante recordar que nuestra disposición a aprender también tiene consecuencias sobre quienes nos rodean. Cuando reaccionamos a la defensiva o con indiferencia, corremos el riesgo de que dejen de compartir sus opiniones y consejos. En cambio, una actitud abierta al aprendizaje favorece relaciones profesionales más sinceras y enriquecedoras. Y, a diferencia de Dorian Gray, siempre podemos mantener el retrato a la vista y usarlo para reconocer aquello que aún podemos mejorar.

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