
Nunca hasta este lunes habrá figurado el Congreso en el prime time de los medios internacionales, a no ser en el inolvidable 23-F de dramática imagen, la asonada militar que prestó de rebote un brillo impensado a la reciente democracia del 78, cuando empezaba a cosechar el primer desencanto hacia sus promesas. El gesto inesperado del Vaticano –fue una idea no gubernamental– ha igualado al Parlamento español con el británico, al que el pontífice Ratzinger ya presentó en el 2010 los beneficios que trae la perspectiva cristiana al debate político.
El 8 de junio ha resultado en otra ilustración del papel civilizador del catolicismo, corroborado por un inédito aplauso general a esa mera autoridad moral y personal del orador, una exhibición de poder blando que va a contrastar con el estado, por momentos cavernario, de nuestro parlamentarismo.

Los otros porqués de la agenda papal eran claros sin discusión. Quedará grabado al aguafuerte el puerto canario; allí León XIV va a tomar el relevo polémico de Francisco en la pequeña Lampedusa, islas a la vista de las migraciones africanas como puertos de enlace hacia el continente. Serán ya dos papas seguidos en una misión audaz, abogando por una tierra sin fronteras cerradas a los pobres, a contrapelo de la nueva derecha, más radical y menos religiosa, pero más popular cada vez. Es un plazo de contención electoral, precioso, el que gana el papado para las fuerzas políticas de instintos moderados.
A la confesionalidad española le ha sustituido una mutua extrañeza Iglesia-Estado
El desencadenante del viaje ha sido el simple hecho de que ningún Papa resiste bendecir un hito en la lenta construcción, sostenida sin dinero público, de la que será la última catedral de la vieja Europa; significativamente, la invitación vino de la mano de un socialista declaradamente católico, Illa. Como tampoco podía ignorarse, por más tiempo y con nuevo pontífice, la pujanza de la macrodiócesis madrileña, la que más crece de Europa en parroquias y número de practicantes con aire latino.
Pero será la visita al “templo de la democracia” la que imprima carácter en un catolicismo acostumbrado a encontrar a sus autoridades en fiestas patronales y procesiones multitudinarias, a las que no dejan de acudir. A la histórica confesionalidad española le ha sustituido una suerte de mutua extrañeza Iglesia-Estado, de afasia no diagnosticada, tolerante hacia la figura un tanto arqueológica del clérigo, deferente con la escuela católica de sus hijos, pero recelosa aún la democracia de que el activismo de esa numerosa minoría, entre muros eclesiásticos, traspase al interior de sus partidos e instituciones públicas.
