El nuevo Air Force One de Trump: un avión provisional regalado por Qatar que le cuesta 400 millones a EE.UU.

Se retiran y dejan de volar, aunque enseguida se ha aclarado que no es así. Como tantas cosas relacionadas con el actual presidente de Estados Unidos, la realidad es más enrevesada que el titular. Los encargó en los años 80 Ronald Reagan, aunque el 40º presidente nunca llegó a estrenarlos. Lo hizo el 41º, George Bush padre, y también sus sucesores: Clinton, Bush hijo, Obama, Trump, Biden… y de nuevo Trump. Lo hizo a regañadientes, porque los VC-25 le parecían viejos y deseaba estrenar los nuevos Boeing 747-8, la última versión del mítico jumbo convertido en avión presidencial.

Ahora va a poder hacerlo, aunque de una manera singular: gracias a la intervención de Qatar y a bordo de un Air Force One ‘de transición’ rodeado de polémica, con un futuro que rompe tradiciones tanto en lo político como en lo estético. Sus colores se alejan de los que se remontan a John Fitzgerald Kennedy: los mismos que durante seis décadas han acompañado al jefe político y militar de Estados Unidos por todo el mundo, o a jugar al golf en Florida.

El Air Force One regalado por Qatar a Donald Trump
El Air Force One regalado por Qatar a Donald TrumpManuel Balce Ceneta / Ap-LaPresse

La confusión de estos días, con despedidas emotivas en redes sociales, fotos de archivo, altos cargos de la Casa Blanca hablando de “el último viaje”, ha hecho creer a medio mundo que los dos veteranos Boeing 747 que durante 35 años han llevado al presidente de Estados Unidos por el planeta habían sido retirados. No es así. La Fuerza Aérea lo confirmó cuando se le preguntó directamente: ambos VC-25A siguen activos.

Lo que ha cambiado no es una sustitución, sino una incorporación a la flota de transporte presidencial. Y es este tercer avión el verdadero protagonista de la historia. Aquí es donde este relato aeropolítico se pone interesante.

Un regalo con trampa

El Boeing 747-8i que ahora volará como VC-25B “de transición” no nació para ser el Air Force One norteamericano. Era un aparato VVIP (una categoría por encima del ‘simple’ VIP) del Estado de Qatar, uno de los jumbos más lujosos jamás construidos. Qatar lo donó al Departamento de Defensa de Estados Unidos, no a Trump personalmente, al menos no sobre el papel, con la condición tácita de que el presidente pudiera usarlo mientras durase la transición hacia los nuevos VC-25B definitivos, todavía en fase de modificación en las plantas de Boeing y con un retraso considerable sobre los planes iniciales.

Cualquier mandatario o personalidad que haya visitado al actual presidente ha acabado hablando de este avión: una gran maqueta del aparato ocupa un lugar preeminente en el despacho oval, tan visible que siempre termina apareciendo en las fotos y las conversaciones.

El Air Force One regalado por Qatar a Donald Trump
El Air Force One regalado por Qatar a Donald TrumpElizabeth Frantz / Reuters

En cuanto al aparato “provisional”, el contribuyente estadounidense ha pagado la factura de convertir un avión de lujo qatarí en una fortaleza volante: comunicaciones cifradas, sistemas de defensa contra misiles, blindaje electrónico y todos los detalles interiores imaginables. Las cifras que circulan oscilan entre los 400 y los 1.000 millones de dólares (de 350 a 870 millones de euros), según la fuente y lo que se incluya en el cálculo.

La herencia es algo que ha disparado las alarmas en Washington: cuando Trump deje la presidencia, el avión-regalo no volverá a manos del Estado ni se quedará esperando en una base aérea al 48º presidente. El aparato pasará a ser propiedad de la fundación de su biblioteca presidencial. No del gobierno de Estados Unidos: de una fundación vinculada a él.

El informe que blindó la operación

La maniobra es tan delicada desde el punto de vista legal que el propio Departamento de Justicia tuvo que intervenir. Según reveló un alto cargo del Departamento a la cadena NBC News, la Oficina de Asesoría Legal preparó un informe, avalado por la fiscal general Pam Bondi, que daba luz verde a que el Pentágono aceptase el regalo de Qatar, con la intención, ya desde el principio, de que acabase en manos de Trump al dejar el cargo. El detalle que más ha alimentado las sospechas es quién firmó ese visto bueno: Bondi había trabajado como lobista para el propio Gobierno de Qatar, cobrando 115.000 dólares al mes por representar sus intereses ante el Congreso entre 2020 y el Mundial de 2022. Es decir, la fiscal general que certificó que aceptar el avión era legal había sido, hasta hace relativamente poco, empleada de quien lo regalaba.

Los defensores de la operación, en cambio, sostienen que se trata de un gesto legítimo de un país aliado para estrechar relaciones con Washington, y que el propio marco legal (el controvertido informe del Departamento de Justicia) despeja cualquier duda sobre su legalidad.

Lo que no es objeto de debate es la coincidencia temporal: meses después de anunciarse el regalo del avión, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, dio el visto bueno a un proyecto de Qatar para construir instalaciones militares en una base aérea de Idaho. Dos gestos, dos beneficiados, una misma relación bilateral que se estrecha por arriba y por abajo casi al mismo tiempo.

Rompiendo tradiciones, también en el aire

Más allá de la polémica de fondo, que no es poca, hay un detalle simbólico y muy visible que no es menor: la librea. Desde 1962, todos los Air Force One han lucido el diseño que el mítico Raymond Loewy (el mismo que firmó varios logos de fama mundial) creó para el avión de Kennedy: ese azul característico, las palabras “United States of America” recorriendo el fuselaje, la bandera en la cola. Es uno de los iconos visuales más reconocibles de la presidencia estadounidense, y ha sobrevivido a once inquilinos de la Casa Blanca y a cada cambio de modelo.

Trump siempre lo encontró “anticuado”. Ya en 2019, sin haber pisado todavía el nuevo avión como presidente, pidió un cambio hacia tonos más patrióticos: rojo, blanco, azul… y dorado. El diseño finalmente aprobado para los VC-25B definitivos oscurece el azul tradicional. Y el avión de transición qatarí, pintado ya como siempre ha querido el actual inquilino de la Casa Blanca, rompe visualmente con la estética que ha acompañado a cada presidente desde JFK.

Así que el simbolismo se acumula: un presidente al que nunca le gustaron sus aviones oficiales y que esperaba estrenar otros completamente nuevos, termina volando en uno ajeno, prestado y polémico, financiado por dos países a la vez (el suyo y el de un país del golfo Pérsico), y que, contra toda tradición, acabará siendo suyo. O, mejor dicho, de su fundación.

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