Cuando el 28 de febrero Estados Unidos bombardeó Irán, se nos advirtió de un supuesto apocalipsis económico. La operación Furia Épica había destruido instalaciones energéticas en Oriente Medio y, aunque se preveía una guerra breve, se daba por hecho que no habría vuelta atrás. Según esos pronósticos, el mundo se dirigía hacia una depresión más grave que la causada por la covid y más dañina que la provocada por la invasión rusa de Ucrania. El cierre del estrecho de Ormuz se presentaba como la culminación de esa catástrofe.
Sin embargo, no se ha materializado ninguna de las catástrofes anunciadas, más allá de la destrucción de ciudades y la muerte de población civil. No ha habido hambruna mundial ni desabastecimiento de petróleo ni el barril de Brent ha alcanzado máximos históricos. Una vez más, la primera víctima de la guerra ha sido la verdad y, en esta era de digitalización de la información, el sensacionalismo se ha utilizado para obtener beneficios. La bolsa sigue en máximos históricos y el precio del petróleo vuelve a rondar los 72 dólares, el nivel previo al inicio de los combates. Incluso algunos analistas sostienen que podría bajar hasta los 60 dólares.
España dual
Quienes viven de su salario cada vez están peor, mientras que quienes han invertido en bolsa o en vivienda para alquilar acumulan más riqueza
Para España ha sido económicamente una guerra invisible, ni nos hemos enterado. Es cierto que la inflación empezó a subir hasta alcanzar el 3,6% actual, cuatro décimas más respecto a la zona euro. La estrategia del Gobierno es la de siempre: solucionarlo todo con más gasto público. La subida del gas y del petróleo se subvencionó de modo generalizado para evitar enfadar a los sindicatos y a los sectores más afectados.
Tampoco el crecimiento económico sufrió un gran frenazo. El PIB mantiene su ritmo anual del 2,2%. Se ha seguido creando empleo y Hacienda ha continuado con su voracidad recaudatoria al no deflactar la tarifa del IRPF de otros impuestos. La clase media trabajadora ha seguido perdiendo poder adquisitivo como antes de la guerra, y cada vez hay más pobres de la mano de los inmigrantes. De alguna manera se está importando pobreza porque los 600.000 trabajadores que todos los años se instalan en España están tirando a la baja los salarios, y el precio de la vivienda, al alza.

Este empobrecimiento de la clase media se está compensando con un fuerte crecimiento de las rentas del capital. Es una España dual: quienes viven de su salario cada vez están peor, mientras que quienes han invertido en bolsa o en vivienda para alquilar acumulan más riqueza.
La guerra apenas ha afectado al Ibex 35, que ha superado por primera vez los 19.000 puntos y encadena máximos históricos. El mercado financiero ha estado mucho más pendiente de los valores tecnológicos y de las salidas a bolsa de empresas vinculadas a la inteligencia artificial que del cierre del estrecho de Ormuz. Ahora que este paso parece haberse reabierto de forma definitiva y Oriente Medio ha dejado de percibirse como una amenaza para la estabilidad económica mundial, el optimismo vuelve a imponerse. Para los inversores, resulta más inquietante el riesgo de una burbuja similar a la de las puntocom, surgida entre 1997 y el 2000 por la euforia desatada en torno a las empresas de internet. Hoy ese riesgo se asocia a la inteligencia artificial, aunque por ahora no parece inminente.
En este contexto, el vicepresidente primero, Carlos Cuerpo, presentará el próximo 23 de junio un escenario propicio para que el Gobierno de coalición capitalice políticamente la situación y cante un alirón.
