
Además de sus idiosincrasias culturales, religiosas, gastronómicas o políticas, cada país se aferra —o se aferraba— a su manera de ejecutar a un condenado a muerte. En el 2025, Amnistía Internacional registró nada menos que 2.707 ejecuciones: 2.159 de ellas en Irán, 356 en Arabia Saudí y 51 en Yemen. Bueno, ya se sabe cómo se las gastan en estos países. Pero quien ocupa el cuarto lugar en esta incompleta lista, pues no se incluye China, Vietnam ni Corea del Norte, es Estados Unidos, que registró 47.
El pasado mes de abril se supo que la Administración Trump quiere acelerar y endurecer la aplicación de la pena de muerte en los casos de condena por haber cometido delitos federales. Entre las nuevas —más bien viejas— maneras de ejecución contempladas por el Departamento de Justicia, figura la del pelotón de fusilamiento, pero sólo “en casos apropiados”, es decir, con la venia del presidente Trump. Sin ir más lejos, los golpistas de la toma del Capitolio quedarían fuera, claro.
En mayo, en el Israel de su compañero de armas Netanyahu, el Parlamento aprobó -93 a favor y ninguno en contra- la creación de un tribunal militar especial destinado a juzgar a unos 300 atacantes gazatíes que participaron en la brutal masacre del 7 de octubre del 2023. Es decir, tras un lapso de 60 años, Israel reintroduce la pena de muerte, pero sólo para palestinos, según declaró a este diario la jurista israelí Sari Bashi, y que sería por el proceso que acabaría en el ahorcamiento de los condenados. La medida cuenta con un importante apoyo de la sociedad israelí.
Los ingleses, que gustaban de decapitar a sus reyes y ahorcar a los reos comunes, dejaron de hacerlo en 1964, y fue abolido por ley en 1969, salvo, quizás, en casos de alta traición. En Francia, la hoja de la guillotina bajó por última vez en 1977.
En cuanto a España, en 1974, un año antes de la muerte de Franco, el garrote vil acabó con las vidas de Salvador Puig Antich y Heinz Chez, el primero en Barcelona y el segundo en Tarragona. Al pensar en estas ejecuciones resulta difícil no recordar películas como El verdugo (1963), de Berlanga, o Senderos de gloria (1957), de Stanley Kubrick, ¡que no se estrenó oficialmente en España hasta 1986!
Aunque poco o nada se sabe de las ejecuciones perpetradas año tras año en China, sí se ha sabido que se suelen practicar mediante un tiro en la nuca y que a la familia del condenado le corresponde apoquinar el importe que le ha costado al Estado la bala fatídica.
Hasta hace relativamente poco, al menos en Occidente, las ejecuciones públicas formaban parte del pan y circo ofrecido por el poder para mayor deleite del pueblo. Han cambiado las formas, pero no el morbo que rodea una ejecución. Los telediarios de medio mundo ofrecieron en prime time la muerte por ahorcamiento de Sadam Hussein, ¿recuerden? Y cabe sospechar que, de colgar ahora mismo en las redes un anuncio de trabajo para un verdugo o verduga con estudios e idiomas recibiría un montón de solicitudes.
También cabe sopesar la posibilidad de que la IA, juguete de esos otros amigos de Trump, los Silicon Valley Boys, preste servicio como el de verdugo, que de seguro lo haría muy bien, como ya está haciendo en el tedioso día a día burocrático de los juzgados de nuestro país.
Entre el pelotón de fusilamiento siempre ha de haber un tirador que dispare con una bala de fogueo, porque de este modo todos vuelen a casa con la consciencia tranquila pensando “yo no he sido”. Y si el fusilado no muere en el acto, se le da el tiro de gracia y santas pascuas. Nada, choradas del pasado. Con la IA, que carece de consciencia, todo será más fácil, rápido y limpio.
