Productividad, bala de plata

La productividad es importante, está de moda y va mal.

La productividad es importante porque de lo que una sociedad sea capaz de producir por hora de trabajo dependen los salarios, las pensiones, la calidad de los servicios públicos y los beneficios empresariales: casi todo.

¿Qué otro factor explica el retraso catalán si no es el crecimiento de su turismo?

La productividad está de moda en Catalunya, porque la percepción popular es que los salarios y servicios públicos –que para muchos es “todo”– van mal. Y la productividad, efectivamente, va mal, porque si hace 30 años representaba el 80% de la francesa, ahora está poco por encima del 70%. Algunos –como el Banco de España o la Cámara de Comercio– han detectado mejoras en los últimos dos o tres años, pero son tan pequeñas que la distancia sigue siendo la misma que hace una década.

En este contexto, se ha abierto en Catalunya un debate. Por un lado, el Informe Fénix señala el peso creciente de sectores de baja productividad que alimentan una inmigración poco cualificada y poco remunerada. Su razonamiento es simple: si crecen los sectores de baja productividad, el conjunto debe descender, y con él el nivel de vida y la capacidad para financiar los servicios públicos. Frente a esta interpretación se han levantado voces que defienden que las estadísticas pondrían de manifiesto que los problemas de productividad serían generales en muchos sectores productivos, y que la causa sería, pues, genérica: un esfuerzo insuficiente de I+D, poca calidad institucional, falta de infraestructuras, políticas públicas que frenan el crecimiento empresarial (cuando se observa que las grandes empresas son más productivas), nivel educativo insuficiente… El problema con esta segunda interpretación es doble. Por un lado, invita a la inactividad, porque cuando los problemas no se jerarquizan ya se sabe que se suele ser poco eficaz en su corrección. El segundo es el fundamento estadístico, ya que resulta extremadamente difícil medir la productividad de la mayor parte de los sectores productivos, y concretamente de aquellos que los economistas denominamos “no comercializables” (es decir, que ni se exportan ni importan): sanidad, educación, orden público, administración pública y privada, cuidados…

Dado que la productividad global de una economía sí es fácil de calcular, como también lo es la de la industria (y, en general, la de los sectores “comercializables”), una forma simple de resolver la cuestión es comparar Catalunya con el País Vasco. En el 2000, el País Vasco era más productivo que Catalunya, y la diferencia ha crecido desde entonces. En cambio, la productividad de su industria era más alta que la nuestra en el 2000 y ahora es menor. Hay que añadir que la industria catalana no solo ha crecido respecto a la vasca en productividad, sino que también lo ha hecho –aunque muy poco– en volumen.

Blanco y en botella: ¿qué otro factor puede explicar el retraso catalán si no es el exuberante crecimiento de su turismo desde el 2000?

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