Regalando

Hace muchos años que digo a mis alumnos que la confidencialidad no existe. Hay que hacer las cosas muy bien y no hacer nada incorrecto, aunque otros aseguren que no pasa nada o que todos lo hacen. Esto ocurre con frecuencia en adquisiciones de empresas, donde se acuerda una cantidad oficial y luego se propone pagar otra parte mediante dinero no declarado, terrenos, edificios o activos valorados por debajo de su precio real. A veces parece una simple cuestión técnica o una manera de reducir impuestos, pero cuando parte de la realidad queda fuera de las cuentas, el problema deja de ser técnico y se convierte en ético y legal.

Con el tiempo, suelen aparecer publicaciones sobre “adquisiciones irregulares”. Quienes creían que todo quedaría entre pocas personas descubren que las operaciones mal hechas terminan hablando porque la confidencialidad no existe.

La ética empresarial consiste en no hacer aquello que nos avergonzaría si se supiera

En las grandes operaciones empresariales participan abogados, fiscalistas, auditores y asesores muy preparados. Eso es normal y necesario. Pero también puede aparecer alguien que sugiera fórmulas “discretas” para mejorar la operación. Conviene detenerse ahí, porque lo discreto de hoy puede convertirse en el titular de mañana.

No hace falta mover fortunas inmensas para causar un gran daño. A veces basta una actuación incorrecta para deteriorar una trayectoria, una institución o incluso la confianza en un país. La reputación tarda años en construirse y puede perderse por una decisión que en su momento parecía pequeña o cómoda.

En la empresa, la política, la Administración, la medicina o la universidad, la mejor protección es actuar bien. Por eso escuelas de negocios como Harvard, IESE o CEIBS enseñan ética empresarial y los alumnos debaten este tipo de situaciones en clase.

También es cierto que muchos profesionales valiosos cobran menos de lo que deberían. Médicos, investigadores, profesores, ingenieros y funcionarios sostienen una parte esencial del país y, en muchos casos, podrían tener mejores condiciones fuera. Cuando un país no reconoce suficientemente a sus buenos profesionales, corre el riesgo de perderlos. Eso empobrece a la sociedad. Y también puede crear situaciones en las que la tentación de aceptar regalos o compensaciones irregulares sea más cercana. Precisamente por eso hay que reforzar la ética, no relajarla.

Ser agradecido es humano. Si un médico nos cura bien o un profesor ayuda honestamente a un alumno a encontrar una oportunidad, es lógico sentir gratitud. Pero regalar no puede convertirse en pagar, ni agradecer en comprar voluntades o generar obligaciones futuras. Hay regalos que nacen de una buena intención, pero colocan al profesional en una situación difícil. Y hay regalos que ya no son regalos, sino pagos encubiertos. Esa frontera hay que cuidarla mucho.

La ética empresarial y profesional no consiste en parecer impecable cuando nos miran, sino en no hacer aquello que nos avergonzaría si algún día se supiera, porque se sabrá: “la confidencialidad no existe”.

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